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Guadalajara tiene fiebre… y no es por el Mundial

Guadalajara, Jal.- Guadalajara padece de una seria fiebre, pero ésta no es sólo mundialista.

Los síntomas incluyen movilidad deficiente, agua potable que realmente no lo es, un sistema de transporte público que deja mucho a deber respecto a los beneficios que brinda y hasta un preocupante brote de sarampión que las propias autoridades han reconocido que no quedará contenido para cuando la FIFA haga sonar el primer silbatazo.

Eso lo sabemos y sufrimos los cinco millones de habitantes de esta ciudad… hasta ahora.

Esta semana, la reportera Erika Rosete publicó en el diario El País (que no es precisamente el boletín parroquial de la colonia) un artículo que lleva a una audiencia mayor esta metáfora. La Guadalajara de 2026, esa que iban a refundar los gobiernos desde 2015, atraviesa por una fiebre severa. Una que la mantiene estática, con calambres y molestia generalizada.

Desde su titular, la prensa internacional ha puesto de relieve que esta sede mundialista está atrapada entre agua sucia, descontento social y un brote de sarampión. Y lo ha hecho mes y medio después de que Jalisco atrajo el foco de cada rincón del planeta debido a la muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, Nemesio Oseguera, El Mencho.

El análisis es más que necesario. Mientras en Jalisco la mayoría de los medios de comunicación —porque sí existen honrosas excepciones— dedican sus portadas a la felicidad futbolera que llegará como Santa Claus en primavera, en muchas mesas ya hay familias en las que se discuten las implicaciones de viajar a Guadalajara para ver uno que otro partido de fase de grupos del Mundial.

Por supuesto que aquí nadie quiere que le vaya mal a Jalisco (Enrique Alfaro dixit), pero si a la administración de Pablo Lemus le interesa vender atractivos a fin de atraer a la mayor cantidad de turistas que sea posible, lo fundamental es contar con ellos.

Y si lo que venden es invertir en una plaza, mejorar la carretera de ingreso desde el aeropuerto, colocar pantallas y restaurar un parque público, la vara en realidad queda muy baja.

Aunque incomode a las autoridades, la noticia que El País lleva a sus lectores no pretende desprestigiar el “Estilo Jalisco”, sino dar servicio. Porque nadie quiere llegar a una ciudad para caminar más de un kilómetro con sus maletas a cuestas a fin de poder subir a un transporte de plataforma, o resignarse y pagar una suma desproporcionada a los taxistas tradicionales que controlan los precios por traslado desde y hacia la terminal.

Los turistas tampoco quieren averiguar si al abrir la llave saldrá agua potable o ectoplasma, si deben salir con tres horas de anticipación porque es altamente probable quedar atrapado en el tráfico, o incluso si existe la posibilidad de volver a casa con sarampión.

Durante años nos han vendido la idea de que el Mundial es una especie de bendición urbana que redunda en mejor infraestructura, turismo, modernidad y proyección global. Pero basta rascar un poco la superficie para entender que la ciudad que se está proyectando al mundo no es la de los renders, sino la de las tuberías oxidadas.

La verdadera fiebre mundialista de Guadalajara no está en un estadio. Lo está en el transporte público que sube de precio mientras no lo hace en calidad, en las escaleras eléctricas que nunca funcionan, en los elevadores clausurados, en el agua que “ya mejoró” sólo porque cambiaron al titular del SIAPA, en la movilidad colapsada y, sobre todo, en la apatía institucional. En esa capacidad casi admirable de las autoridades para administrar la crisis sin resolverla, para maquillar el síntoma sin atender la enfermedad.

Y, sin embargo, se insiste en vendernos la idea de que estamos ante una transformación histórica. ¿Pero histórica para quién? Porque sin un Mundial en puerta, nadie habría hecho nada por atender el agua chocolatosa que sigue saliendo de los grifos.

El País nos vino a contar como novedad lo que aquí es rutina, y lo hizo para revelar que, por mucho maquillaje con el que intente cubrirse, una fiebre de esas dimensiones tarde o temprano termina por notarse. Y acá llevamos meses padeciéndola.

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