El coletazo del balón que llega a sus manos.
La calma milimétrica que lo cubre todo cuando están a punto de caer al pasto. El silencio que inunda el estadio después del sonoro “¡uuuy!” cuando el portero detiene el que parecía un gol seguro.
Para muchos son los aguafiestas. Para mí no, para mí son los héroes del campo que dejan de lado la inmortalidad que viene con las anotaciones espectaculares por poner por delante a los suyos.
En los días después de haber visto a Raúl El Tala Rangel detener el que parecía el gol del empate de Corea del Sur la semana pasada me llegaron recuerdos de algunas de estas leyendas que me generaron la misma felicidad que el arquero de la selección.
El primer nombre que me vino a la mente fue Martín El Pulpo Zuñiga, campeón con las Chivas en 1997. No porque fuera una maravilla, sino porque defendía la portería de mi equipo, y eso lo convertía de inmediato en el mejor portero del mundo.
Óscar El Conejo Pérez ocupa un lugar especial en mi memoria. No por lo que llegó a hacer en la cancha, sino porque lo vimos jugar en el estadio Azteca cuando Cruz Azul enfrentó al Santos de Brasil en la Copa Libertadores en 2003.
Le pregunté a mi papá por qué se rapaba la cabeza. “Ha de ser por falta de pelo”, me contestó, seguramente con razón. Pero esa no era respuesta suficiente para un niño de 10 años.
Busqué a una segunda fuente y le pregunté lo mismo al tipo que tenía a un lado. “¡Es para la suerte!”, me dijo seguro. Listo, ahora sí podía ver el partido en paz.
Al que más llegué a disfrutar ver jugar fue a Oswaldo Sánchez, histórico portero de las Chivas que pegaba gritos desde el fondo del campo con los que enderezaba todo, era aguerrido y, sobre todo, se negaba a dejar que la manga de su playera tocara sus guantes.
Esa costumbre de arremangarse para no sentir esas esposas de tela en las muñecas, que empezó desde antes de que lo viera, pero que me hizo sentirme identificado con él, la llevo conmigo hasta el día de hoy.
Del partido en el que las Chivas (otra vez las Chivas) le ganaron 4-0 al Boca Juniors en el Jalisco no recuerdo mucho, no sé quiénes hicieron los goles o si expulsaron a alguien. Lo que no se me olvida es que Jesús Chuy Corona me hizo dormir ilusionado.
Apagó todos los gritos argentinos primero en Guadalajara y después en La Bombonera. Ese estadio que muerde a cualquier equipo visitante que se atreve a pisarlo, y Chuy lo dejó callado. Me siento obligado a darle las gracias si algún día me lo encuentro en la calle.
El último recuerdo que me llegó fueron los paradones de Paco Memo Ochoa contra Brasil en 2014. Nunca un americanista me había provocado tanta felicidad como él cuando se convirtió en una fortaleza verde. Dudo mucho que vuelva a pasar.
Envío estas líneas antes del partido de México contra Chequia. Aunque todavía no se concreta la alineación, espero que sí haya jugado Paco Memo. Sería una despedida a la altura de la ilusión que nos hizo sentir ese día. Sin duda alguna, se lo merece.
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