Zavel Castro
“¿Quién osaría levantarse y decir: “Este hombre es un adulador”? Si alguno lo es, todos lo son con él, porque cada paso del hombre rico es barrido por quien se encuentra debajo”. Así exclama Timón, el noble ateniense. Después de gastar su fortuna ayudando a sus amigos, descubre que las palabras de admiración y gratitud que le profesaban sólo buscaban conquistar sus favores. Se siente decepcionado de sí mismo por haber creído en la sinceridad de aquellas lisonjas y furioso por haber dejado que otros se aprovecharan de su ingenuidad para enriquecerse a costa de su herencia. Por ello, decide apartarse del mundo y terminar sus días recluido en una caverna. Desde ahí, maldice la vileza de la humanidad.
Timón de Atenas es una tragedia escrita por William Shakespeare en el siglo XVII. La obra retrata la mezquindad de quienes buscan la cercanía de los poderosos, simulan afecto para obtener sus favores y les abandonan en cuanto dejan de serles útiles. Cuatro siglos después, Itari Marta dirige una adaptación de esta historia, a cargo de Diego Cristián Saldaña, trasladando el conflicto al sistema teatral mexicano, entrelazando las propias anécdotas del equipo creativo.
La trama expone las lógicas cortesanas que sostienen al gremio. Quienes recién ingresan deben rendir pleitesía a los “grandes maestros”, hasta convencerse de la importancia de sus obras y del mérito de sus trayectorias cimentadas en sus vínculos sociales y familiares, los reconocimientos concedidos entre pares y los relatos promovidos por su círculo cercano. Mediante el halago, sus allegados aseguran un lugar en la mesa de los poderosos, aunque conservarlo exija un servilismo permanente. Al igual que en la obra original, la desgracia comienza cuando los adulados caen en la trampa del elogio y toman las alabanzas por sinceras y los homenajes por merecidos.
La relectura de la obra de Shakespeare acentúa el carácter ridículo de los actos de veneración a la nobleza cultural, pues, como afirma el protagonista de la tragedia original, las ceremonias fueron inventadas para dar lustre a las acciones hipócritas. Sin Timón convierte esta reflexión en su motivo central: pone en escena a una actriz y dos actores que se preparan para recibir la visita del “gran maestro” y ofrecerle los honores para estar a la altura de su prestigio. Mientras esto sucede, Fernanda Fernández aparece en el fondo como la anfitriona invisible, haciendo un guiño a las tareas de asistencia y producción que suelen pasar desapercibidas.
A cambio de sus esfuerzos, los organizadores reciben desprecio e ingratitud, tanto del autor laureado como de sus propios colegas, quienes les dan la espalda cuando se atreven a cuestionar el comportamiento del gran señor. En la comunidad teatral representada en la obra, reclamar un trato amable, empático o un mínimo de respeto se considera un acto de soberbia y una afrenta imperdonable.
El castigo por romper el pacto de complacencia con los grandes señores adquiere una dimensión conmovedora cuando Gerardo Hernández, Alberto Juárez y Valeria Lemus, quienes interpretan los personajes principales, recurren a la autoficción para denunciar la falsedad del gremio. El elenco se refiere a los colegas que alguna vez se dijeron orgullosos de apoyar sus proyectos artísticos con enfoque social, pero celebraron sus fracasos, dieron crédito a rumores, participaron en humillaciones públicas y repitieron las burlas en coro, tan pronto cuando permanecer cerca de ellos supuso arriesgar su posición en el sistema. En consecuencia, prefirieron proteger sus propios intereses y ponerse en su contra, atribuyéndose además una superioridad moral que, en el fondo, nadie posee.
Cegados por la euforia colectiva, quienes pasaron de la adulación al señalamiento no advirtieron que su ataque trascendía a quienes encabezan dichos proyectos y que, en realidad, lo que debilitan es el ideal del potencial del teatro para incidir en la reinserción social, la reparación histórica y la defensa de los grupos vulnerables. Lo más penoso es que lo hicieron persiguiendo fines miserables pues, a diferencia del oro y las tierras que obsequiaba Timón, el beneficio tangible del teatro institucional suele ser apenas decoroso.
Romper la complicidad del silencio y exponer, mediante la comedia, la ingratitud, la falsedad, la alevosía y el oportunismo de la comunidad artística es un gesto excepcional de valentía e ingenio.
*Zavel Castro. Historiadora, crítica y curadora de artes escénicas. Fundadora de la plataforma de crítica Aplaudir de Pie. Miembro de la mesa directiva de la Red Latinoamericana para el Desarrollo de Públicos. Imparte talleres independientes de crítica teatral desde un enfoque en el que dialogan diversas perspectivas y disciplinas, proponiendo una práctica alternativa a los modelos tradicionales del periodismo cultural.
@ZavelCastro
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