No quiero ser aguafiestas, pero no veo cómo el gobierno de México salga airoso del Mundial y todo lo que conlleva.
El affaire de Delgado lo dejó clarísimo. Desde que AMLO instaló su célebre fórmula —90% lealtad, 10% capacidad— quedó sembrada la semilla de lo que vendría, a saber, una batería de errores de política pública: la cancelación del aeropuerto; el entierro del Seguro Popular y el fiasco del Insabi; la política criminal frente al Covid; la educación devuelta al sindicato, y los abrazos sin balazos. Julio Scherer García ya lo escribió en blanco y negro; no son elucubraciones, es testimonio.
Lo que desconcertó a analistas y comentócratas fue que nada de eso le costó electoralmente a Morena. La realidad y lo simbólico operaban en dimensiones distintas. Así Claudia Sheinbaum arrasó con más votos que su predecesor, y se dijo entonces que llegaba la científica disciplinada, la metódica, la que sí sabía gobernar. Que ahora sí las cosas empezarían a funcionar.
Pues no.
Desde el asesinato de Carlos Manzo, el gobierno no ha vuelto a controlar la agenda. Si no es El Mencho, es Trump. Si no es Trump, es el plan B del plan C que era el plan A. Si no es el Verde o el PT, es Monreal o es Adán —o los dos a la vez—. Y ahora es la CIA, es Rocha Moya, y, por supuesto, Mario Delgado con su cancelación y posterior recuperación del calendario neoliberal, un secretario que contradice impunemente a su jefa, que además es jefa de Estado.
Ese equipo —y no otro— es el que tiene que mantener en orden al país durante el Mundial. Ese equipo es el que va a lidiar con cinco millones de visitantes, con la CDMX como escaparate internacional, con la crisis bilateral con EU más delicada en la historia moderna de México activa en tiempo real. El mismo equipo que en ocho años no pudo con la CNTE y prefirió mover la vida de millones antes que enfrentar el conflicto. El mismo cuyos secretarios, al parecer, no le informan a su jefa de cosas que debería saber. Ese equipo que acarrea los mismos vicios que la administración anterior —de ese desprecio por la correcta construcción y aplicación de la política pública— tendrá que hacerse cargo de un evento que depende, oh sorpresa, de política pública pura y dura.
Cuando pienso en México y el Mundial inevitablemente pienso en la Terminal 2 del AICM. Ese lugar en ruinas, parchado, desvencijado, que será el primer contacto de muchos con nuestro país. Me da vergüenza, pero, además, la T2 es la muestra más palmaria del desprecio por la planeación y por la técnica.
No soy religioso, pero sí —a veces— pascaliano. Y aquí aplica la apuesta: prefiero creer que existe Dios, porque en este punto mejor que nos agarre confesados.
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