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Los comidistas

En la obra, los trabajadores hablan del hambre de la madrugada y las promociones de las taquerías para el que más coma, ante la escucha atenta del periodista

El silencio cubrió la conversación entre los tres amigos. Después de que uno contó cómo le había escondido la herramienta a un compañero de obra que no dejaba de molestar, parecía difícil encontrar un tema de conversación que estuviera a la altura.
Esto fue hasta que uno, el más alto de los tres, jaló ligeramente la sudadera gris que lo cubría y dijo con tono serio, “a mi me da un chingo de hambre en la madrugada”.
Ante semejante declaración, no había más que escuchar lo que decía, aunque alguien, como este reportero, no estuviera invitado a la conversación.
“Mi pedo”, relató con la misma seriedad con la que empezó, y que vine a comprender segundos después, “es que no tengo estufa ni refrigerador”.
La suerte juega un papel fundamental en la vida de un chismoso que espera que sus preguntas se respondan sin verse obligado a tener que plantearlas con lo que, dicho sea de paso, se delataría a él mismo.
“Mi papá le paga a mi tía para que me haga de comer, pero si le hablo a las tres de la mañana, me va a mandar a la chingada, entonces me tengo que salir a ver qué encuentro abierto todavía”.
“Mis problemas no son nada”, pensé mientras escuchaba la lista de establecimientos a los que este pobre hombre se tenía que arrastrar en la obscuridad de la noche con la esperanza de poder saciar su hambre.
“Ya sé que las tortas que están por mi casa cierran tarde, como a las tres. Igual están los tacos de tal calle (no la conozco y en general soy malo con los nombres de las calles, entonces no podría decir cuál es) que igual, cierran como a las dos.
De forma instantánea me puse en sus zapatos y empecé a hacer la lista de los lugares, taquerías en su mayoría, que sé que están abiertos las 24 horas.
A punto estuve de decirle mis recomendaciones cuando su compañero, el mismo que le había escondido la herramienta al otro, empezó a presumir sus propias victorias gastronómicas.
“¿Conocen los tacos que están ahí en frente del Centro Libanés?”. “Los Milanesos”, contesté para mis adentros mientras intentaba acordarme cuándo fue la última vez que me paré a comerme uno.
“Pues, ¿se acuerdan de que antes tenían una promoción de que si te comías cuatro y una Coca, te lo daban gratis”. Evidentemente que yo sí me acordaba, aunque en mis mejores épocas de puberto insaciable nunca logré pasar de dos y medio.
Para quienes nunca ha hecho el viaje hasta Avenida Toluca para hacer la fila en el reconocido lugar entre los habitantes de la zona, un taco consiste de dos tortillas, una embarrada generosa de frijol y un manojo grande de la carne de tu elección.
El reto de comerse cuatro no era cosa menor. Después de todo, había quien sólo pedía uno y los dividía en dos, con lo que quedaban más que satisfechos.


Yo pedía de milanesa de res, esa que le dio su nombre al puesto callejero que se adueñó de la banqueta, pero también había de pollo empanizado y jamón con queso.
“Yo una vez me chingué seis”, continuó orgulloso y remató “y la Coca”. No dijo de qué los había pedido, lo que me hizo sentir un poco decepcionado de no poder tener la historia completa, pero me quedó claro que su estómago era cosa seria.
Un “¡ah! ¡No mames!” de sus amigos le hicieron justicia a la hazaña que acababa de contar. Estoy seguro que más de uno de los que estábamos presentes hubiera querido decir lo mismo, pero la prudencia pudo más que la admiración.
Semejante proeza como la que acababa de narrar no podía sino dejar estragos y provocar un profundo arrepentimiento.
“¡Ah! Pero al día siguiente no me podía ni mover”, confesó el Hércules de la comida, a lo que el de sudadera le dijo “pues sí, pinche indigestión”.
“Sí, pero como seguido hago esas cosas pensé que iba a poder”, se defendió el comidista quien no dudó en reforzar su argumento.
“Por ejemplo, ¿se acuerdan de los tacos al pastor de esa otra calle? Ahí también tenían una promoción de que si te comías 27 no pagabas nada”.
Acostumbrado a las cifras que acaban en cinco o en 0, lo arbitrario de la cifra me hizo creerle su historia de inmediato, y eso que ni si quiera había llegado a la parte más importante.
“Pues yo me comía 30”. Sentí una ligera satisfacción al escuchar lo redondo del número. Pero, nuevamente, la gloria no podía sellar este nuevo relato.
“Llegó el punto que ya me veían llegar y me decían que ya no había, que ya la carne que estaba ahí ya estaba apartada”.
Yo me sentí pequeño ante semejantes titanes de la gastronomía. Mi único consuelo fue el tercero de los amigos que guardaba silencio. Imagino que ante la falta de logros que presumir, se limitó a escuchar lo que decían sus compañeros de obra.
Al final sucedió lo inevitable, ellos y yo partimos sin despedirnos. En el camino a mi casa sólo podía pensar en las quesadillas y el plato de verduras que me esperaba para cenar, y la decepción que, casi con seguridad, les causaría mis extraños amigos.

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