Sus oídos se llenan de aplausos. Líderes de todo el mundo prometen copiar sus modelos. Sus índices de popularidad se encuentran por los cielos. A nadie parece preocuparle que todo se construya sobre una farsa.
Los políticos mienten, eso es casi un requisito para gobernar. Es el recurso más fácil para mantener una aparente estabilidad que permita presumir logros y ganarse una popularidad no siempre merecida.
Se señala a quien infla las cifras, dice verdades a medias o de plano inventa una realidad alterna.
De lo que se habla poco, a lo mejor por la aparente obviedad que lleva a la ceguera que deja en el aire las preguntas más básicas, son los líderes que aprenden a esconderse en la verdad, que presumen sus logros, construidos sobre el aire.
Dentro de estos maestros de la ilusión hay un ejemplo en la historia contemporánea que destaca por su audacia al momento de presumir una realidad endeble.
En años pasados, Nayib Bukele, presidente de El Salvador, se cansó de decirle al mundo que pacificó al que era considerado uno de los países más violentos del mundo al disminuir de forma abrupta los homicidios.
Lo que no dijo es lo que explicó después de forma clara Carlos Cartagena, alias El Charli, exlíder de una facción de la pandilla Barrio 18. Y es que parte de este resultado fue producto de un acuerdo entre el gobierno y las maras salvadoreñas.
Así las autoridades le pusieron un alto a los pleitos entre pandillas, lo que llevó a una reducción en los asesinatos. Sin embargo, siguieron extorsionando para mantener vivo el negocio.
En una entrevista que publicó el año pasado el periódico digital El Faro, el pandillero dijo que Carlos Marroquín, director de Reconstrucción del Tejido Social, fungió como presunto contacto entre el gobierno de El Salvador con los clanes para llegar a esa paz ficticia.
No la megacárcel que mandó construir Bukele, y que tantos candidatos en América Latina han querido adoptar en sus países.
Entristece que este ejemplo sólo sume a un segundo coro, ese que repite que hay que pactar con las mafias como si renunciar a la labor de gobernar y dejar en el desamparo a los ciudadanos fuera una solución real.
Esa otra tentación de caer en una solución aparentemente sencilla para un problema ciertamente complejo también nos persigue desde siempre.
El presidente salvadoreño también ha omitido mencionar una pieza clave de su estrategia con la que ha reducido los homicidios, tal vez la parte más cruel de su plan, que es el régimen de excepción que ha llevado a miles de denuncias por detenciones arbitrarias.
Y qué decir del hecho de que 20 por ciento del país se encuentra tras las rejas, o los crímenes de lesa humanidad cometidos por el régimen. Sobra decir que el sistema de pesos y contrapesos en el país parece inexistente.
Sin embargo, como cualquier discurso, hay un límite al que cualquier mandatario se enfrenta cuando la verdad se agota, cuando ya no sirve para su discurso. Para eso también hay una explicación.
Liro, otro exmiembro de Barrio 18 con el que habló El Faro, explicó lo que se debía hacer cuando alguien se negaba a cumplir el acuerdo con el gobierno. Lo dijo sin titubear. Después de todo, Marroquín, se los había dejado claro. “Sin cuerpo no hay delito”.
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