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Sustitución de importaciones: discurso vs. realidad

La sustitución de importaciones es un concepto que remite a otra etapa de la historia económica de México. Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, el país apostó por proteger amplios sectores productivos mediante elevados aranceles y barreras comerciales con el objetivo de producir internamente. Salvo contadas excepciones, aquella estrategia terminó siendo costosa para los consumidores, poco eficiente para la economía con severas consecuencias macroeconómicas.

Hoy, en un contexto completamente distinto, la idea ha regresado al discurso público. El exsecretario de Hacienda, Rogelio Ramírez de la O repetía en sus discursos que México debía reducir la dependencia de las importaciones provenientes de Asia.

El cambio de administración no modificó ese diagnóstico. El Plan México incorporó ese objetivo como uno de sus ejes centrales: desarrollar cadenas productivas nacionales que permitan sustituir parte de las compras que el país realiza en esa región del mundo.

A primera vista, la propuesta luce razonable. México mantiene un creciente déficit comercial con Asia y sería deseable fortalecer la capacidad productiva nacional. Además, existen consideraciones geopolíticas que no pueden ignorarse en un mundo cada vez más fragmentado. El problema es que transformar esa aspiración en realidad es mucho más complejo —e incluso potencialmente contraproducente— de lo que el discurso oficial sugiere.

Conviene recordar un aspecto fundamental: quienes importan no son los gobiernos, sino las empresas. Y las empresas compran en el exterior por dos razones muy simples, porque encuentran mejores insumos para sus procesos productivos o porque responden a las preferencias de los consumidores. Por ello, pese a los esfuerzos discursivos y regulatorios, la dependencia comercial respecto a Asia no ha disminuido; ha aumentado.

Las cifras son contundentes. En los últimos tres años, las importaciones provenientes de Asia crecieron cerca de 100 mil millones de dólares, mientras que las provenientes de Norteamérica se redujeron en aproximadamente 20 mil millones. Como resultado, Asia representa ya cerca de la mitad de todas las compras externas de México, superando ampliamente a Estados Unidos y Canadá como región proveedora. Más aún, ni siquiera la imposición de nuevos aranceles y medidas de protección comercial ha logrado revertirla.

La razón es sencilla: las cadenas globales de suministro responden a criterios de eficiencia económica, no a deseos políticos. Las empresas compran donde encuentran mejor precio, calidad, disponibilidad y tiempos de entrega. Sustituir proveedores exige inversiones, infraestructura, capital humano, certidumbre regulatoria y, sobre todo, tiempo.

Por ello, el verdadero desafío no consiste en limitar importaciones, sino en construir las condiciones para que producir en México resulte más atractivo y competitivo. Mientras ello no ocurra, los incentivos económicos seguirán apuntando hacia Asia.

Por ahora, el discurso político avanza en una dirección. La realidad, en otra.

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