Las vacaciones tienen algo que durante el resto del año parece un lujo: las pausas.
De pronto desayunamos sin correr con la taza del café en la mano. Terminamos una conversación sin mirar el reloj. Leemos unas páginas de un libro sin sentir la necesidad de revisar el teléfono cada cinco minutos.
Descubrimos que el silencio no es tiempo perdido. Es el espacio donde las ideas, las emociones y las palabras alcanzan a acomodarse.
En comunicación ocurre exactamente lo mismo. Cada vez que asesoro a alguien, descubro la misma preocupación: qué decir y cómo decirlo. Mi respuesta casi siempre es la misma: primero intenta escuchar de una manera activa.
No se trata solo de guardar silencio mientras alguien habla. Se trata de dirigir toda tu atención hacia la otra persona. Escuchar sin preparar la respuesta, sin interrumpir, sin convertir lo que el otro dice en una historia sobre nosotros mismos. Escuchar también es observar el lenguaje no verbal, la emoción que acompaña las palabras y aquello que no se atreve a decirse.
Hay personas que cuando las entrevistan ni siquiera terminan de escuchar la pregunta antes de empezar a responder. También hay entrevistadores que no construyen una conversación a partir de lo que el otro les dice; llegan con una lista de preguntas y avanzan sobre ella sin detenerse a escuchar realmente las respuestas. El resultado son dos monólogos disfrazados de entrevista.
Tendemos a creer que influye más quien habla más, quien responde rápido o quien no puede dejar un espacio sin palabras. Sin embargo, los mejores comunicadores entienden que una pausa también comunica. El silencio transmite seguridad, invita a la reflexión y, sobre todo, demuestra que lo que el otro dice nos importa.
Vivimos convencidos de que el buen comunicador siempre tiene algo que decir. Casi nunca pensamos que también sabe cuándo guardar silencio.
Barack Obama entendía muy bien el valor de las pausas. En sus discursos no tenía prisa por llenar cada segundo de palabras. Después de una idea importante guardaba silencio unos instantes. Sabía que, muchas veces, el silencio también forma parte del mensaje.
Quizá por eso me pregunto si, en tiempos donde todo parece urgente y todos los días hay algo que decir, no valdría la pena volver a hacerle espacio al silencio.
Vivimos una época que le tiene miedo al silencio. Como si callar significara perder relevancia. Como si quien deja de hablar cediera el espacio a los demás.
Entonces llenamos todo: más palabras, más videos, más pódcast. Como si comunicar consistiera únicamente en producir contenido.
Quizá hoy más que nunca, la conferencia de la presidenta también necesita vacaciones. Para ella y para el público, descansar de las noticias que no son noticias, de las secciones armadas para atacar, de las canciones que a nadie gustan.
Hasta la cola de caballo más disciplinada merece un descanso.
Las vacaciones nos recuerdan que descansar no es dejar de hacer. Es recuperar la capacidad de mirar, escuchar y de pensar.
Quizá la comunicación pública también necesite, de vez en cuando, ese mismo descanso.
La música no emociona solo por sus notas. También por los silencios que las separan.
Cuando las palabras no tienen pausas, terminan convirtiéndose en ruido.
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