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POESÍA: Un cartógrafo del abismo

 Pedro Derrant

Quizá sea que ya se me pasaron las cucharadas con la poesía sudamericana, pero cada vez echo más en falta la existencia de libros mexicanos que postulen una poética en toda su radicalidad. Entiendo que no es un asunto menor: hacerlo es una megalomanía equivalente a la de formular un sistema filosófico, una revisión del cosmos —desde sus leyes físicas hasta su teogonía, pasando por su historia literaria— que funde coordenadas nuevas desde las cuales releer la realidad. Splendor de Enrique Verástegui, La Divina Revelación de Héctor Hernández Montecinos o La nueva novela de (Juan Luis Martínez) tienen eso en común: cada uno es la semilla de un mundo nuevo, el primer capítulo de un texto sagrado por venir.

Celebro la aparición de Hipercódex. Ensayo poético hiperbólico (Iridiscencias, 2026), de Emmanuel Vizcaya, porque en él veo una realización, si bien a menor escala, de ese mismo impulso. No es casual que el volumen postule, desde su arranque, que todo libro crea un espacio, un tiempo y una materia que los habite (“El libro es un sistema tridimensional / que aloja al lenguaje / sabiendo, desde el inicio, / que su experiencia ocurre en otra dimensión. / Lucha por fijar algo / que siempre insiste en moverse.”); Vizcaya entiende que no se trata sólo de reflexionar sobre la escritura, sino de utilizarla para levantar un modelo del universo. Tal y como él la entiende, la literatura sería una especie de topografía verbal: “Escribir es delinear un cubo donde el lector se ubica dentro. / Estructurar las líneas para que pueda llenarse de interpretación”.

Modelo, topografía, espacio, tiempo, materia, cubo; todas estas palabras bordean otra, que es la verdaderamente central de esta poética: mapa. Emmanuel Vizcaya se entiende como un cartógrafo que conquista las zonas oscuras de un vasto territorio sin explorar. El método que propone es el del aventurero que sabe de antemano que habrá de extraviarse y quizás perder la cordura (cuando no la vida): 

Si miramos la incertidumbre y la indeterminación, esos lugares alejados del cajón de las certezas, de lo insensato que es creer en verdades absolutas, estaremos caminando hacia la evolución, no sin antes pasar por la revolución.

El futuro es el futuro pero sobre todo, [sic] es el presente. Vivimos en el post-presente, y en este sitio se abren las puertas a la especulación y su hermosa inestabilidad: un carrusel o una ruleta. Estamos en el post-presente donde nadie busca tener la razón sino encontrar su razón al perderla.

Las certezas han quedado como mástiles sin barco, tótems huecos entregados a las fuerzas restauradoras de la naturaleza que ejercen nivelación. Pensar en ello es síntoma del post-presente al querer descifrar nuestra ubicación exacta.

No sorprende la irrupción de un lenguaje que estaría como en casa en un libro de viajes (mástiles, tótems, naturaleza): el escritor, para Vizcaya, es un expedicionario. Pero no uno cualquiera: como el Kurtz de Joseph Conrad, entiende que su empresa no puede ser exitosa si rehuye el mandato irracional de sumergirse en las tinieblas para morder su corazón. Por eso, las imágenes están subvertidas: los mástiles no tienen barcos, los tótems están huecos, la naturaleza ya no devora, sino que restaura. El procedimiento de Vizcaya es dejar de huirle a lo incierto, a lo indeterminado, a lo inestable, y asumirlos en cambio como puntos de partida: las imágenes que puedan brotar de un ejercicio como éste, nos adelanta, serán disparatadas, pero acaso ésa sea la única manera de representar el mundo en el que vivimos. 

No se me escapa que en la formulación de Vizcaya (“encontrar su razón al perderla”) resuenan los ecos de otra que es archiconocida porque los Contemporáneos la utilizaron para rubricar su búsqueda grupal. Se trata de una cita de François Fénelon, aparecida al frente del número 5 de la mítica revista Ulises: “il faut se perdre pour se retrouver” (“es preciso perderse para hallarse”). El fragmento proviene de una novela de tema homérico, Les Aventures de Télémaque, lo mismo que todos los demás epígrafes de la publicación, extraídos del Ulysses de Joyce, de ensayos de André Gide sobre Sindbad y Ulises, y de reflexiones de Eugenio D’ors sobre La Odisea. La idea de que el poeta es un marino montado en el buque de la sinrazón no es nueva: no lo fue a inicios del siglo XX cuando nuestra vanguardia adoptó a Ulises como su espejo, no lo fue en el siglo XIX cuando los románticos ingleses escribieron The Rime of the Ancyent Marinere y Childe Harold’s Pilgrimage, ni cuando Luis de Góngora volvió protagonista de su gran poema a un náufrago. Estamos, hay que decirlo pronto, frente a un tópico. Pero Vizcaya nunca negó la filiación:

Reflexionando sobre estas líneas es como sé que ya todo está dicho y redicho. Los pensamientos cotidianos no son nuevos, y así como los entornos se agotan, también ellos lo hacen.

En el pasado surgieron las verdaderas ideas del futuro. Y quizá ahora, en este presente, sólo podemos ver y pensar hacia atrás, creyendo que lo hacemos hacia adelante. Miramos en la dirección contraria, pero como el tiempo es un círculo y la historia es un ciclo, mientras más miremos al pasado más podremos ver la punta de nuestro futuro. Y viceversa.

Todo está encadenado.

Todo está condenado.

Mis palabras se repetirán porque yo mismo las repito de otros momentos.

La pregunta, entonces, debe ser otra: ¿qué tiene en común nuestra época con aquéllas para que nuestros poetas modelen la realidad con la misma visión del viaje? Tengo una hipótesis. 

Hay momentos en que el mundo se vuelve aún más incomprensible de lo que ya es de por sí, momentos en que el avance repentino de la técnica (para el siglo XX fue la relatividad; para el XIX, la máquina de vapor) o el descubrimiento súbito de un continente nuevo (que no pudo dejar indiferente a Góngora) exceden nuestras capacidades apolíneas. El péndulo regresa con la misma fuerza y, entonces, sobrevienen épocas que rinden culto a la irracionalidad, a la incertidumbre, a la especulación. La inteligencia artificial por fuerza nos ha de sumir en una temporada como aquéllas. La poética de Emmanuel Vizcaya —que se subleva contra el gobierno de las causas y de los efectos; que explora no porque quiera llegar a un sitio, sino por la pura obligación de abrir camino porque lo tiene enfrente; que desconfía de los géneros, del lenguaje y de la inmovilidad del libro— es un producto típico de nuestra época. 

Ya en otro momento me referí a Benjamín Labatut como un novelista que se debe entender como una onda expansiva del romanticismo. Decía en aquella ocasión que, debajo de su preocupación por la inteligencia artificial, advertía un sustrato religioso, una promesa tácita de que rezar a una computadora podría depararnos una verdad oculta. Me parece que la poética de Vizcaya no es ajena a esa exploración. Él también cree que del descenso en las oscuridades del sinsentido que supone hablar con una máquina puede regresar con una flor entre las manos, con una palabra nueva agitándosele en el pecho: “La literatura es, al menos por momentos brevísimos, una revelación que levanta fugazmente el antifaz del mundo. // Todo lo humano ya está dicho por nuestro lenguaje. Entonces ¿qué pasa si miramos hacia lo no humano?”.

Emmanuel Vizcaya, Benjamín Labatut y otros tantos creadores del presente, enamorados de las máquinas, depositan en ellas su nostalgia por el misterio. Cuando atraviesan el desfiladero de lo desconocido no ven ya las terribles imágenes de un dios, sino las alucinaciones del código binario. La noche oscura del alma es un monitor que se fue a negros: asomados a ese abismo, sentimos brotar en nosotros un terror atávico.

Del fondo de mi memoria, se subleva una escena hecha de eso: de vértigo y nostalgia. Tengo nueve años, estoy sentado frente a la computadora de mi familia y juego al Age of Empires II. Aparezco a la mitad de un mapa en cuyo centro hay un pequeño parche de claridad, un edificio, tres aldeanos, algunas ovejas y un caballero. Click, lo selecciono, y le doy la orden de atravesar la dudosa tiniebla, a ver qué se nos revela: poco a poco, una brecha de luz se abre a la mitad de la gran mancha negra. El explorador se interna convencido de que lo mueve su voluntad, sin sospechar que es mi mano la que lo guía a través del campo —aunque tal vez me equivoque. Tal vez si no lo sabe, al menos lo intuye. Quizás el paisaje recién descubierto le ha anidado una idea nueva en el pecho y ahora piensa que al regresar de su aventura, cuando haya encontrado el camino de vuelta, tendrá que apresurarse a escribirla en algún lado. Para no olvidarlas, repite cuatro líneas que le llegaron de quién sabe dónde, y la mayoría de cuyas palabras no comprende: “Una hibridación entre lo físico y lo virtual, / que funcione con y sin energía, / que pueda hablar y escuchar. // Un libro que sea un organismo inteligente.” 

Entonces, la computadora colapsa y en un segundo todo ha desaparecido: ya no hay mapa ni explorador ni aldeanos; nada. Sólo estoy yo, sentado frente a una pantalla que no reacciona, preguntándome en dónde terminan los personajes de los videojuegos cuando se va la luz. Pero nadie me responde. Y en mí nacen unas ganas súbitas de terminar con tanto silencio. 

Y grito.

*Pedro Derrant. Poeta y ensayista. Publicó la colección de poemas Catábasis (Summa, 2023). Ha colaborado con Revista de la UniversidadParaíso. Revista de poesíaTierra Adentro y Ærea.
@pedro_derrant

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