El colapso de las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y Canadá es una mala noticia para ambos países, pero también lo es para México. No solo por las consecuencias económicas que puede tener para la región, sino porque deja al T-MEC todavía más en el limbo. El desenlace ofrece a México algunas lecciones importantes sobre el proceso de negociación que mantiene hoy con Estados Unidos.
Debe reconocerse que el equipo mexicano de negociadores ha hecho un buen trabajo dadas las circunstancias. Ha mantenido la cabeza fría frente a las constantes amenazas del presidente Trump y, hasta ahora, México ha logrado sortear casi dos años de Trump 2.0 en condiciones relativamente más favorables que buena parte del mundo. Pero los avances en la revisión del T-MEC siguen siendo inciertos y los acontecimientos recientes en la relación entre Washington y Ottawa obligan a elevar la cautela.
La primera lección es evidente: Trump es un interlocutor poco confiable. Nada nuevo bajo el sol. Pero su situación política —con niveles de aprobación muy bajos para un presidente estadounidense en vísperas de elecciones intermedias— puede hacerlo más iracundo, impredecible y dispuesto a utilizar la política comercial con fines políticos.
La segunda, y particularmente delicada para México, es el debilitamiento de Jamieson Greer, titular de la USTR. Greer es un técnico competente y ha sido el principal interlocutor de México, con quien se han conseguido algunos avances. Sin embargo, la manera en que fue desplazado de último momento por Peter Navarro y Howard Lutnick, secretario de Comercio en la negociación con Canadá demuestra que carece del peso político necesario para imponerse frente a los sectores más duros del gabinete de Trump.
La implicación para México es importante: llegar a acuerdos con Greer no necesariamente garantiza que esos acuerdos sean aceptados por la Casa Blanca. El gobierno mexicano tendrá que incorporar esta incertidumbre a su estrategia y entender que la negociación no ocurre únicamente frente a esa oficina.
La tercera lección es quizá la más importante: México tendrá que saber decir que no. Es cierto que Canadá tiene una economía más grande y, por tanto, mayor capacidad para resistir las presiones estadounidenses. Pero también es cierto que existen líneas rojas que México debe establecer como infranqueables.
Entre ellas están exigir contenido estadounidense en las cadenas de valor del sector automotriz, imponer aranceles adicionales —ya de por sí onerosos para los sectores automotriz, acerero y agrícola-, o adoptar aranceles espejo contra China sin evaluar previamente sus consecuencias sobre la industria mexicana y la competitividad del país.
No será sencillo. México se encuentra en un delicado equilibrio. Hasta ahora, ha logrado mantener condiciones relativamente favorables frente a Estados Unidos y ganar participación en el mercado norteamericano, aunque a un costo significativo.
Cerrar un acuerdo que además pueda ser validado por los sectores más duros de la Casa Blanca será una tarea extraordinariamente compleja.
Por ahora, la relación entre Estados Unidos y Canadá está rota y no parece cercana una fecha para retomar una revisión trilateral del T-MEC. Pero el peor escenario para México sería aceptar un mal acuerdo con tal de cerrar la negociación.
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