Aquella noche, un policía municipal de Ecatepec llegó a su casa después del trabajo. Probablemente no era la primera vez que volvía cansado, irritable o con la mente todavía atrapada en lo que había vivido durante el turno. Horas después, asesinó a su esposa y a sus dos hijas antes de quitarse la vida.
La noticia conmocionó durante algunos días. Después desapareció, como si hubiera sido un hecho aislado o imposible de entender.
Pero hay tragedias que no empiezan el día del disparo.
Empiezan mucho antes.
Empiezan en el reconocimiento de cadáveres de compañeros. En enfrentamientos armados. En funerales policiales. En el miedo constante a no regresar a casa. En policías que pasan años viendo cosas que la mayoría de las personas jamás verá en toda su vida. Empiezan en la presión de mantenerse alerta todo el tiempo, incluso cuando termina el turno.
Y todo eso deja huella.
Una que muchas veces no se queda en la patrulla o en la oficina.
Se mete a la casa.
A veces llega en forma de silencio. Otras en irritabilidad, insomnio, ansiedad, aislamiento o necesidad de tomar alcohol para “bajar revoluciones”. Porque sí, hay policías que terminan usando el alcohol para intentar dormir, relajarse o dejar de pensar un rato. El problema es que el alcohol no resuelve el desgaste emocional: muchas veces lo intensifica.
Y cuando el cansancio, el trauma, el miedo acumulado y el consumo de alcohol empiezan a mezclarse, también pueden deteriorarse las relaciones familiares, la convivencia y la manera de reaccionar dentro del hogar.
Hablar de esto incomoda. Sobre todo porque durante años se le ha enseñado a muchos policías que aguantar es parte del trabajo. Que pedir ayuda es señal de debilidad. Que hay que resistir.
Pero reconocer que algo afecta emocionalmente no hace débil a nadie.
Al contrario. A veces el verdadero riesgo empieza cuando alguien deja de darse cuenta de cuánto le está afectando lo que vive todos los días.
Y también cuando quienes están alrededor normalizan señales de alerta. Cuando entre compañeros se empiezan a cubrir conductas destructivas, excesos o problemas evidentes bajo la idea de “así somos”, “déjalo desahogarse” o “todos tomamos”.
Porque cuidarse entre compañeros no debería significar hacerse cómplices del deterioro emocional de alguien.
Debería significar ayudar a detectar cuándo alguien necesita apoyo antes de que termine dañándose a sí mismo, a su familia o a otros.
Nada de esto justifica la violencia. Cada persona es responsable de sus actos, especialmente cuando lastima a quienes más cerca tiene. Pero también es cierto que ignorar el desgaste emocional acumulado dentro de la función policial no hace que desaparezca.
Nadie puede pasar años entre violencia, muerte, miedo y presión constante sin pagar algún costo emocional.
Por eso la salud mental policial no es solamente un asunto privado. También es un tema de seguridad, de prevención y de protección familiar.
Y quizá la salida no está únicamente en más controles o más sanciones, sino también en construir instituciones donde pedir ayuda psicológica no sea motivo de vergüenza; donde exista acompañamiento real después de eventos traumáticos; donde hablar entre compañeros no solo sirva para aguantar, sino también para cuidarse.
Porque detrás del uniforme siguen existiendo personas.
Personas que también se cansan. Que también tienen miedo. Que también pueden quebrarse.
Y entenderlo a tiempo puede hacer la diferencia entre una institución que solo reacciona ante las tragedias… y una que realmente aprende a prevenirlas.
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