Lo que originalmente fue un movimiento estudiantil en Francia se vio desbordado durante las manifestaciones del sábado pasado por la presencia de grupos exaltados y violentos, que las condujeron por la senda del vandalismo, la violencia ciega y el crudo saqueo delincuencial. Las imágenes del campanario del ayuntamiento de Limoges, catalogado como monumento histórico, desplomándose presa de las llamas; de la oficina de turismo de Lyon reducida a cenizas por turbas incontroladas y pirómanas; de la alcaldía de Marsella violentamente tomada por asalto; así como de grandes almacenes, boutiques de lujo, pequeños negocios parisinos e incluso viviendas saqueadas, dieron la vuelta al mundo, ofreciendo un cuadro dantesco de una Francia al borde de la guerra civil.
¿Qué ocurrió para llegar a ese extremo? En efecto, el movimiento estudiantil y sus legítimas aspiraciones fueron solapados y rebasados por diversos actores, como los gilets jaunes (chalecos amarillos), que protagonizaron un movimiento social espontáneo y sin líderes visibles entre 2018 y 2019 en protesta por el aumento de los combustibles y que ahora vuelven a manifestarse contra la carestía. Pero también, y sobre todo, por radicales y provocadores que buscan deliberadamente exacerbar la crisis del régimen de la Quinta República e incendiar la pradera; y, finalmente, por oportunistas y delincuentes comunes, prestos a pescar en río revuelto.
Como carne de cañón de estos agitadores aparece el lumpen, la racaille anómica de jóvenes franceses descendientes de la inmigración magrebí que, lejos de haberse integrado plenamente, han sido marginados durante décadas, hasta conformar una especie de subclase crónica y sin esperanza, siempre presta al estallido. Este grupo fue retratado de manera memorable en la película El odio (La Haine), de Mathieu Kassovitz, estrenada en 1995.
Todos ellos han sido atizados, de manera irresponsable, por el partido ultraizquierdista La France Insoumise (LFI), encabezado por Jean-Luc Mélenchon, quien llamó a “abatir la ciudadela, derribar el sistema”, y alentados por otros cargos públicos de esa formación, como el alcalde de la comuna de Saint-Denis, en las afueras de París, Bally Bagayoko, quien levantó ampollas al declarar que “la violencia puede ser legítima”. Con anterioridad, incluso había amenazado con no reconocer el resultado de las próximas elecciones generales previstas para mayo de 2027.
La respuesta ha sido la indignación y la reprobación de amplios sectores de la población, que han contemplado con estupor la destrucción gratuita e insensata de algunas de sus principales ciudades. Los disturbios han generado también, de modo previsible, demandas de restablecimiento del orden público y exigencias de mano dura, fenómeno que ha sido capitalizado por una extrema derecha que ya se encontraba en ascenso antes de estos acontecimientos.
De este modo, Éric Zemmour, polemista y principal dirigente del partido ultraderechista Reconquête!, ha comparecido en diversos medios para exigir la revocación de la nacionalidad francesa a quienes participaron en la revuelta. Los ha descrito como “hordas de bárbaros magrebíes y africanos” que, según él, “odian a Francia y buscan venganza por la colonización francesa”. Asimismo, los presenta como la “cara verdadera del Gran Reemplazo”, la controvertida teoría conspirativa popularizada por el escritor francés Renaud Camus, según la cual la población blanca y cristiana de Europa estaría siendo reemplazada deliberadamente por una inmigración masiva norafricana y musulmana.
Así, Francia parece atenazada por una espiral descendente alimentada por sus extremos, mientras el centro político se debilita progresivamente, de forma parecida al derrumbe del campanario de Limoges. No en vano, la gran beneficiaria en los sondeos más recientes de cara a los comicios de 2027 es Marine Le Pen, dirigente de la ultraderechista Agrupación Nacional (Rassemblement National, RN), para cuyo proyecto político parecería trabajar, involuntariamente, Jean-Luc Mélenchon.
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