Zavel Castro
Comprendo la figura del crítico como una manifestación moderna del parresiasta: aquella persona dispuesta a decir la verdad sobre un asunto con plena franqueza y que, al hacerlo, asume los riesgos derivados de provocar la ira de quienes detentan el poder. Se trata, por tanto, de una práctica discursiva que exige valentía, en tanto que se ejerce desde una posición de inferioridad jerárquica.
Michel Foucault dedicó sus últimos trabajos a dilucidar la relación entre ética y verdad, así como el funcionamiento de esta última como práctica de resistencia. En un primer momento, esta tarea filosófica supuso un estudio minucioso de los textos de la Antigüedad Clásica en los que el concepto aparece y adquiere sentidos diversos según las consecuencias que implica cuestionar el ejercicio del poder, particularmente cuando éste adopta formas tiránicas.
Entre los textos teatrales examinados se encuentran varias tragedias de Eurípides: Ión, donde la parresía aparece como el derecho a decir la verdad, vinculado con la ciudadanía; Hipólito, en la que los hijos pierden esa facultad a causa de las faltas morales de su madre; Las fenicias, donde callar el propio pensamiento se presenta como uno de los castigos más severos asociados al exilio; y Las bacantes, donde un diálogo pone de manifiesto el temor del mensajero encargado de comunicar una noticia verídica al soberano. Este último termina por concederle permiso para hablar libremente, en una escena que permite advertir que hablar con honestidad frente a quienes ejercen alguna forma de autoridad puede adquirir también el carácter de un deber.
Conviene reparar brevemente en el temor que implica hablar con franqueza frente a quienes detentan alguna forma de poder, en especial cuando esta práctica se convierte en una forma de vida. De ahí la razón principal por la que vinculo el concepto de parresía con el de crítica, que entiendo más que como una práctica profesional, como una actitud arraigada en ciertas disposiciones de carácter que llevan a resistir la imposición autoritaria de modos de ser y formas de pensar destinados a mantener la subordinación de determinados sujetos.
Además, siendo un motivo recurrente en el teatro griego, resulta pertinente observar cómo opera la parresía en el propio campo escénico y de qué manera sus relaciones de poder determinan quién puede hablar con franqueza, frente a quién y con qué consecuencias. El interés por trasladar el concepto al sistema teatral mexicano contemporáneo parte de su capacidad para describir una relación específica entre verdad, poder y riesgo.
Se trata de situar en el presente una categoría surgida en otro contexto histórico y emplearla como herramienta de análisis para examinar las condiciones que restringen la libertad del ejercicio crítico al obliterar los discursos que cuestionan la estructura del sistema al que pertenece, sus dependencias, las relaciones de prestigio y su vínculo con los distintos problemas de la representación escénica.
En ese sentido, la parresía tendría un lugar especial en el ejercicio de la crítica institucional, entendida, siguiendo a Andrea Fraser, como una práctica que examina las estructuras, jerarquías y las relaciones de poder en el mundo del arte. Una orientación que la concepción dominante de la crítica teatral desaconseja, bajo el argumento de que su tarea consiste exclusivamente en preservar la memoria de la escena, señalar los aciertos y las fallas de las puestas y orientar a los públicos. ¡Ay de aquél que proponga algo distinto! Corre el riesgo de la descalificación pública, reforzando la idea de que existe una forma legítima de ejercer la praxis: aquella que sus defensores conocen y transmiten a sus aprendices.
Ya se advierte que este tema exigirá varias entregas, pero conviene dejar asentada al menos una hipótesis: buena parte de los textos críticos actuales se sitúa en el extremo opuesto de la parresía, es decir, en la adulación. Según el filósofo Plutarco, ésta se manifiesta en la conducta del subordinado que procura atraerse la benevolencia del más fuerte mediante el halago. Quizá desde allí se pueda comprender el empeño de algunos periodistas por exaltar las virtudes de las obras creadas por figuras de poder, con la expectativa de obtener, a cambio, reconocimiento, pertenencia o acceso al medio. Para quien opta por la franqueza, la consecuencia puede adquirir una forma contemporánea del exilio: la exclusión.
*Zavel Castro. Historiadora, crítica y curadora de artes escénicas. Fundadora de la plataforma de crítica Aplaudir de Pie. Miembro de la mesa directiva de la Red Latinoamericana para el Desarrollo de Públicos. Imparte talleres independientes de crítica teatral desde un enfoque en el que dialogan diversas perspectivas y disciplinas, proponiendo una práctica alternativa a los modelos tradicionales del periodismo cultural.
@ZavelCastro
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