México vive una crisis de humanidad. El ser humano se ha convertido en un objeto de uso, abuso y desecho. Sería muy sencillo echar la culpa al crimen organizado, pero el problema es mucho más profundo. La crisis se ha colado en nuestra vida cotidiana como lo demuestra la banalidad de nuestra clase política, para la cual hacer el mal se ha convertido en un jugoso negocio de colusión y corrupción.
Una de las manifestaciones más perversas de esta crisis es la forma en que esta clase política ha degradado la democracia a costa de la palabra y la dignidad de los ciudadanos del común. La dictadura sólo puede existir en el silencio de millones porque en ésta sólo una palabra importa y su vehículo es la mentira, la falacia, la calumnia, el embuste y, al final, el mutismo forzado de los más. Podríamos decir que esta crisis de humanidad es, ante todo, de la palabra, por eso nos envuelve en una bruma agobiante y ensordecedora.
Esta crisis de la palabra es un reto fenomenal para los católicos de a pie, para todo cristiano y laico del común con quienes me identifico. Estoy cierto de que nuestra palabra importa porque el prójimo importa. Si Cristo es la palabra de Dios, y si Cristo revela muestra la profunda dignidad de nuestra humanidad, entonces es en la palabra que encontramos nuestra dignidad y la riqueza de nuestra humanidad. En el silencio el mal construye su reino, por eso los orcos mascullan, no hablan.
Para las dictaduras, del color que sean, los cristianos resultan muy molestos. Dos millones de católicos polacos muertos en los campos de concentración del nazismo no mienten. Y cuando no se les puede exterminar, se les persigue hasta reducirlos al silencio, o bien se les suplanta con una pretendida cristiandad que resulta una burla macabra. Basta con recordar cómo se le llenaba la boca a Maduro afirmándose como el auténtico católico.
Y sin embargo, en México, la principal amenaza contra la palabra del cristiano no proviene, aún, de una dictadura que avanza, sino de nosotros mismos, del catolicismo vergonzante y del puritanismo de la fe. Por un lado, la autocensura motivada por una falsa prudencia que teme molestar a quienes profesan un laicismo de cuarta. Por otro, quienes pretenden transformar la catolicidad en el club de los elegidos e impolutos, únicos con derecho a participar en el ámbito público cual “auténticos católicos”.
La palabra del cristiano es importante porque, dicha desde Cristo, dignifica a todo ser humano, sobre todo cuando las razones de nuestra esperanza se pronuncian con sencillez y humildad, como nos pidió san Pedro. Y es importante porque la Iglesia no es el museo de los santos, sino el hospital de los pecadores. Por eso la Iglesia, como la democracia, sólo puede existir cuando cabemos todos, cuando nuestra palabra se une, con sencillez, a la polifonía de la pluralidad. La palabra es lo que más teme un tirano, tanto que la crucificaron hace dos mil años, sin pensar en que tiene la claridad de la resurrección.
