Elienahí Nieves Pimentel
Para algunos, el imperialismo se encuentra entre los conceptos que parecían superados, muertos y enterrados en un pasado distante, en el que los barcos tenían velas y los hombres llevaban gorguera y que, sin embargo, han asomado nuevamente la cabeza; manifiesta su presencia, por ejemplo, a través de las arengas del presidente de los Estados Unidos y de los aliados que le hacen eco. Con una breve revisión histórica de los ideales que han guiado a la nación estadounidense desde sus orígenes, no resulta tan extraña la vigencia de una doctrina decimonónica como justificación de su política exterior actual.
Según relata Alan Taylor en su libro American Colonies: The Setting of North America, el cultivo de tabaco fue crucial para superar las dificultades de fundar un asentamiento inglés permanente en Virginia. El rápido auge de las plantaciones en la década de 1630 trajo consigo la creciente necesidad de grandes extensiones de tierra, que se solucionó despojando a los nativos. Para evitar rebeliones de los trabajadores libres que reclamaban abusos de los terratenientes, se recurrió a la importación de mano de obra africana esclavizada. Así dio inicio la interdependencia entre la élite gobernante norteamericana, el expansionismo y la supremacía racial.
Una vez alcanzada la independencia de Inglaterra, los indígenas al oeste de los Apalaches se interpusieron en el proyecto expansionista del incipiente país. En un contexto de escasez de dinero y soldados de la posguerra, el secretario de guerra del gobierno de la Confederación, Henry Knox, propuso que la asimilación de los nativos en la sociedad era una política más barata y honorable. Knox perseguía el dominio del territorio pero también le interesaba que la nación norteamericana fuera reconocida como un ejemplo de rectitud, para lo que “salvar a los indios” mediante la civilización parecía mejor opción que las masacres del siglo anterior. Pero los hombres de frontera norteamericanos no querían nativos en sus tierras, aculturados o no. “La expansión implicaba la desaparición o subordinación de otras personas, no su aceptación como participantes iguales en la sociedad republicana” —sentencia Reginald Horsman en The Indian Policy of an ‘Empire for Liberty'.
Al toparse con una nueva frontera, el presidente James K. Polk provocó la guerra con México y terminó por invadir la capital en 1847. Durante la administración de Knox, los Estados Unidos se expandieron dos tercios más de su territorio, con la anexión de Texas, Nuevo México y California. Fue para acallar las voces que criticaban esta política expansionista que el periodista John L. O’Sullivan declaró que los opositores buscaban “obstaculizar nuestro poder, limitar nuestra grandeza y frenar el cumplimiento de nuestro destino manifiesto de extender nuestra influencia por todo el continente que la Providencia nos ha asignado para el libre desarrollo de nuestros millones, que se multiplican cada año”.
Durante los siglos XIX y XX, las ansias expansionistas —en territorio e influencia— del gobierno estadounidense no cejaron, como lo experimentaron sus vecinos en el sur de América, Filipinas y un largo etcétera.
Cuando Trump tomó posesión como presidente de una “nación en crecimiento, que aumenta su riqueza, expande su territorio […] y lleva su bandera hacia nuevos y hermosos horizontes” enardeció un espíritu muy parecido al que defendió O’Sullivan y al que los gobiernos de derecha recurren con cada vez mayor frecuencia, con un discurso de melancolía por un pasado imperialista glorioso que niega los abusos de entonces para legitimar los actuales.
*Elienahí Nieves Pimentel. Licenciada en Historia por la UNAM, maestra y doctora en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora. Estudia las relaciones interétnicas de los grupos que coexistían en la monarquía hispánica. Ha publicado con reconocidas instituciones académicas en México y España.
@eliclio
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