El estadounidense Karl Deisseroth y los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel han obtenido el Premio por desarrollar el método que muestra cómo las células nerviosas forman los recuerdos, sentimientos y comportamientos en el cerebro
El estadounidense Karl Deisseroth y los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel han obtenido el Premio por desarrollar el método que muestra cómo las células nerviosas forman los recuerdos, sentimientos y comportamientos en el cerebro

El estadounidense Karl Deisseroth, uno de los científicos que hicieron posible activar y desactivar neuronas mediante pulsos de luz, obtuvo el Premio Nobel de Medicina 2026 junto con los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel, por el desarrollo de la optogenética, una técnica que revolucionó el estudio del cerebro.
Pero Deisseroth, profesor de Stanford y psiquiatra en ejercicio, sostiene una idea aparentemente contradictoria con la sofisticación de sus investigaciones: “No hay bisturí más preciso que una palabra o una frase bien construida”.
De acuerdo con un perfil publicado por OKDiario, el nuevo Nobel atiende a pacientes con depresión resistente a los tratamientos y trastornos del espectro autista. En la consulta, explica, el psiquiatra no dispone de un escáner que señale dónde está la lesión: su principal instrumento son las palabras del paciente.
Por eso no le basta escuchar “estoy deprimido”. Busca saber cuánta esperanza conserva una persona, si puede imaginar el día siguiente o qué quiere decir exactamente cuando afirma que no ve cómo llegará a mañana. Para Deisseroth, esos matices del lenguaje permiten aproximarse y medir algo tan difícil de observar como la desesperanza.

Su fascinación por las palabras comenzó mucho antes que su carrera científica. De niño se interesó por la poesía y entre sus autores predilectos figura Jorge Luis Borges. Le atraía descubrir cómo el ritmo y la combinación de unas cuantas palabras podían provocar emociones que iban más allá de su significado literal, señala OKDiario.
Esa sensibilidad convive con el otro Deisseroth: el investigador que buscó entrar físicamente en los circuitos del cerebro. El hallazgo que ahora lo lleva al Nobel partió de las investigaciones de Hegemann y Nagel sobre la canalrodopsina, una proteína presente en un alga unicelular que reacciona ante la luz azul.
Deisseroth y su equipo llevaron ese principio a las neuronas. En un trabajo publicado en 2005 demostraron que proteínas sensibles a la luz podían introducirse en neuronas y que un pulso luminoso era suficiente para activarlas en milisegundos. Dos años después consiguieron hacerlo en el cerebro de ratones vivos.
Había nacido la optogenética: una especie de interruptor de extraordinaria precisión que permite a los científicos encender o apagar grupos específicos de neuronas y observar qué ocurre con la conducta, los recuerdos o las emociones.
La técnica se utiliza hoy para investigar los circuitos cerebrales relacionados con depresión, ansiedad, esquizofrenia, alzhéimer y adicciones. En experimentos con animales, el laboratorio de Deisseroth consiguió incluso revertir síntomas de párkinson y modificar determinados comportamientos sociales.
Nacido en Boston en 1971, Deisseroth estudió Ciencias Bioquímicas en Harvard y obtuvo en Stanford los títulos de médico y doctor en Neurociencia. Inicialmente pensó dedicarse a la neurocirugía, pero una rotación obligatoria por psiquiatría cambió su trayectoria profesional.
Su trabajo tampoco se detuvo en la optogenética. En 2013 desarrolló CLARITY, un procedimiento que permite volver transparentes tejidos biológicos para estudiar en tres dimensiones su estructura molecular sin necesidad de cortarlos en láminas.
Deisseroth también ha intentado tender un puente entre el laboratorio y aquello que escucha de sus pacientes. En 2021 publicó “Projections: A Story of Human Emotions”, un libro basado en casos de su consulta para explorar científicamente el origen de las emociones humanas.
La paradoja es quizá la mejor síntesis del Nobel de Medicina de este año. Deisseroth contribuyó a desarrollar una herramienta capaz de penetrar en el cerebro con una precisión inimaginable hace apenas dos décadas, pero reconoce que todavía no puede saber completamente qué ocurre dentro de la mente de otra persona.
De ahí su reivindicación de una herramienta muchísimo más antigua que la optogenética. Frente a fibras ópticas, proteínas sensibles a la luz y mapas tridimensionales del cerebro, en la consulta siguen estando el médico, el paciente y las palabras.
Según relató a Stanford Medicine, la noticia del Nobel llegó pasada la medianoche en California. No escuchó la primera llamada del comité; después sonó el teléfono de su esposa, la neurocientífica Michelle Monje. Cuando comprendió lo ocurrido, el hombre que ha dedicado buena parte de su vida a estudiar el lenguaje y las emociones tardó unos 30 segundos en poder articular una palabra.
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