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NOVELA: Otro tipo de hazaña literaria

Luis Mendoza Vega

Conocí a Octavio Guerrero en una lectura de poesía en Xalapa. Durante el open-mic, sin embargo, él leyó una crónica. Su participación, lo pienso a la distancia, no era tan desatinada: hacía partícipe al público de un género que, según Fernanda Melchor, sirve de “desahogo” al ahorrarse el “agotador proceso de la creación ficticia”. El hablante tanto de este tipo de relato, como ocurre también en buena parte de los poemas, suele ser un sujeto que escribe y firma como autor.

Aunque se dice que la crónica echa mano del periodismo, el cronista no tiene por qué ser un periodista en sentido estricto: es, antes bien, un narrador de un espacio-tiempo particular. Su realismo no se debería dar por sentado gracias a las referencias que confirman la existencia de un lugar o de cierto personaje, sino por la construcción de un mundo cohesivo, existente o no fuera de las palabras. Se trata, pues, de otro tipo de hazaña de la literatura.

Tiempo después, coincidí una vez más con Octavio e intercambiamos algunos trabajos. Fue así como llegó a mí Nunca seremos esos personajes, compendio de catorce crónicas publicado en 2025 por Producciones El Salario del Miedo. Un pequeño libro verde, con detalles en rosa y amarillo e imágenes intervenidas que, sinceramente, agradezco en una época de ediciones desangeladas.

En sus páginas, el narrador se da a la tarea de reunir a una serie de personajes de la escena underground de San Luis Potosí: raperos, grafiteras, bandas de música, vendedores clandestinos, drogadictos y sobrevivientes. Como apunta Luis Racionero, no hay que confundir la contracultura con el under, en principio por la desafortunada traducción del término inglés counter culture: no es que la contracultura esté directamente en oposición a la sociedad, funciona, más bien, como contrapeso de ésta. El underground, en cambio, constituye una manifestación más amplia de un pensamiento situado más allá del racionalismo cartesiano y, por ello mismo, de sus espacios de legitimación: ora la academia, ora el mercado.

Más allá de todo eso, manifestado de manera explícita en el libro, Octavio se convierte en un personaje más de sus narraciones. Percibo una coherencia que va desde el primer texto, “El cuarto azul”, donde se reencuentra con un viejo amigo que le propone escribir un artículo sobre el arte urbano, hasta el penúltimo, “De cómo estar preso sin cárcel y padecer sin tareas”, donde, como profesor de literatura, se encuentra atado a los vórtices de la burocracia. Es precisamente esta situación la que cruza toda la obra y termina por concretarla: Octavio escribe sobre la escena alternativa desde el estómago mismo del fenómeno.

Yo también iba a trabajar esa noche, pero mi objetivo no era remodelar una sucursal, sino más bien construir una crónica de la ciudad. Una ciudad donde había amplificadores, guitarras sin cuerdas, porros a medio terminar, gente moviéndose en el slam, con el pelo de colores y un palacio en obra negra.

Es en la última crónica, “América, esclavitud, Mississippi”, donde se percibe cierta desconexión del resto, quizá porque el centro de gravedad de la narración se desplaza hacia otros temas, más cercanos a la denuncia social. La gentrificación, presente también en las crónicas anteriores, deja aquí de ser parte del paisaje para ocupar el primer plano. El cambio no es necesariamente un defecto, pero sí modifica la relación entre los personajes, la ciudad y el narrador, sostén de buena parte del libro.

Porque la construcción de la urbe no se limita al costumbrismo de datos duros. Hay, en realidad, una exploración psicológica ―quizá no profunda― que se sostiene en la narración de hechos cotidianos e interdependientes para dar cuenta de una realidad emotiva. Esa cadencia de las palabras de una comunidad que ha construido una visión de mundo: su relato propio.

Esa noche no se celebraba nada, así que la bandera no estaba en la asta. En el 2010, cuando se inauguró, el lábaro patrio se la pasaba rasgándose. Eso era una burla, un síntoma de lo que estaba pasando en el país. Zurcían la bandera, volvían a ponerla, pero ocurría lo mismo. ¿Sería el material, la posición del asta o el futuro de las rodillas, brazos y piernas de los skatos?

Habrá quien hable de romantización o de pornomiseria, término comodín de estos días. Pero la poética de Octavio busca anular toda lejanía al contar desde el centro de la experiencia del margen: ya sea la del Estado, la de la ciudad o la de la literatura misma. No observa a sus personajes desde una posición exterior y segura, sino que se incluye en el espacio que pretende narrar. Hay estética y ética en el proceder.

En este sentido, quizá el slam y la crónica compartan algo más que un espacio ocasional. Quizá ambos recuperan una dimensión pública para el cuerpo y la literatura. Tal vez de eso se trate todo.

*Luis Mendoza Vega. Poeta y crítico literario. Miembro y colaborador de Criticismo y secretario de Péndola. Redes y Revistas. Autor de la plaquette Pájaro de sal (2026, Crisálida Ediciones).
@eromenopatroclo

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