Para Pepe Carreño Carlón y a Adriana Sabugal
Luci Fernández de Alba era mi amiga querida de muchos años. Nos conocimos en el Centro Activo Freire, ambas como maestras de literatura. Yo cursaba el cuarto o quinto semestre de la carrera y Luci era la joven mamá de dos pequeños, Paulino y Adriana. No sé cómo empezamos a llevarnos, pero fue amistad a primera vista.
Luci había leído ya Las olas, de Virginia Woolf, y muchos otros libros, que me refería sabrosamente. Y si no hablaba de literatura, en su conversación siempre asomaba lo literario, amén de que tenía un sentido del humor envidiable. Luci y sus hijos vivieron un corto tiempo en una casa cercana al complejo petroquímico Lázaro Cárdenas, aquel lugar le evocaba a la Woolf, aunque el sitio era extraño para traerla a colación, pero el mar no. También hacía mención al Corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en aquella jauja petrolera, anuncio de la vida eterna y feliz para el petróleo mexicano que después no ocurrió.
En fin, lo importante es que allí surgió una espléndida novela de Luci, titulada Boca de la necesidad (primera edición, editorial Océano: 1987 y segunda edición Fondo de Cultura Económica: 2005). La protagonista, Nadina, es un personaje libresco, como el Quijote y, también cinematográfico, que exalta el deseo ficticio, novelesco y real de una mujer joven, que, al final, como todo personaje de novela (Hegel dixit), resulta educado por la vida.
Maestra del Colegio de Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y especialista en literatura iberoamericana, se había desempeñado años atrás como agregada cultural en las Isla Fiji, como coordinadora nacional del Centro Nacional de Literatura de Bellas Artes y luego como directora de la Cineteca Nacional. A su marido, José Carreño Carlón, lo acompañó en la embajada de Holanda, donde aprendió holandés. Yo fui a verla a todos lados, menos a las lejanas islas Fiji, a Boca de la necesidad, como se llamó en un principio, según Luci, aquel imperio petrolero de los años 70, entre Michoacán y Guerrero; a Holanda, en compañía de mi marido Salvador y mi hijo Sebastián, y a Boston. Ella y Pepe nos visitaron en Washington, DC, cuando Salvador trabajaba en la embajada de México. Nos vimos todos en Nueva York y muchas veces en la casa de Coyoacán que Pepe y ella le compraron al gran Sergio Pitol. Juntas tomamos el autobús rumbo a Xalapa para visitar a un Pitol enfermo, que se acordó de Luci, pero no de mí. Era, decíamos, “nuestro padre intelectual”. Luci y yo atravesamos al mismo tiempo, por sin sabores amorosos, por la experiencia de la meditación, pero Luci profundizó más esa vivencia y se volvió budista. Su libro Mi viaje al Tibet (ediciones Eon y Casa Tibet: 2009) es una fascinante historia de viaje. La aventura de un grupo de peregrinos mexicanos que subieron a la cima de Lhamo Latso, el encuentro con grandes lamas, callejear por Kastmandú, visitar monasterios sagrados son el fuego narrativo del viaje de Luci a esas lejanas tierras. Años más adelante, a Luci le sucedió algo brutal e inesperado: la muerte de su hijo Paulino. El budismo la ayudo a procesar el duelo.
En honor a Sergio Pitol, Luci escribió Del tañido al arte de la fuga. Una lectura crítica de Sergio Pitol (UNAM: 1998) que aborda la ensayística del escritor veracruzano. Se trata de un trabajo puntual e inteligente sobre libros fundamentales de Pitol, libros de ideas sobre literatura y su vida.
En 2017, mi amiga Luci publicó un libro de teoría literaria, Conceptos clave (CC) de teoría literaria (Facultad de Filosofía y Letras, The University of El Paso Texas y ediciones Eón). Es un trabajo importante para aquellos que enseñamos letras y para aquellos que la estudian.
Luz Fernández de Alba murió el 16 de mayo del presente año. Era bonita, divertida y muy inteligente. No la visité por un buen tiempo, me acobardaba saber que no estaba bien y que, como Sergio Pitol, tampoco supiera quién era yo al verme. Lamento no abrazarla. Ahora pienso en ella todos los días, en sus filias y muy pocas fobias, en su hijo Paulino Sabugal, en la amistad y en nuestro “padre intelectual”, Sergio Pitol, que nos hermanó a Luci y a mí.
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