Paulina López González
Angustias, la viuda de Coyoacán, se sienta en medio de Claudia y Rodrigo, en el sótano de su casa ubicada en Francisco Sosa. Sobre la mesa hay una bola de cristal y una barra de pan de masa madre. Las tres personajes se disponen a comunicarse con el espíritu del esposo de Angustias, para después cerrar el portal entre los mundos. Ésta es una escena que no imaginé ver cuando asistí al Teatro La Capilla a una obra que, según leí, trataba de dos hermanos intentando salvar la panadería familiar frente a la gentrificación de su colonia.
Masa madre, escrita y dirigida por Javier Mira, comienza mostrándonos a Claudia y Rodrigo (a cargo de Alejandra Ranero y Rubén Carpinteiro, respectivamente) preocupados porque los ingresos de la panadería que les dejó su mamá, recién fallecida, caen de manera estrepitosa. Acaban de abrir un Starbucks enfrente, lo cual resulta en una disminución de su clientela. Las rentas suben y el dinero no alcanza.
Conforme Rodrigo y Claudia discuten sus opciones para atraer más clientes y salvar el negocio familiar, entre las cuales está una composición musical que esperan que se vuelva viral en redes sociales, descubrimos que los dos hermanos tienen percepciones muy distintas de su mamá. Rodrigo no pierde oportunidad de mencionar cómo la extraña, mientras que Claudia no tiene nada bueno que decir sobre ella. Los distintos acercamientos al duelo por la muerte de su madre no son lo único que distingue a estos dos personajes. Claudia es pragmática y realista, mientras que Rodrigo es soñador e ingenuo, al punto que compra un boleto de lotería para ver si así rescata la panadería.
Hasta este momento, el tono de la obra es cómico, pero no tiene mucho de inusual. En la escenografía predominan los tonos claros y el ambiente es musicalizado en vivo con melodías sencillas de ukelele, a cargo de Javier Mira. Las cosas toman un giro inesperado hacia el suspenso y el absurdo cuando el número de Rodrigo resulta ganador; sin embargo, los hermanos descubren que el boleto está perdido. Probablemente se fue en el interior de una barra de pan que compró Angustias (interpretada por Paola Madrigal), una clienta que solía ser frecuente en la panadería y ese día regresó. El trabajo actoral de Madrigal, con una comedia precisa, hace que la obra tenga un antes y un después de que Angustias sale a escena.
Con el ingenioso diseño de escenografía, las puertas y paneles utilizados para la panadería se voltean para transformar el espacio en la casa de Angustias: un lugar oscuro y lúgubre. Claudia y Rodrigo tienen una misión clara para su visita, pero recuperar lo que buscan no resulta tan fácil como pensaron. ¿Es Angustias quien dice ser? ¿Cómo murió su esposo? ¿Por qué no quiere que los hermanos abran el cuarto de arriba? Claudia y Rodrigo tratan de dilucidar las respuestas a estas preguntas mientras corren por la casona de Angustias buscando pistas. El montaje de esa persecución construye en el teatro una energía de suspenso mientras vemos a los tres actores utilizar cada rincón del escenario y los pasillos del teatro para envolvernos en el misterio. Pareciera que el recinto aumentó su tamaño, mostrando el contraste entre el pequeño local de la panadería y la gran mansión de la calle Francisco Sosa.
Una serie de enredos lleva a Rodrigo a hacerse pasar por Roquefort, un reconocido médium francés quien, inesperadamente, tiene algo que mostrar a Claudia, Angustias y Rodrigo sobre sus respectivos duelos y la posibilidad de sanar en compañía. Entre la comedia y el absurdo, Masa madre construye personajes profundos y una historia conmovedora — que, al final, poco tiene que ver con la gentrificación.
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Masa Madre se presenta los lunes a las 20 h en el Teatro La Capilla (Madrid 13, Metro L3: Coyoacán), con funciones hasta el 26 de octubre.
*Paulina López González. Amante del teatro con más de diez años de experiencia como espectadora. Creadora del club de espectadores “Teatreres en la butaca”.
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