La edición de la Copa Mundial de la FIFA 2026 ha sido histórica por múltiples razones: es la primera en contar con 48 selecciones, ser organizada en tres países anfitriones, la mayor distancia geográfica entre sedes y el mayor éxito comercial de la FIFA. Pero lo destacable no está solamente en esas cifras logísticas.
Este Mundial se ha convertido, además, en una herramienta inesperada de la geopolítica contemporánea, y ofrece otro punto de partida para analizar el mundo y las dinámicas de los países.
Las tendencias migratorias a nivel global se ven plenamente representadas, y definen el resultado y desempeño de los países participantes en el torneo. De los mil 248 futbolistas, 289 representan a una selección distinta a su país de nacimiento. Esto representa a 23% del total, casi uno de cada cuatro. Cuarenta de las cuarenta y ocho selecciones cuentan con al menos un jugador nacido en el extranjero. Francia, el gran semillero: son 99 los futbolistas nacidos en territorio francés que juegan en 13 selecciones, como resultado directo de su historia colonial y de décadas de una política migratoria conciliatoria.
Además, cada vez vemos a más jugadores que practican el Islam liderando a naciones de tradición cristiana (España, Inglaterra, Bélgica, Alemania, Suiza, Suecia y muchos más). No es un dato futbolístico como cualquier otro, es más bien un indicador de la efectividad (más allá de la orientación política de los lectores) de las políticas migratorias y de integración que impulsan los países del norte global.
Otro ejemplo de las lecturas que ofrece la Copa Mundial tiene que ver con África. No es el primer Mundial en el que vemos destacar a selecciones africanas, y estoy convencido de que con el paso de los años tendrán mayor protagonismo, y, quizás, un campeonato mundial antes que muchas regiones más desarrolladas.
El gran Carlos Bilardo, técnico argentino campeón del mundo en México 86, lo advirtió desde los años 90. Tras una gira por Marruecos, notó que ahí todavía se jugaba (del verbo jugar) futbol en la calle, mientras que en los países desarrollados, cada vez menos. Su diagnóstico no se basó en condiciones económicas, la demografía o en tradiciones deportivas, simplemente fue su manera de decir que la profesionalización y la inversión del futbol del norte global mecanizaron el deporte. Mientras tanto, el rezago económico de buena parte de África mantuvo a millones de niños con un balón en los pies todo el día, sin otra alternativa de entretenimiento.
Lo único que falló en la visión profética de Bilardo es que muchos esos futbolistas, formados en la calle africana, terminarían jugando (y brillando) fuera de sus países de origen gracias a las dinámicas de movilidad humana que poco tienen que ver con el futbol.
No se trata de juzgar si las políticas migratorias tienen un efecto positivo o negativo. Tampoco de sostener que el triunfo deportivo de naciones del sur global sea la única vía de salida al rezago económico, o que las potencias deberían invertir en el continente africano para profesionalizar el deporte.
Se trata, simplemente, de aprender a ver lo que la Copa Mundial de la FIFA 2026 nos está contando sobre el mundo en el que vivimos.
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