Siempre hay alguien que dice saber lo que sucederá en el futuro. La ansiedad por intentar adivinar lo que pueda ocurrir es demasiado grande como para que no nos haya pasado a todos alguna vez.
¿Quién no ha intentado atinarle al marcador de un partido, al resultado de una elección o a qué dirá algún mandatario en un discurso importante? Por suerte, no abundan las Cassandras y los Laocoontes.
Muchos creen tener ese don de prever la caída de Troya, pero ignoran la maldición que los dioses impusieron en esa temible habilidad que lanzan quienes sí logran entender las señales. Sus advertencias, la mayoría de las veces, son ignoradas.
Bárbara Tuchman escribió sobre muestras más recientes de esto mismo cuando relató en La marcha de la locura los grandes errores que representaron los mandatos de los papas renacentistas, la guerra de independencia de los Estados Unidos y la guerra de Vietnam.
Pero hay otro caso tal vez menos conocido que muestra otra cara de esa maldición que es entender lo que va a suceder antes de que pase.
Paco Eguiagaray, el enviado de TVE a la guerra que se desató en los Balcanes a principios de los 90, entendió antes que muchos lo que realmente representaba el conflicto.
En su libro Territorio comanche, Arturo Pérez-Reverte cuenta cómo el gran especialista narró en sus crónicas para televisión, mismas que eran “ferozmente antiserbias”, los primeros momentos de la guerra, algo que el escritor dice que le costó una jubilación anticipada.
Sin embargo, Pérez-Reverte concluyó que, como pasa cuando la fortuna se acuerda de sonreírle a quienes lo merecen, el tiempo le dio la razón al que llegó a predecir, al pie de la letra, lo que se avecinaba en los Balcanes.
Mientras diplomáticos europeos intentaron preservar la República Federativa Socialista de Yugoslavia (conformada por Bosnia y Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro y Serbia), Eguiagaray entendió que el equilibrio se había roto.
Después de todo, la desintegración de esta nación no era simplemente una disputa étnica que terminaría mediante una negociación, sino el comienzo de una serie de guerras territoriales y étnicas que hicieron correr la sangre entre ellas.
Lamentablemente, la combinación de crisis económica, nacionalismos y, particularmente, el ascenso del nacionalismo serbio sólo podía terminar de forma violenta.
Es por esto que Eguiagaray criticó de forma clara en sus crónicas el nacionalismo serbio de Slobodan Milošević, entonces mandatario de Serbia, y el proyecto territorial que buscó construir.
A esto se sumaron sus decisiones de eliminar la autonomía de Kosovo y Voivodina, imponer un dirigente afín en Montenegro y haber utilizado el aparato político, militar y mediático serbio para movilizar a los ciudadanos.
Las cosas sólo podían terminar de una manera. En 1991 declararon su independencia Eslovenia y Croacia. Un año después lo hizo Bosnia y Herzegovina. Esto, a su vez, llevó a la llamada “limpieza étnica” de población bosnia-musulmana y croata.
A Pérez-Reverte no le tocó ver el final de la guerra antes de publicar su libro en 1994. El conflicto más violento en Europa desde la Segunda Guerra Mundial siguió y dejó entre 130 y 140 mil muertos
En tanto, el escritor español plasmó la explicación de cómo su compañero había logrado predecir el futuro en la boca del propio Eguiagaray. “Esos imbéciles de las chancillerías europeas no leen historia”.
Recomendar Nota
