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Estatua decapitada: las razones del SME

La decapitación de la estatua de Felipe Calderón por parte de un grupo de extrabajadores de Luz y Fuerza del Centro (LyFC) fue una escena de mucho odio y violencia. Simbólica, pero violencia brutal. Odio expresado con gran saña contra la imagen caída del expresidente, mantenida en el suelo deliberadamente más de un año. Otra expresión del coraje y la enorme frustración que le generó a AMLO su derrota legítima en 2006, que ha pretendido ocultar con el invento de un gran mito: el fraude.

La condena de la presidenta Sheinbaum fue hipócrita ya que la acompañó de dos mentiras como justificación de la violencia: “Puedo entender el enojo que tienen trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas, la barbaridad que hizo Calderón de cerrar Luz y Fuerza del Centro como la cerró, sin ningún derecho para los trabajadores. Y, además, la cerró por razones políticas realmente, porque el SME se oponía a cualquier privatización”.

La desaparición de LyFC no fue por razones políticas: nos costaba a los mexicanos 42 mil millones de pesos al año, el equivalente al apoyo que se les da a 600 mil adultos mayores. El servicio eléctrico no se privatizó, lo ofrece la CFE. La otra mentira es que no se respetaron sus derechos, pues no solo se cumplió con lo que la ley laboral y el contrato de trabajo establecía, sino que además se les entregó un bono extra; además a varios miles se les recontrató en la CFE y otros más recibieron créditos para abrir empresas y capacitación para emplearse en otras partes. Hubo un grupo que rechazó su indemnización, pero por decisión propia.

Esos trabajadores del SME aborrecen a Calderón porque les cerró la mina de oro en que habían convertido la empresa para robarse una tajada enorme del presupuesto federal. Se podían jubilar a los 55 años (las mujeres a los 43) con una pensión que equivalía casi al doble de lo que ganaban los trabajadores activos; recibían un aguinaldo no de 15 días como dice la ley laboral, sino de 55 días; 45 días laborales de vacaciones al año; no pagaban el consumo eléctrico de sus domicilios y recibían un sobresueldo de 36% para ayuda al pago de la renta.  

La plantilla laboral era de 44 mil trabajadores y solo se requerían 10 mil para operar la empresa (la CFE utilizó es número para mantener la operación de la LyFC); es decir, sobraban 34 mil trabajadores (alrededor de 8 mil trabajadores no cobraron su indemnización porque eran “aviadores”), pero el contrato colectivo tenía cláusulas absurdas como la de que el chofer de una camioneta no podía cambiarle la llanta si se le ponchaba, porque no estaba especificado en sus funciones. Tenía que ir a cambiarla otro trabajador dedicado a repararlos. El contrato colectivo de trabajo del SME era un abuso y los líderes los que más lucraban con el exceso de plazas, permisos, autorizaciones de cambios en el escalafón, el pago en efectivo a los trabajadores y pensionados (ellos controlaban la nómina).

Pero hay que añadir el ambiente de repudio a Felipe Calderón alimentado por Claudia Sheinbaum. Su discurso lo ha convertido en el principal enemigo público de su gobierno: se he referido al expresidente en 215 de las 495 mañaneras (casi en la mitad de ellas) para convertirlo en el culpable favorito de los males del país y la cortina de humo de los escándalos de la 4T.  Espurio, ilegítimo, mentiroso, cínico son los calificativos repetidos en su contra decenas de veces. Ese discurso de la presidente Sheinbaum contra Calderón alimenta el odio y le da excusas a la camarilla de extrabajadores del SME.

¿A dónde quiere llevar a México Claudia Sheinbaum con ese discurso de polarización y odio?

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