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La ciudad del ajolote y el bache

Mientras millones de personas pasan horas atrapadas en el tráfico, esquivan baches, soportan estaciones del Metro saturadas y deficientes en su operación, padecen calles oscuras o viven con el miedo de la inseguridad cotidiana, el gobierno de la Ciudad de México parece haber encontrado una prioridad distinta: pintar la ciudad de morado y llenarla de ajolotes, como si la realidad pudiera taparse con una cubeta de pintura.

La obsesión por convertir la ciudad en una enorme campaña visual es tan evidente que resulta imposible ignorarla. La administración de Clara Brugada ha convertido el color en una marca política, el morado aparece en bardas, puentes, espacios públicos, infraestructura urbana y mobiliario. Los ajolotes han pasado de símbolo cultural a elemento decorativo repetido prácticamente como sello gubernamental. Morena parece haber confundido gobernar con decorar, como si la ciudad “capital de la transformación” se transformara a brochazos, en lugar de atender las prioridades de los capitalinos. Pero una ciudad no se gobierna con pintura, una ciudad se gobierna resolviendo problemas reales.

¿Cuántos baches se tapan con pintura? ¿Cuántas inundaciones se resuelven dibujando ajolotes? ¿Cuántos asaltos disminuyen porque una pared cambió de color? ¿Cuántos minutos deja de perder una persona atrapada en el tráfico porque el gobierno decidió pintar un puente peatonal?

Mientras gastan millones de pesos del presupuesto público en pintura, la ciudad real —la que viven millones de personas— se deteriora cada día más. Ahí están las calles destruidas que dañan vehículos y generan accidentes, las lluvias que año tras año convierten avenidas en ríos y exhiben una infraestructura hidráulica incapaz de responder a las necesidades de una ciudad de este tamaño, las colonias donde la falta de iluminación convierte el miedo en parte de la rutina diaria. Ahí está un Metro que parece vivir en estado permanente de deterioro y crisis. Retrasos, saturación, fallas, incidentes y usuarios que todos los días tienen que encomendarse a la suerte para llegar a sus destinos. Y ahí está también el tráfico, ese monstruo cotidiano que, aunado a un pésimo transporte público, le roba horas enteras a millones de personas.

La inseguridad merece un capítulo aparte. Porque mientras el gobierno concentra tiempo y recursos en la construcción de una identidad visual, millones de personas siguen viviendo con miedo. El robo en transporte público, los asaltos, la violencia y la percepción creciente de inseguridad no desaparecen por decreto ni por diseño gráfico.

Pudieron haberse preparado para ser una digna sede del Mundial de futbol en los últimos ocho años de gobierno, pero decidieron no hacerlo. Morena apuesta una vez más a la fórmula que ya conocen de memoria de sustituir resultados por propaganda. Ahora parece que el magno evento que está en puerta los entusiasmó para ejercer un gasto millonario en transformar la capital en un gigantesco mural pintoresco de pésimo gusto.

Miles de visitantes internacionales llegarán a la Ciudad de México, vendrán aficionados, medios de comunicación, empresarios, figuras del deporte y turistas de todo el mundo. Qué vergüenza que además de un aeropuerto feo, ineficiente y sin acabar, se encuentren con una ciudad morada y ajolotizada, que opera con enormes deficiencias. ¡Qué pena con las visitas que además de ajolotes pintados aparezcan estaciones saturadas, calles destruidas, caos vial, inseguridad y abandono!

Morena sigue creyendo que gobernar es producir escenografía, y encima de todo, escenografía cara y de mal gusto. Pero la pintura no tapa los baches, no evita inundaciones, no mejora el Metro ni reduce delitos. Lo que es peor, la pintura que nos está costando un dineral, tampoco puede ocultar una verdad cada vez más evidente: la Ciudad de México se está cayendo a pedazos, mientras el gobierno está ocupado escogiendo colores.

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