Hace un par de meses Arturo Pérez-Reverte escribió algo que traía el tufo de los poetas deprimidos: “Tengo 74 años y no sé lo que me queda de vida, pero presenciar el final de Occidente es un espectáculo muy interesante”.
No pasaron muchas semanas sin que los hechos le dieran la razón.
Estados Unidos abandonó a Ucrania y el presidente Donald Trump trabaja para que la democracia ucraniana se rinda ante el invasor Vladimir Putin.
La inteligencia rusa lleva años trabajando en Francia e Italia, donde el activismo callejero desestabiliza a dos firmes aliados de Ucrania, Macron y Georgia Meloni.
¿Qué dinero van a destinar a defensa esos países, o a apoyar a Ucrania en su guerra contra el invasor ruso, cuando las demandas exigen inversión en temas domésticos?
Alemania tiene como principal fuerza política a AfD, que domina todos los distritos de lo que fue el este comunista de ese país.
¿De veras se va a rearmar Alemania, cuando la próxima canciller podría ser la líder de un partido prorruso e indulgente hacia los crímenes del nazismo?
¿Van a gastar en armamento cuando su crecimiento económico ha sido prácticamente nulo, y el dinero disponible se destina, en alta proporción, a los programas asistenciales creados durante el populismo de los socialdemócratas?
Y aquí en México, vecino y principal socio comercial del país líder de Occidente, Rusia presume públicamente que de nuevo ha tomado las calles de la capital del país para su maquinaria de propaganda.
Pues sí, Pérez-Reverte parece tener razón
Donald Trump está dejando a Ucrania a merced de Vladimir Putin.
Desde el día 9 de este mes, el presidente estadounidense ha comenzado a levantar sanciones económicas contra Rusia.
Ordenó restringir servicios satelitales Starlink utilizados por las fuerzas ucranianas para defenderse de los ataques rusos.
El sistema no dejó de operar para Ucrania, sino que se puso deliberadamente lento, al grado de que no es posible detectar e interceptar los misiles rusos.
Con Starlink, los drones ucranianos llevaban agua y comida a sus tropas en el frente de batalla. Ya no.
Dice Elon Musk, el dueño del sistema satelital, que una orden para restringir su uso por parte de Ucrania solo la puede dar el gobierno de Estados Unidos.
Trump necesita bajar los precios de la gasolina antes de las elecciones legislativas del 3 de noviembre y le abrió los candados a Putin para vender hidrocarburos.
Una medida electorera le va a dar ingresos adicionales a Moscú para financiar su guerra contra un país vecino, soberano, democrático y europeo.
El editorial institucional de ayer del The New York Times sostiene que Trump está ayudando a Putin por conveniencia electoral, aun a costa de los intereses estratégicos estadounidenses y de las vidas de los ucranianos.
Si Washington reduce su apoyo y Europa debilita el suyo, Ucrania va a quedar crucificada entre las decisiones del “líder de las democracias occidentales” y las fracturas políticas en las potencias europeas.
La paradoja es que Ucrania no está militarmente derrotada. Al contrario, va ganando la guerra a Rusia.
El ejército ucraniano ha logrado recuperar, entre enero y lo que va del presente mes, más de mil kilómetros cuadrados de territorio y ha golpeado objetivos importantes dentro de Rusia.
Ucrania, si es derrotada, lo será por el abandono de sus aliados.
El precio será lo que dice Pérez-Reverte.
Quizá la última posibilidad de evitarlo está en manos de los propios republicanos que todavía consideran a Putin un adversario de Estados Unidos.
Y las elecciones del próximo 3 de noviembre.
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