Una invitación a cambiar el propio mundo interior: un mundo espiritual que nada tiene que ver con las vicisitudes del individualismo, característico de una existencia material y vana.
Una invitación a cambiar el propio mundo interior: un mundo espiritual que nada tiene que ver con las vicisitudes del individualismo, característico de una existencia material y vana.
La Guerra Cristera es el punto más álgido que alcanzó la opresión sistemática contra la Iglesia Católica y sus fieles durante las primeras décadas del siglo XX en México. Se conforma por varias etapas. La primera, con la promulgación de la Constitución de 1917, donde los artículos 3, 5, 27 y 130 intensificaron el sentimiento anticlerical y enmarcaron una cerrazón jurídica en su conjunto contra la Iglesia; en segundo término, cuando, en 1926, el presidente Plutarco Elías Calles promulgó una ley para reformar el Código Penal —conocida como la “Ley Calles”— que buscaba hacer efectivas las disposiciones formales de 1917; tres, la Guerra Cristera (1926-1929) propiamente dicha, momento en que la clausura de templos y el descontento popular provocaron un levantamiento armado masivo, donde cientos de miles de campesinos y laicos católicos se levantaron en armas contra el ejército federal, de manera señera, en las regiones de El Bajío y el occidente de México.
Todo esto enmarca una etapa histórica de la vida de México, de la que muchos mexicanos carecen de un conocimiento cercano. Yo, en cambio, he tenido un acercamiento personal al periodo. Presumo que tuve un padre muy sabio en varios sucesos históricos de México. Uno de ellos, claro, el de la época cristera. Ésta fue una etapa de profunda división en el país. Un periodo complicado y difícil, donde multitudes de personas fueron tratadas con una gran injusticia y una profunda incomprensión.
Mi padre y yo hablamos de ese periodo. Él tuvo la inteligente inquietud de llevarme al Museo de la Santa Inquisición, que se encuentra atrás de la Catedral de México en el Zócalo de la capital. No sólo fuimos una vez. Recuerdo algo así como unas dos o tres veces. Así quisiera comenzar este escrito: no con una actitud de victimismo, lo cual sería muy inmaduro. Porque, cuando una persona o una institución cualquiera que ésta sea se pone de víctima y se minimiza, queda mal ante sí misma e igualmente minimizada ante los demás.
El victimismo es el mal del presente siglo. El victimismo no produce cambios. El victimismo no impulsa a que el ser humano madure. El victimismo sólo impide crecer, pues nos invita a no hacernos responsables y echar la culpa a los otros. Aquél al que le gusta hacerse la víctima piensa que el otro es el villano. Piensa que el otro tiene soberbia. Piensa que el otro está equivocado y la víctima, por el solo hecho de ser víctima, está en lo correcto. Por lo tanto eso mismo, de ninguna manera, es mi deseo. No quiero que este escrito sirva como queja y mucho menos como una búsqueda por incrementar la villanía de los otros.
Ahora puedo entender la razón por la que mi padre, cuando quiso hablar conmigo de la dureza de corazón que a veces produce la raza humana y persigue a sus semejantes, decidió llevarme a un lugar tan sombrío. Recuerdo perfectamente que fue, en una segunda visita a este museo, donde explicó mejor lo sucedido en la Guerra Cristera. Fue un recorrido lleno de luz para mí. Entendí lo que es perseguir al ser humano. No sólo por su fe, sino por el hecho de ser diferente. Diferente en costumbres, diferente en opiniones, diferente en la manera en que trabaja o diferente en su religión.
En aquella ocasión, él, como casi siempre, se puso en la entrada del museo para explicarnos qué había adentro. Narraba qué era lo que había y cuáles eran las piezas principales que teníamos que admirar al ingresar. Entonces nos narró lo siguiente: “México es un gran país. México tiene grandes talentos y grandes posibilidades de crecimiento, aunque también tiene grandes defectos. México tiene dos raíces pasadas, que han marcado nuestra historia. Una de esas raíces son los pueblos mexica y maya. De ellos, aprendimos el placer de ser violentos. Hay que aceptarlo: en México, nos fascina ser violentos. Nos gusta la incomprensión, criticar y denigrar al otro. Pero también hay otra raíz. Ésta proviene del pueblo de Castilla —porque Hernán Cortés no era español: era castellano. Los soldados que trajo consigo también eran de Castilla. De ellos nos viene el gusto por la ignorancia. Porque hay que aceptarlo: somos un pueblo ignorante”.
Algo así dijo, según recuerdo, y entonces ya entramos todos en familia al museo. Después de una hora y media, mi padre me llevó a un sitio aparte. Me tomó del brazo —tendría yo unos 10 u 11 años— y me dijo: “Quiero hablar contigo acerca de lo que mencioné”. Me llevó a la parte lateral de la Catedral de México. Y preguntó, como si yo tuviera toda la sabiduría del planeta: “¿Qué opinas de lo que dije? ¿Podrá México ser un país diferente? ¿Ser un país con conocimiento y derrotar nuestra ignorancia? ¿Podrá México acabar con la violencia?”. Le confesé: “No creo, padre. Nos gusta demasiado todo eso. No sólo no creo. Creo que se pondrá peor”. Efectivamente el tiempo pasó y nunca hablé más al respecto con mi padre. Se puso peor. No sé qué tan peor, pero no hemos logrado recomponernos aún.
Luego, al charlar sobre la época cristera, ya en casa, me vino una idea. La idea de hacer algo conmigo mismo. No esperar el gran cambio. No estar esperando a todo México. Tal vez México no desea ni cambiar, pero hay algo seguro: tal vez el gran cambio se dé o no pero, por lo menos, yo voy a ser algo conmigo. No sé si ese cambio en México se logrará o no; aunque sea, hay que cambiar el propio mundo interior. Me refiero a un mundo espiritual que nada tiene que ver con las vicisitudes del individualismo, característico de una existencia material y vana.
En varios lugares en donde he estado, con mucha gente, con tradiciones disímiles, sea con asociaciones de pueblos o hasta en ambientes políticos, incluidas varias parroquias en las que me he desempeñado, no he tratado con prejuicios mezquinos a nadie. A veces llegan a mí políticos, coordinadores del pueblo o hasta alcaldes de la Ciudad de México, y me piden que los acompañe a inaugurar algún centro computacional del pueblo, el museo regional o a bendecir el hospital comunitario.
A partir de estas experiencias, me he dado cuenta de que el pueblo de México, cuando ve al cura del pueblo a un lado del gobernante, se siente aliviado y alegre. En esencia, a México le gusta vivir con violencia, pero con atisbos de esperanza. Nos consuela el sueño de vivir mejor. Porque, en este país, hay quien cubre su sensación de mediocridad o de pobreza, con ilusiones de poder y de grandeza autocreados. Por ignorancia, el ser humano se convierte en un ser orgulloso de sus objetos, de su vida y, en general, de sí mismo. El egocentrismo aumenta la ignorancia y ésta aumenta igualmente un falso “yo”.
La ignorancia y la violencia nos hace ignorar qué es lo mejor de uno mismo. La ignorancia nos hace desconocer que lo que hay en uno mismo es superior a lo que uno mismo cree, pues dentro de ese “yo” hay una nueva posibilidad. Me refiero a un verdadero “yo”, no a uno falso. Me refiero a ese “yo” escondido y tal vez olvidado. Despreciado como la semilla de un árbol maravilloso, que nadie se atreve a plantar. En ocasiones nos hemos asesinado y nos hemos estrangulado. Por eso, en ocasiones, tratamos de silenciar la grandeza que descubrimos en los demás —en nuestros padres, en la pareja, en los amigos y en los hijos. Tratar de silenciarlos pues, en ocasiones, alguien que quiere crecer y mejorar se convierte, para nosotros, en un gran enemigo.
Decimos que queremos encontrar la felicidad, pero la matamos con pensamientos destructivos porque, en lugar de perseguirla, preferimos seguridad y cadenas, como un perro guardián que cuida la casa, y que, ante la menor amenaza o el menor ruido, ruge feroz. Y así preferimos ser víctimas. Víctimas de una violencia que nosotros hemos creado para nosotros mismos. Y tal vez algunos, cuando deciden por fin dejar de ser víctimas, prefieren convertirse en agresores. Agredir ahora como un instinto defensivo.
Cuando se nos pide una opinión en materia social, cuando se nos pregunta cómo solucionaríamos algún problema, lo único que se nos ocurre responder es: “Necesitamos una dictadura”, y, por lo tanto, construimos unos sistemas de prejuicios. Un sistema social con grandes mentiras, persecuciones injustas, policías secretas, espionaje, banderas distractoras, medallas egocéntricas y discursos falsos. Entonces nos metemos dentro de un reluciente uniforme y abrimos nuestro ser ante un disfraz. Un disfraz que sólo sirve para ocultar. Y, en vez de cultivar la sabiduría, preferimos tener una pistola, llevar un arma en el cinturón y delegar todos los poderes espirituales en esa arma. Y, con esa arma, creemos que ya lo podemos todo. Creemos que esa arma puede darnos la valentía que no tenemos.
La violencia y la ignorancia pueden ser un factor de cambio audaz. Como párroco de territorios de variadas costumbres, puedo afirmar que hay que tener una mente abierta. Hay que tener mundo, pues. Hay que salir al mundo. Darnos cuenta de que hay tantas formas de pensar como culturas diferentes. Y cuando aumentamos nuestro horizonte existencial mental y espiritual, nuestra mente alcanza altos niveles para procesar pensamientos y dejar la pesada intolerancia ignorante y violenta.
Sólo aquél que ha creado una alta visión existencial deja de pensar que el otro es un enemigo. Y la Iglesia no es enemiga de México. La Iglesia no quiere lo peor para México, aunque en ocasiones algunos mexicanos quieran lo peor para la Iglesia. Porque una persona con conocimiento es capaz de examinar su mente y tratar de ver en qué es prejuicioso y egoísta. Porque en México alguien tiene que comenzar. Alguien tiene que tomar decisiones, porque el gran cambio comienza con uno mismo, en el sentido espiritual que he mencionado antes, porque la mejor manera de cambiar al otro es cambiando uno mismo primero. Quien persigue vive del miedo. Quien persigue vive de prejuicios. Quien persigue vive de los fantasmas interiores. Quien persigue no ha sido capaz de encontrar su verdadero “yo”.
Y no sé si nos escudamos ante la frase que muchos de nosotros hemos escuchado, miles de veces, y que en México nos repetimos una y otra vez: “la religión es el opio de todos los pueblos”. Cuando en realidad es al revés. Una religión inteligente y madura —porque no cualquier religión lo es— puede llevarnos a tener una sociedad civilizada e inteligente.
Yo sé que, en ocasiones, mi trabajo de párroco tiene un efecto en la sociedad. La gente escucha a la Iglesia. La gente espera algo de ella. La gente tiene sed de la Iglesia y quiere escuchar sus propuestas que nos lleven a vivir en forma, no sólo más sensata, sino en armonía, fraternidad y sinodalidad.
Quede este escrito no para motivar una villanía insensata; que sirva, más bien, como una contribución personal y espiritual al encuentro del propio camino de cada cual.
*Pbro. Rolando Blasi V. Párroco en decanato 7 de la Diócesis de Azcapotzalco.
Recomendar Nota
Contacto