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La orden de captura y el relato imperial

La crisis del fin de semana en Bolivia tiene varias capas que conviene distinguir. Primero, la orden de aprehensión contra Evo Morales —dictada después de que no compareciera al juicio por presunta trata agravada de personas— abrió un frente judicial de fuertes repercusiones políticas. Segundo, el país enfrentaba protestas vinculadas, entre otros factores, con el rechazo a la reforma agraria. Y tercero, la denuncia de Morales, según la cual existía un supuesto operativo de la DEA y de inteligencia militar para detenerlo y extraditarlo, convirtió el conflicto en una crisis: dejó de ser un asunto de justicia penal y se trasladó al ámbito de la soberanía, la movilización callejera y la estabilidad del Estado.

Una cosa es que un tribunal ordene la captura de un acusado. Otra, muy distinta, es que ese acusado sea un expresidente con base territorial, memoria política, redes sindicales y una biografía construida alrededor del antiimperialismo. La acusación contra Morales es grave y debe ser tratada con seriedad: la trata de personas, especialmente si involucra a una menor de edad, no puede convertirse en material de propaganda. Sin embargo, Evo sabe que en política, los hechos se enmarcan dentro de los relatos. Y la alusión a la DEA, cierta o no, desvió la atención de la causa judicial y puso al país en vilo.

Morales no necesitaba demostrar la existencia de la operación para producir efectos. Le bastaba hacerla verosímil ante su base. En el Chapare, la palabra DEA suena a intervención, persecución, coca, soberanía y memoria. Así, el expediente penal quedó desplazado por una pregunta de soberanismo emocional: ¿por qué el imperialismo quiere capturar a Evo y para qué?

Mientras tanto, la crisis social ya estaba encendida. Bolivia venía de bloqueos, protestas campesinas, movilización minera, reclamos salariales, tensión por combustible y rechazo a una reforma agraria a la que el gobierno —finalmente— renunció. Así, el malestar no nació con Morales, pero Evo encontró la forma de insertarse en él. Este riesgo aparece cuando un caso judicial se monta sobre una protesta social: el acusado deja de serlo y se convierte en bandera.

El gobierno de Rodrigo Paz ha respondido tarde y a la defensiva. Derogó la reforma agraria para pacificar, pero la protesta ya había cambiado de escala. Negoció bajo presión, pero también desplegó fuerza. Denunció desestabilización, pero no logró controlar el marco narrativo. Cuando un gobierno pierde la narrativa, todo movimiento se vuelve sospechoso: si negocia, parece débil; si actúa, se muestra represivo; si espera, se percibe rebasado.

La reacción internacional confirma, además, que la crisis ya salió del ámbito local. Argentina, Chile, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Panamá, Paraguay y Perú expresaron preocupación y rechazaron las acciones desestabilizadoras. Ese respaldo ayuda al gobierno de Paz, pero también muestra que el conflicto dejó de ser una disputa doméstica.

Bolivia no está ante un problema lineal, sino ante una crisis ensamblada. La orden judicial encendió el expediente; la reforma agraria puso la calle; la denuncia de la DEA aportó soberanía; la reacción tardía del gobierno agregó fragilidad. Una vez que esas piezas se juntan, el resultado ya no es una causa penal ni una protesta social sino una pregunta de Estado.

México enfrenta otra ecuación: que una causa penal contra un político del partido gobernante se enfrente con la soberanía, crimen organizado, disciplina partidista y fragilidad económica. Hoy, la pregunta no es sólo qué pasa si detienen a alguien, eso es inevitable. Lo difícil está en saber qué será lo que se active después. Porque el futuro no suele romperse por un solo hecho, sino por lo que desencadena.

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