Una celebración de "José Trigo", opera prima de Fernando del Paso, que viene de cumplir 60 años de su publicación y que se enmarca también dentro del contexto de la Guerra Cristera.
Una celebración de "José Trigo", opera prima de Fernando del Paso, que viene de cumplir 60 años de su publicación y que se enmarca también dentro del contexto de la Guerra Cristera.
A la memoria de Daniel Sada
Fernando del Paso (Ciudad de México, 1935- Guadalajara, Jalisco 2018) incursionó en la literatura de largo aliento con José Trigo (1966) después de haber publicado una plaquette, Sonetos del Amor y de lo Diario. Igual que varios de los grandes narradores de Hispanoamérica, el hecho de querer publicar versos en primera instancia lo ubica como un autor que buscaba hacer un trabajo maleando el idioma. Pocos narradores hispanoamericanos se han sentido ajenos a la poesía, ya que se trata de una de las tradiciones cuyo antecedente inmediato fue el modernismo. El primer libro de Julio Cortázar, Presencia (1938), la adhesión al ultraísmo por parte de Jorge Luis Borges y la constante referencia de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú 1936- Lima, 2025) a la memoria de Rubén Darío sustentan mis palabras. Del Paso pertenece a esa casta de escritores.
En Fernando del Paso la cercanía con la poesía nos habla de que se trataba de un autor en el que preponderaban las metáforas, las imágenes, las eufonías sobre muchas de otras astucias literarias. Cercano a Juan Rulfo, debido a la obtención de una beca en el Centro Mexicano de Escritores, el primer proyecto de del Paso se orientó a una geografía agreste, con personajes del pueblo y a un mundo árido, como era el de los ferrocarrileros en resistencia en los años cuarenta y cincuenta. La historia del México profundo lo interpeló concentrando su atención en la zona de Nonoalco-Tlatelolco en la Ciudad de México, donde se situaban campamentos en una huelga de ferrocarrileros. En dicho movimiento político había tenido una participación su abuelo materno, José Morante, quien a su vez había sido gobernador interino de Tamaulipas. Que la temática elegida haya sido la lucha ferrocarrilera se explica precisamente por el consejo de su asesor. “Habla de lo que sabes”, dicho que han señalado los tutoriales de escritura como principio para los escritores en ciernes. Aproximarse al ambiente o al mundo interior que mejor conozca el joven narrador es una forma de facilitar el proyecto literario y asegurar su culminación.
Hacia la década de los cuarenta, la entrada del presidente Miguel Alemán Valdés se caracterizó por la búsqueda del control de los sindicatos de trabajadores petroleros y ferrocarrileros. Alemán pregonaba que su gobierno iba a implementar una modernidad urgente para nuestro país, sin embargo, en dicho proceso lo que resaltaba era el nivel de corrupción al que se llegó. Antiguos compañeros de la universidad del presidente fueron convocados al gabinete y priorizaron el negocio personal, los chanchuyos y las ganancias privadas sobre cualquier principio. Dicho gabinete se granjeó el apodo de los “Tanprontistas” pues, enseguida de que uno de ellos asumía un cargo, empezaba a enriquecerse de manera ignominiosa. Alemán fue un político y un funcionario sin escrúpulos morales, de manera que, al llegar a la presidencia, lejos de atenuarse, parecería acentuar dichas prácticas.
Como agregado a este conflicto quedaban rescoldos de la Guerra Cristera en algunas zonas de Jalisco y Colima, de tal suerte que del Paso decidió incluir dicho momento a pesar de que el paralelismo, a mi modo de ver, resulta un tanto forzado. Sería hasta Noticias del Imperio (1987), después de conocer el ensayo La novela histórica, de Georg Lukács, cuando sería más preciso para vincular la historia con la literatura. A pesar de que Del Paso aproxima el ambiente a través de un lenguaje bastante preciso, aún no logra la “poetización de la historia” de la que hablaba el teórico húngaro. Como tal, ambos escenarios de conflicto podrían reforzarse mutuamente. La paradoja radica en que la familia de Buenaventura que viaja a Colima apoya a los cristeros, con lo cual nos muestra una resistencia al gobierno en dos etapas y dos razones dispares. Dentro de José Trigo aparecen dos croquis introducidos por Del Paso, uno es el de Nonoalco-Tlatelolco, donde tiene lugar el campamento ferrocarrilero, y el otro es el de las cañadas de Colima en la que se llevaban a cabo tiroteos de baja intensidad. Cada cañada ostenta un nombre religioso.
Como tal, el campamento ferrocarrilero es un símbolo de la resistencia a la modernización, un movimiento colectivo y popular frente al proyecto alemanista. José Trigo es el hombre de la multitud, camina con Eduviges, su compañera, y una caja a modo de un ataúd. El hijo de ambos yace en éste. Una tarde del Paso los vio caminar por las vías del tren y desde ahí empezó su fabulación. Los campamentos y la figura del vagón del ferrocarril como casa itinerante muestra una población de las que recordamos en imágenes en sepia, como las que obsesionaron a periodistas como John Reed o al propio Rulfo, y que inmortalizaron los hermanos Casasola.
Por su parte, del Paso siguió un consejo que Juan José Arreola le dio en una entrevista, que se convirtió en el libro Memoria y olvido de Juan José Arreola, leer el diccionario como si fuera una novela. Dicho como una sugerencia que el autor de Bestiario encontró en un apunte de Edmundo D’Amicis. Arreola enfatizaba que un novelista debe dominar la materia de su oficio, la palabra. De tal manera que el uso del lenguaje de del Paso se acercó a la raíz del castellano dotándolo de una atemporalidad sorprendente. Recuerdo un diálogo en especial
–¿José Trigo?
unos sobándose las manos, otros deshuesando capulís, otros rascándose el colodrillo y otros entre tartamudos y entre sonrojados, o fumando, caminando, despertando, me dijeron.
–¿José Trigo?
Lo que más me llama la atención es la forma de nombrar “colodrillo” a la parte posterior de la cabeza y que se puede encontrar en un parlamento de Sancho Panza, de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra. No es extraña la co-presencia de un término si pensamos en que del Paso fue un lector furibundo de la obra magna de la literatura española. No en balde escribió un libro tan atractivo como Viaje alrededor de “El Quijote”.
Entre los otros diálogos intertextuales que estableció del Paso es importante mencionar la lectura del cuento “Ven, caballo gris” (1959) de José de la Colina, ya que la historia, ambientada en una azotea de la Ciudad de México, corre por dos vías: Benjamín, un anciano que vive sus últimos instantes de vida, y la reminiscencia de su pasado villista. Su recuerdo lo lleva hasta el momento en que vive con el ejército hacinado en los vagones del tren. No es necesario decir mucho más para colegir que el relato de de la Colina es un claro antecedente de José Trigo, ya que, si bien no tratan de la misma época histórica, tienen una fuerte intertextualidad en la forma en que están ambientadas y retratadas las circunstancias de cotidianidad sobre los trenes. Por su parte, Benjamín se había resistido a ser desalojado por los mudanceros que arrearon a los demás vecinos, tal como los ferrocarrileros también se resistían a doblar las manos ante el embate presidencial. Ambas historias coinciden en la representación de la carestía y del ambiente semirural, así como se encuentran inmersos en el mundo popular. No olvidemos que “Ven, caballo gris” se traslada de manera imaginativa a la Revolución Mexicana y José Trigo sucede durante la lucha ferrocarrilera, pero en los dos impera un ambiente marcadamente rulfeano. En la prosa de de la Colina podemos notar lo siguiente:
Después de dura refriega, vencimos a los pelones. Dejamos para el alba la tarea de enterrar a los muertos y un cordón de fogatas se encendió paralelo al tren, detenido allí, en pleno desierto de Sonora. […] Al final ya se me hacía montes el suelo y las estrellas me apedreaban quedito y silenciosas por todos lados. Me apoyé en uno de los últimos vagones –por aquel rumbo llegaba apenas el resplandor de las fogatas– y allí solté por boca y nariz todo lo que me retortojía adentro. Me acordé de mi mamacita y empecé a quejarme suave, y entonces oí la risa de alguien por encima de mi cabeza, en el techo del vagón, pero cuando alcé la mirada no alcancé a ver sino unos flecos que tremolaban con el tranquilo viento.
Es fácil llegar a la conclusión de la vigencia de la literatura de Rulfo en narradores más jóvenes. No obstante, el libro de de la Colina pagó la condena de no llegar a un gran público, quizá por ser un libro de relatos y no una novela. Para el lector atento, “Ven, caballo gris” es una pieza magistral a partir del lenguaje y el trabajo literario. A su vez, José Trigo fue galardonada con el Premio Xavier Villaurrutia y le abrió un mundo de posibilidades al joven Fernando del Paso.
En mi caso, sólo he buscado aportar una visión impresionista y nada académica de una obra fundamental de la literatura mexicana. Evidentemente, académicos agudos han encontrado no sólo la veta cristera, sino prehispánica, como la Dra. Carmen Álvarez Lobato, con La voz poética de Fernando del Paso. José Trigo desde la oralidad o el Dr. Miguel G. Rodríguez Lozano con José Trigo: El lenguaje discursivo de Fernando del Paso, (UNAM, 2008). Asimismo, la Mtra. Carmen Villoro acaba de publicar un libro colectivo sobre la obra de Fernando del Paso, cuyo título es Fernando del Paso. Señor de la palabra (Ed. Universidad de Guadalajara).
No podemos, por último, dejar de recordar que José Trigo cumple sus primeros sesenta años.
*Héctor Iván González. Candidato a Doctor en Literatura Comparada por la UNAM. Acaba de publicar Una leona rampa en la noche (ed. Cabos sueltos) y Están allá afuera (ed. FOEM, 2025), por el cual recibió mención en el concurso Laura Méndez de Cuenca.
@HectorIvanGP
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