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Nuevos futbolistas; rancios cronistas

Hazañas de hoy con reseñas de anteayer. Beisbolero por región y generación, visitante esporádico del futbol: sólo en grandes fechas de Pumas, en los mundiales y en los campeonatos de la liga más presentes en la conversación pública, este profano en la materia alcanza a ver, en las tres victorias de la selección nacional, una nueva imagen. Nuevas condiciones físicas de los jugadores, nuevas edades, nuevas actitudes y destrezas de una camada de nuevos futbolistas mexicanos. Todo, en contraste radical no sólo con los estándares de sus ancestros, sino, más marcadamente, con sus envejecidos cronistas, sin importar sus edades biológicas. Hazañas de los atletas de hoy y de mañana narradas desde los micrófonos de anteayer.

Unidad nacional a la Díaz Ordaz. Desde las heridas del 68 y la escisión entre sociedad y gobierno ilustrada en la rechifla y otras expresiones de rechazo a Días Ordaz, en el estadio Azteca, que se inauguraba con el también acto inaugural aquella Copa del Mundo 1970, sonaba hiriente el discurso -bajo consigna- de los narradores que gritaban la unidad de todo un país, todo un pueblo, por el orgullo nacional concentrado en aquel orgulloso estadio sede del campeonato.

Soberanía, la del adolescente Mora. Cincuenta y seis años después, más o menos el mismo discurso, desgañitado otra vez por la televisión, la noche del miércoles, se oyó más bien rancio. ¿Un México cohesionado por tres goles -ciertamente disfrutables- en una nación dividida por una polarización que a veces parece convocatoria a la guerra civil? Nada más faltó la invocación oficial de la soberanía como escudo de la narcopolítica. Pero distante de ese lenguaje sobresalió un adolescente alado -Gilberto Mora- volando solo, ese sí, libre y soberano, con el balón flotando a sus pies a lo largo de medio campo, en la fabricación del segundo gol de la noche.

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