Julio Cavallucci
Cuando se habla sobre la demanda habitacional de mediados del siglo XX en la Ciudad de México y su respuesta a la vivienda colectiva, es común mencionar los multifamiliares de Mario Pani, como el Centro Urbano Presidente Alemán o el Nonoalco Tlatelolco. Sin embargo, el multifamiliar no fue la tipología que logró acomodar a más familias. A la par del movimiento moderno y de algunos de los edificios habitacionales más emblemáticos de la ciudad, la historia de la casa autoconstruida suele pasar desapercibida.
La casa autoconstruida es quizás la tipología habitacional más abundante y una de las menos estudiadas y documentadas, a pesar de su proliferación frente a otros modelos. Son muchos los barrios —prácticamente alcaldías y municipios enteros— que se encuentran construidos de esta manera o que tienen su origen en la autoconstrucción. Aunque exista una tendencia generalizada a ver la Ciudad de México sólo desde su zona central, la periferia es, por mucho, mayor en dimensiones y población. La capital se extiende por kilómetros de los cuales sólo una fracción es diseñada por arquitectos; la gran mayoría es autoconstruida por las familias que la habitan, vecinos, amigos y, quizás, un par de maestros de obra y albañiles.
Aunque tendemos a pensar en los edificios como entes estáticos, la autoconstrucción se encuentra en un estado de cambio permanente: es más un sistema que una construcción terminada. Los espacios se modifican con el paso del tiempo de acuerdo con las necesidades de sus habitantes: se van sumando habitaciones a la par del crecimiento de la familia y las varillas de los castillos se dejan expuestas bajo el entendimiento de que la estructura es susceptible a ediciones y adiciones posteriores. En su texto “Autoconstrucción”, publicado en 2008 por el Centro de Arte Contemporáneo de Glasgow, Abraham Cruzvillegas comienza diciendo: “La casa en la que nací y crecí fue construida, modificada y eventualmente demolida a través de un proceso de aceleraciones (calor, frío), inercia (uso, abandono), transformación (adaptación, cancelaciones) y contradicciones (pretensiones estetizantes y aberraciones estilísticas) que hoy forman un todo”.
En dicho texto, Cruzvillegas narra experiencias y reflexiones derivadas de su crecimiento en una casa autoconstruida y teje un paralelo entre la autoconstrucción como modelo habitacional y la “autoconstrucción” como la formación de uno mismo. En esa comparación, el autor hace especial énfasis en la dimensión colectiva de ambos procesos: la edificación de la casa, al igual que la construcción de la persona, es un acto inherentemente colectivo. De esa misma manera, la casa autoconstruida, al igual que las personas, se encuentra en permanente cambio, adaptación y modificación.
El texto de Cruzvillegas abre las siguientes preguntas-reflexión: ¿a qué tipologías llamamos vivienda colectiva? ¿La dimensión colectiva de la vivienda se refiere únicamente al hecho de cohabitar una estructura? ¿Cómo construimos nuestra casa? ¿Pero también cómo nuestra casa nos construye a nosotros?
*Julio Cavallucci. Arquitecto por la Universidad La Salle. Ha trabajado en Zeller & Moye, Cano Vera y Taller ADG. Desde 2021, colabora como profesor asistente del taller Palimpsest Barragán de la Architectural Association.
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