Los mapas no son simples representaciones geográficas. También reflejan una visión de la historia, la identidad y la pertenencia a una sociedad. Hace unos días, la administración del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, presentó New York City Immigrant Enclaves, un mapa oficial que identifica los principales enclaves de inmigrantes de la ciudad. Lo que pretendía ser un ejercicio de inclusión desató una intensa controversia.
Un proyecto verdaderamente incluyente habría incorporado las nuevas comunidades inmigrantes sin borrar la herencia italiana, judía, griega e irlandesa que forjó la identidad de la ciudad. Sin embargo, el mapa reconoció enclaves de inmigración reciente —entre ellos, egipcios, yemeníes, bangladesíes, palestinos y pakistaníes—, mientras omitió referentes históricos de esas comunidades. Tras la controversia, se incorporó Little Italy; no hizo lo mismo con los referentes judíos, griegos e irlandeses.
La selección difícilmente puede entenderse al margen de la cosmovisión política de Mamdani. Esta parte de una lectura ideológica simplista de la sociedad dividida entre opresores y oprimidos, cercana a la lógica de la alianza radical verde-roja: una corriente que vincula sectores de la izquierda radical con movimientos islamistas políticos bajo una narrativa común de cuestionamiento y rechazo a determinadas estructuras políticas, económicas y culturales del orden liberal occidental. Bajo esa lógica, la historia deja de ser un relato complejo y se convierte en un mecanismo de reconocimiento y exclusión: se premia simbólicamente a quienes encajan en su categoría de víctimas y se castiga a quienes él asocia con la de opresores.
Todo mapa oficial es una declaración de poder: decide qué comunidades son visibles, cuáles quedan fuera y quién forma parte de la historia pública. Lo que aparece en un mapa adquiere legitimidad; lo que desaparece, la pierde. Por eso existe la expresión "borrar del mapa": porque no sólo describe la desaparición física, sino también política, cultural e histórica de quienes dejan de ser representados.
El historiador francés Pierre Nora sostenía que toda sociedad necesita "lugares de memoria": espacios, símbolos y referentes que mantienen vivo el vínculo entre una comunidad y su pasado. La memoria colectiva no vive sólo en archivos; también habita calles, barrios, monumentos y nombres que transmiten historia. Cuando esos referentes son borrados del espacio público, no sólo se debilita el recuerdo compartido; también se altera la historia que las nuevas generaciones reciben como propia. Nueva York alberga la mayor concentración judía fuera de Israel y algunas de las comunidades griegas, italianas e irlandesas más importantes del mundo. Excluir esa herencia de un mapa quizá no altere la realidad demográfica de la ciudad, pero sí influye en la memoria institucional que ésta transmite a las nuevas generaciones.
Todos los proyectos políticos con aspiración totalitaria comprendieron que el dominio de una sociedad comienza por el dominio de su memoria. Desde la Unión Soviética hasta la Alemania nazi, pasando por la Revolución Cultural china, cambiaron nombres de calles, derribaron monumentos, reescribieron libros de texto y sustituyeron símbolos públicos. Entendían que imponer una narrativa histórica y controlar la memoria permite decidir cómo una sociedad interpreta su pasado, define su identidad y construye su futuro. Quien decide qué permanece en la historia, decide también qué es borrado. George Orwell condensó esa lógica en 1984: "Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado".
Por eso este mapa importa, porque no sólo representa una ciudad. Es un acto de poder que revela qué comunidades busca reconocer la administración de Mamdani y cuáles excluir, relegándolas al olvido histórico. Borrar del mapa es el primer paso para borrar su presencia en la memoria colectiva y reescribir quiénes serán considerados parte esencial de la historia y el futuro de una sociedad.
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