Esta semana, Kaitlan Collins, la periodista de CNN en la cobertura de las actividades de la Casa Blanca, recibió un premio en la cena anual de corresponsales. Se reconoció la versatilidad y profesionalismo de una reportera jovencísima (34 años) que no quita el dedo del renglón en su escrutinio de la administración Trump. La comunidad periodística norteamericana expresó su respaldo unánime al reconocimiento de Collins, no así la clase política. Específicamente el presidente Donald Trump se las arregló para injuriar a la reportera. Dijo que era muy bonita, pero que se trataba de una mujer amargada, pues lleva cubriendo la Casa Blanca 10 años (desde que él llegó por primera vez al poder) y nunca la ha visto sonreír. De paso, Trump la comparó con una celebridad transgénero que hace comerciales para burlarse de su apariencia. La respuesta de la periodista tuvo una dignidad impresionante. Citó a Eleanor Roosevelt quien afirmó alguna vez que nadie puede ofendernos a menos que se lo permitamos. Y que a ella no le interesaba lo que el presidente pudiera decir de su persona, sino que contestara los cuestionamientos que Collins dirige a su conducción gubernamental. Impecable.
Con todo, el incidente es ilustrativo del disgusto que ocasiona en los gobiernos populistas la libertad de expresión. Collins no tiene por qué sonreír, sobre todo cuando endereza preguntas al presidente sobre su gestión. Su trabajo es ese, cuestionar, criticar, investigar y, por tanto, dudar de lo que dice el oficialismo. Ciertamente el entorno institucional norteamericano es muy distinto del mexicano, de manera que Trump no posee el poder de intimidación sobre la prensa que sí poseen los gobiernos mexicanos con instrumentos como la mañanera. No obstante, es evidente que el trumpismo y el morenismo comparten una fijación contra el periodismo crítico, pues saben muy bien que es una de las amenazas más severas a sus relatos triunfalistas.
Pensaba en eso al enterarme de que el gobierno mexicano lanzó la consulta pública para lineamientos generales de derechos de las audiencias y responsabilidades de los medios de comunicación. Si bien en este caso el gobierno mexicano es más sutil que el estadounidense, en el fondo parece haber una intención encubierta de modificar los contenidos electrónicos que no son favorables a la actual administración. Intimidar, por otras vías, a los medios de comunicación para que no critiquen al gobierno. La pregunta es si el periodismo mexicano sabrá responder como hizo Kaitlan Collins o guardará un silencio suicida. De la respuesta depende el futuro de la libertad de expresión en México.
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