La guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos no se libra solo con misiles, drones o sabotajes. También se combate en un frente menos visible pero cada vez más decisivo: la guerra psicológica mediática.
No es un fenómeno nuevo. Durante la Primera Guerra Mundial circularon relatos sobre atrocidades alemanas diseñados para movilizar a la opinión pública. En la Guerra Fría, Washington y Moscú financiaron extensos aparatos de propaganda para moldear percepciones globales. Lo que vemos hoy ocurre a una velocidad y escala inéditas.
Las nuevas tecnologías permiten fabricar realidades completas: deepfakes, audios e imágenes manipuladas que pueden propagarse virulentamente a millones de personas en cuestión de minutos. En redes circularon montajes sobre la supuesta destrucción de Tel Aviv, falsas noticias sobre la muerte del primer ministro Benjamín Netanyahu y alertas de seguridad, fabricadas y difundidas en mensajes masivos. Todos fueron desmentidos, pero para entonces ya habían activado la reacción emocional que buscaban.
Un episodio ilustra el fenómeno. El ataque contra una escuela de niñas en Minab, en el sur de Irán, que dejó muertos, se convirtió en una batalla narrativa. Teherán atribuyó el ataque a bombardeos de Israel y de Estados Unidos; ambos negaron responsabilidad y anunciaron investigaciones. Pero antes de que hubiera claridad sobre lo ocurrido, la historia había recorrido el mundo provocando indignación global.
Ese es el mecanismo central de la guerra psicológica en la era de la posverdad: no se trata de convencer con argumentos, sino de fijar impresiones emocionales incluso antes de contar con hechos verificables. Las primeras imágenes generan rabia inmediata; el desmentido, si llega, aparece tarde y con menor alcance. La memoria colectiva rara vez retiene la corrección, recuerda la emoción inicial. Con el tiempo, esas impresiones se acumulan y forman marcos mentales que establecen quién es víctima, quién agresor y quién actúa con legitimidad.
El impacto no es solo mediático; es estratégico. Para actores como Irán, la guerra psicológica compensa asimetrías militares frente a Israel y Estados Unidos, trasladando la presión al terreno político —universidades, calles y redes sociales—donde la opinión pública influye en las decisiones de gobiernos opositores. Pero la narrativa también cumple una función interna: en contextos de crisis, permite sostener la legitimidad del poder, justificar costos humanos y económicos y evitar fracturas sociales.
Relatos de resistencia, victoria o victimización ayudan a construir un propósito colectivo aun cuando la realidad sea ambigua. Así, la guerra informativa no solo redefine la percepción global del conflicto, se convierte en una herramienta de gobernabilidad.
Al mismo tiempo, actores no estatales han adquirido una capacidad inédita para intervenir en esta disputa. Influencers, diásporas organizadas, colectivos digitales o incluso usuarios anónimos pueden amplificar o distorsionar narrativas que antes estaban reservadas a aparatos estatales. La descentralización de la comunicación ha fragmentado la autoridad informativa. Ya no existe un relato dominante sino múltiples versiones que compiten por credibilidad en tiempo real.
Paradójicamente, vivimos en la era de mayor acceso a información de la historia, pero también en una en la que millones consumen noticias dentro de burbujas informativas sin verificar más allá del primer titular. En esos espacios, la desinformación no solo circula: se adapta y refuerza perjuicios preexistentes. Las redes sociales amplifican ese fenómeno. Su modelo de negocio premia el contenido que provoca miedo e indignación, emociones que generan más clics, atención e ingresos.
En ese entorno, la guerra por la percepción puede ser tan decisiva como la guerra en el terreno. En el siglo XXI no basta con ganar batallas: también hay que dominar la narrativa de lo que el mundo cree haber visto.
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