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Unas notas de historicidad para exorcizar al fantasma de la derecha mexicana

¿Qué es la derecha? Para acabar con el hombre de paja, un concepto que dice todo y nada, es necesario repensar la categoría de derecha a partir de su uso histórico y político, mostrando sus límites como concepto abstracto.

José Antonio Galindo Domínguez

El abuso de las palabras, como sabemos, hace que pierdan su potencial heurístico y terminen por ocultarnos más de lo que nos revelan. Pocos conceptos lo ilustran mejor, en estos días, que el de derecha. Desde el poder se coloca en la derecha a casi cualquiera que se oponga, incluida buena parte de la izquierda crítica; desde la oposición se reivindica la libertad mientras se defiende la jerarquía.(1) En ambos usos la palabra deja de describir para pasar a señalar: un término que sirve para todo termina por no explicar nada. Parece justo, entonces, que saquemos por un momento el concepto de la discusión pública para desarmarlo y ver qué nos ofrece. Comencemos por lo básico. Para que exista una derecha, como han reconocido diversos analistas del asunto, es preciso que haya una izquierda. La díada derecha-izquierda, como nos recuerda el politólogo Norberto Bobbio, es originalmente “una metáfora espacial muy banal”, generada a partir de las posiciones políticas de la Revolución Francesa, “cuya función, desde hace dos siglos, es solo la de dar un nombre a la persistente […] composición dicotómica del universo político”.(2) Este recordatorio, por supuesto, no es suficiente. Hace falta reconocer las características que nos permitan identificar cada uno de estos términos y, sobre todo, a las personas y las ideas que se mueven dentro de sus contornos. ¿Cuál sería entonces el fondo del asunto? El criterio para distinguir ambas posturas, nos propone Bobbio, “es la diferente apreciación con respecto a la idea de la igualdad”.(3)

La derecha, frente a este reclamo, reivindica la desigualdad y la diferencia. Con este gesto, además, nos explica el historiador Ernesto Bohoslavsky, demanda el “respeto a la jerarquía entre las culturas, los grupos sociales y étnicos, los géneros, las generaciones y las nacionalidades”.(4) Para ir más lejos, como ha propuesto el sociólogo Marco Antonio Aranda Andrade, es propio de la derecha “la defensa férrea de las comunidades morales heteropatriarcales (familia, religión y nación) y de sus tradiciones, así como del statu quo racial y de clase producto de la explotación capitalista”.(5) Se trata, en otras palabras, de la defensa de los intereses de grupos específicos que históricamente se han beneficiado del lugar que han ocupado de manera precisa en esas comunidades morales. Después de todo, como explica el politólogo Barry Cannon, la derecha en la región latinoamericana se formó en términos históricos a partir de las élites económicas, ideológicas, militares y transnacionales.(6) Por lo mismo, la praxis política de la derecha se puede entender como un conjunto de estrategias orientadas a preservar o recuperar el poder y los privilegios que dichas élites han disfrutado históricamente.

Regresemos, por un momento, a la disección de la díada. Estas categorías, derecha e izquierda, como explicó el politólogo Marco Revelli, “no son conceptos absolutos”; “son conceptos relativos”.(7) No son, agrega, “cualidades intrínsecas del universo político” porque son en realidad posiciones específicas dentro de “una determinada topología política”. No existe, por lo mismo, una derecha atemporal, desapegada de las experiencias históricas concretas: en singular, la derecha existe únicamente como polo que estructura el campo político. Las derechas, en plural, existen como prácticas situadas, como conjuntos que actúan en momentos específicos, en medio de circunstancias políticas específicas. Las derechas son, apunta Aranda Andrade, múltiples, heterogéneas, “producto de un sinfín de prácticas políticas conflictivas y situacionales”.(8) Por lo mismo, nos invita el sociólogo, tenemos que hablar no sólo de derechas en plural, sino que además a cada una de las experiencias puntuales tenemos que agregarle el calificativo que contribuya a ubicar su lugar en la cartografía política. Agreguemos, con Bobbio, un nivel más de complejidad en el análisis de las derechas. En los hechos históricos, a la díada derecha-izquierda se le tiene que sumar un “criterio para distinguir el ala moderada de la extremista, tanto en la derecha como en la izquierda”.(9) Ese criterio, propone el politólogo, es la actitud que toman ante la libertad y el autoritarismo. Con ello, podremos ser precisos al reconocer los elementos operativos que separan a las derechas democráticas de las autoritarias.

Rearmado el concepto y, sobre todo, sus significados, es momento de llevarlo a una expedición histórica para ver si soporta el rigor de la confrontación con el caso particular. El siguiente paso nos conduce necesariamente a analizar, a modo de prueba de estrés, una coyuntura concreta que revele cómo se formaron o consolidaron grupos que orientaron su praxis desde la defensa de la desigualdad, la jerarquía, el orden tradicional y los intereses de una élite: ya fueran conjuntos reunidos por su filiación eclesiástica, comercial, militar o política. Las derechas mexicanas han sido objeto de una investigación considerable. Después de todo, la historiografía y la ciencia política han explorado las pugnas de los conservadores decimonónicos, los enfrentamientos del catolicismo político con los liberales de la Reforma y con los regímenes revolucionarios, el surgimiento del sinarquismo y del panismo, la trayectoria de grupos de extrema derecha y la conformación de unas derechas seculares en las que destacan las élites empresariales a partir de la segunda mitad del siglo xx.(10) 

Los casos de estudio, parece evidente, son abundantes, pero hace falta poner uno sobre la mesa para revisar si nuestra categoría de análisis funciona bien. Rebobinemos el tiempo para colocarnos en los primeros años de la década de los ochenta. En medio de una crisis económica y política que reconfiguró el rostro del país, podemos observar una coyuntura que redefinió las posiciones dentro del espacio político: la nacionalización bancaria de 1982. En esos años, los grupos empresariales mexicanos se reordenaron para dar forma a un bloque relativamente uniforme que cabe en lo que llamamos la derecha empresarial. Los personajes que participaron en aquellos episodios, además, dejaron tras su paso un conjunto diverso de documentos que nos permiten observar cómo se articuló en un momento dado ese grupo en torno a intereses específicos.

Como recordamos, el 1 de septiembre de 1982, en su último informe de gobierno, José López Portillo anunció la nacionalización de la banca privada y la imposición del primer control de cambios generalizado en el país.(11) La medida fue, en palabras de la politóloga Sylvia Maxfield, “el golpe más dramático contra el sector privado mexicano desde la expropiación petrolera de 1938”.(12) Como ha explicado la politóloga Soledad Loaeza, uno de los efectos políticos de aquel acontecimiento fue que “precisó la identidad de una derecha mexicana, que hasta entonces se había movido dentro de una vaga nebulosa ideológica en la que se mezclaban indistintamente empresarios y católicos”.(13) El manotazo en el tablero político ha sido interpretado como la ruptura de una suerte de pacto tácito entre el poder político y el empresarial. Sin embargo, hay espacio para una lectura un poco más afilada. Lo que los empresarios vieron fue la utilización de la capacidad de operación discrecional, que la Constitución y la costumbre otorgaban al gobierno mexicano, ahora dirigida contra ellos. Mientras esa capacidad se utilizara para reprimir estudiantes y obreros, parecía no importar mucho a las cúpulas empresariales; pero, cuando lo que estuvo en peligro fueron sus intereses materiales, su posición cambió.(14) La nacionalización transformó una parte del empresariado, que pasó de ser socio subordinado del gobierno a un actor político autónomo.

Llegados a este punto es necesario hacer un acercamiento al episodio histórico para ponerle aunque sea una cara, con nombre y apellido, que dibuje con mejor precisión los contornos del conjunto de actores individuales y colectivos que conformaron esas derechas empresariales a partir de los años ochenta. Entre el reparto de los hombres de negocios, podemos rescatar a uno que convocó y aglutinó a un sector específico de esa derecha: el empresario agroindustrial sinaloense Manuel Jesús Clouthier del Rincón (1934-1989). Maquío, como también fue conocido este empresario, presidió la Confederación Patronal de la República Mexicana (coparmex) de 1978 a 1980, y ocupó entre 1981 y 1983 la presidencia del Consejo Coordinador Empresarial, un organismo cupular fundado en 1975 por iniciativa de la coparmex y del Consejo Mexicano de Hombres de Negocios. En medio de los reacomodos políticos que trajo la nacionalización, Clouthier se involucró de forma directa en la política electoral después de ingresar al Partido Acción Nacional en 1984. En las filas del panismo, fue candidato a gobernador de Sinaloa en 1986 y candidato presidencial en 1988.(15) Como vemos, no sólo se ocupó de sus negocios, como deja constancia su participación en los organismos empresariales, sino que se involucró de lleno en la lucha política para apuntalar los intereses de su gremio.

La figura de Maquío permite además trazar la línea que separa a los empresarios que él agrupó de otros que, defendiendo los mismos intereses y desde la misma posición, eligieron estrategias distintas. De acuerdo con su propio testimonio, de cara a las elecciones de 1988, un influyente empresario le dijo que “su empresa Televisa era del pri” y que él, como empresario, debía regresar a dirigir sus negocios y dejar la política.(16) Ese bloque de empresarios, que prefería la participación y operación política desde la cercanía del poder, sería descrito cinco años después por otro miembro de las élites empresariales. Juan Sánchez Navarro, empresario de la Cervecería Modelo, reconoció en 1993 que en México siempre ha existido “un grupo de empresarios que, en razón de su función empresarial, su tipo de negocios [y] el servicio que prestan, están muy ligados con el estado [sic]” y tiene “una relación muy estrecha con el poder político”.(17) Esta división, como vemos, se juega sobre el eje que va de la libertad al autoritarismo. Dentro de ese bloque de la derecha empresarial que se definió con mayor precisión en la coyuntura de la nacionalización, existieron posiciones encontradas. Mientras unos concluyeron que sin democracia electoral no habría garantía para sus intereses, los otros consideraron que la garantía estaba precisamente en la cercanía con quien decide. De estos grupos, sin embargo, ninguno cuestionó la jerarquía ni el orden de la propiedad.

Revisemos, para terminar, el resultado de la prueba de estrés que aplicamos al concepto de derecha. Como vimos, la categoría en plural funciona porque sirve para distinguir las posiciones que, aunque comparten objetivos, se distancian en las estrategias que despliegan. En singular, en cambio, no funciona, como lo muestra el reacomodo que siguió a la nacionalización: la cohesión que entonces se leyó como la consolidación de la derecha mexicana se deshizo en menos de un lustro. En otras palabras, las derechas no defienden la tradición ni la jerarquía en abstracto, sino espacios ocupados, privilegios concretos y cuotas de poder que se pierden o se sienten amenazadas. Por eso, convergen ante una amenaza y pueden dividirse. Que las demandas que Maquío llevó a la campaña de 1988 —el referéndum, la ratificación legislativa del gabinete— nacieran de un agravio patrimonial no merma el carácter democrático de sus propuestas.(18) En este contexto, devolverle la historicidad a la categoría hace posible observar con claridad a los actores, sus posturas, sus ideas y sus acciones. La derecha en singular, atemporal y siempre idéntica a sí misma, alimenta la simplificación que nutre la lucha política. Por un lado, sirve para articular a un enemigo permanente, sin necesidad de averiguar qué grupo defiende qué cosa, en qué momento y contra quién. Por el otro, es útil para quien quiere reivindicar una herencia política a partir de una genealogía imaginada. El fantasma de la derecha, sea como enemigo construido o como genealogía prestada, sólo se disuelve historiando a las derechas.

(1) Sobre el primer uso, véase, como ejemplo, “Activistas en contra del Tren Maya no son ambientalistas, sino opositores al gobierno: amlo”, en Proceso (26 de abril de 2022). Sobre el segundo, se puede seguir la proliferación del término como marca que hace el Grupo Salinas con el premio “Caminos de la Libertad” y su Universidad de la Libertad. Véase Daniel Zaino, “Universidad de la Libertad: qué carreras tiene y cuánto cuesta”, en Milenio Diario (5 de septiembre de 2023).

(2) Norberto Bobbio, Derecha e izquierda: razones y significados de una distinción política, Madrid, Taurus, 1996, p. 94.

(3) Norberto Bobbio, Derecha e izquierda…, p. 162.

(4) Ernesto Bohoslavsky, Historia mínima de las derechas latinoamericanas, Ciudad de México, El Colegio de México, 2023, p. 18.

(5) Marco Antonio Aranda Andrade, “La derecha y las derechas: una propuesta conceptual”, en Las derechas en México. Debates analíticos y estudios de caso, John M. Ackerman, Miguel Ángel Ramírez Zaragoza, Adrián Escamilla Trejo e Israel Jurado Zapata (coords.), Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad/ Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, 2022, p. 47.

(6) Barry Cannon, The Right in Latin America: Elite Power, Hegemony and the Struggle for the State, Abingdon y Nueva York, Routledge, 2016, pp. 4, 22 y 102.

(7) Marco Revelli, Destra e sinistra: l'identità introvabile (manuscrito inédito), citado en Norberto Bobbio, Derecha e izquierda…, p. 37.

(8) Marco Antonio Aranda Andrade, “La derecha y las derechas…”, p. 49.

(9) Norberto Bobbio, Derecha e izquierda…, p. 162.

(10) Sobre las pugnas decimonónicas, tenemos autores como Erika Pani, Alfredo Ávila y Catherine Andrews. Sobre el catolicismo político frente a la reforma y a los regímenes revolucionarios, tenemos la producción del Seminario Permanente sobre las Derechas en México, en particular los trabajos de Tania Hernández Vicencio, Ariadna Guerrero Medina, Marisol López Menéndez y Gabriela Díaz Patiño. Sobre el sinarquismo, están los trabajos de Héctor Hernández García de León y Austreberto Martínez Villegas. Sobre el panismo, es fundamental la obra de Soledad Loaeza. Sobre los grupos de extrema derecha, vale la pena consultar a Franco Savarino, Octavio Spíndola Zago y José Mario Minutti Sierra. Y sobre las derechas seculares y las élites empresariales, sobresalen los textos de Cristina Puga, Matilde Luna Ledesma, Soledad Loaeza, Sylvia Maxfield y Ben Ross Schneider.

(11) José López Portillo, “VI Informe de Gobierno”, 1 de septiembre de 1982, en Informes presidenciales. José López Portillo, Centro de Documentación, Información y Análisis, Dirección de Servicios de Investigación y Análisis, Cámara de Diputados.

(12) Sylvia Maxfield, Governing Capital: International Finance and Mexican Politics, Ithaca, Cornell University Press, 1990, p. 1. (La traducción es mía). 

(13) Soledad Loaeza, “Derecha y democracia en el cambio político mexicano: 1982-1988”, Foro Internacional, xxx, núm. 4, 1990, p. 641.

(14) Sobre la conformidad empresarial con el ejercicio represivo de esa discrecionalidad, véase Alicia Ortiz Rivera, Juan Sánchez Navarro: biografía de un testigo del México del siglo XX, Ciudad de México, Grijalbo, 1997, pp. 312-315 y 320. 

(15) Jesús Garulo García (comp.), Textos selectos de Manuel Clouthier “El Maquío”, México, Partido Acción Nacional, 2020, pp. 108-109. Sobre la fundación del Consejo Coordinador Empresarial, véase Cristina Puga, México: empresarios y poder, Ciudad de México, Miguel Ángel Porrúa / Facultad de Ciencias Políticas, UNAM, 1993, p. 71.

(16) Manuel J. Clouthier, “¿Por qué la democracia?”, en Jesús Garulo García (comp.), Textos selectos de Manuel Clouthier…, p. 45.

(17) Rafael Rodríguez Castañeda, “Hace 25 años, Sánchez Navarro vaticinaba la colusión de los magnates y el gobierno”, Proceso, 2018, reproducción de la entrevista publicada originalmente en Proceso, núm. 853, 1993.

(18) Sobre el programa político de Clouthier, véase “Límites al presidencialismo”, en Jesús Garulo García (comp.), Textos selectos de Manuel Clouthier…, p. 73.

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