Hace casi 100 años, José Ortega y Gasset publicó una de las cumbres del pensamiento filosófico occidental: La rebelión de las masas.
Ortega, de forma casi profética, describió el advenimiento del “hombre masa”; en el siglo XX el progreso tecnológico, el liberalismo y el acceso al conocimiento hicieron que el nivel de vida medio se incrementara de forma nunca visto. Sin embargo, este progreso trastocó la democracia, y pasamos a la hiperdemocracia; las masas se rebelaron exigiendo que el Estado fuera el responsable de todos los aspectos de la vida cotidiana destruyendo así los fundamentos del liberalismo que hicieron posible la democracia.
En el actual contexto mundial de extrema polarización, las sociedades se dividen en bandos irreconciliables. La intolerancia hacia la opinión contraria y el debate político se han trasladado a las redes sociales, donde el “especialista inculto”; el pseudocreador de contenidos que llamamos influencer ha sustituido al conocimiento.
El hombre masa no es ni el pueblo ni los pobres, es el hombre que quiere ser “como todo mundo”, no quiere aprender, sólo quiere opinar. Ortega describe una sociedad cada vez más dividida entre la masa, que se siente con derecho a imponer al Estado su voluntad, y una minoría que se siente despreciada y atacada. La masa tiende a simplificar los problemas, buscando soluciones inmediatas y radicales, sin matices ni debate.
Las recientes manifestaciones, algunas muy violentas, en muchos países, incluido México, tienen varios denominadores comunes: la exigencia al Estado de una solución radical e inmediata de problemas como la educación, la vivienda, la migración o el salario. El debate complejo se reduce a opciones binarias: los buenos y los malos. Los fascistas y los comunistas. Los progresistas y los conservadores.
De nuevo, los partidos políticos están siendo sustituidos por movimientos radicales (Maga, Morena, AfD, Podemos, VOX, etc.) que, mediante procesos electorales legítimos, llegan al poder con gobernantes populistas antidemocráticos pero que saben conectar con las aspiraciones del hombre masa: un discurso nacionalista redentorista, dádivas de todo tipo y una intervención gubernamental en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Es tiempo del totalitarismo democrático.
Morena es tal vez el movimiento que mejor ha sabido explotar al hombre masa, el PRI era autoritario, pero no totalitario, controlaba la presidencia, pero no la conversación. En los últimos 30 años se habían construido instituciones que tenían amplio reconocimiento internacional y una democracia, ciertamente imperfecta, pero creíble.
El enfrentamiento entre clases (chairos vs. fifís) fue el elemento fundamental para identificar al hombre masa con el pueblo bueno. AMLO abanderó las causas de la masa a costa de su libertad. Después llegarían la consulta a mano alzada como espectáculo, la mañanera como tribunal, la soberanía como consigna. Hoy, con Shienbaum no se argumenta, se proclama.
El hombre masa piensa que participar es destruir lo logrado anteriormente, de allí nace lo que Ortega llamaba la estadolatría. El totalitarismo democrático no sólo quiere que votes por él, sino que pienses exactamente como él.
Pancho Graue
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