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DISCUSIÓN: La inteligencia artificial y las humanidades

Frente el ascenso de la IA como la herramienta fundamental de nuestro tiempo, las humanidades —tan desprestigiadas desde hace ya varias décadas— son justamente las disciplinas que aún nos permiten cuestionar los fines, límites y consecuencias del desarrollo tecnológico. La tecnología sin humanidades no nos salva: nos amenaza.

Guillermo Máynez Gil

Cuando las caricaturas se hicieron realidad

No sé si siga siendo común entre los programas infantiles, de hecho no tengo la menor idea de qué sea lo que suelen ver los niños de hoy, pero en las caricaturas de las décadas de 1960 a 1980 aparecían con frecuencia científicos locos; muchos de ellos habían inventado algo que les permitiría apoderarse del mundo. Algunas veces llegaban al poder ellos mismos, y otras estaban al servicio de villanos como los de las películas de James Bond, que han quedado ampliamente superados, en su fársica deformación, por Trump, Putin y compañía. 

Se trata de una estirpe antigua, cuya una de sus primeras encarnaciones todavía bien intencionadas incluyen a las primeras obras de especulación utópica de la ciencia, como la Nueva Atlántida (1627) de Francis Bacon, donde se presentan despiadados experimentos en los que se cruzan plantas y animales para observar sus efectos, desde luego sin la menor consideración por el sufrimiento que puedan infligir. Experimentan de manera avanzada con la medicina, nuevas fuentes de energía, luz artificial, telescopios y microscopios, análisis clínicos, acústica, motores y colores, así como sabores artificiales. Aquí ya están en embrión las ideas que producirán las maravillas y horrores de la modernidad, mucho antes de que se hicieran realidad. Todavía, sin embargo, en aquellas inquietudes científicas la idea era beneficiar a los humanos.

La ciencia ficción propiamente dicha, es decir, no simples fantasías, sino ficciones basadas en teorías científicas en principio plausibles, comienza en el siglo XIX, una época en la que chocaron el entusiasmo absoluto por las posibilidades de progreso infinito y el miedo a las consecuencias destructivas de la industrialización, urbanización y alienación propiciadas por el desarrollo científico y tecnológico. A veces, ambos impulsos estaban presentes en la obra del mismo autor: es el caso de Jules Verne, en cuyas novelas aparecen, tanto científicos benevolentes y humanistas, como orates ‘inteligentes’ del tipo Capitán Nemo, Robur el Conquistador y otros. Hay incluso una sátira, no sé si voluntaria o involuntaria, sobre las consecuencias del progreso industrial. Se encuentra en una novela poco conocida, Las Indias Negras (1877), sobre las minas de carbón de Escocia, en cuyos tenebrosos subterráneos se genera electricidad suficiente para iluminar una ciudad. El protagonista de Verne contempla arrobado los campos deforestados, los agujeros negros en el suelo, las columnas de humo denso subiendo al cielo: ¡cuánta belleza, qué magnífico panorama de civilización y progreso, donde antes no había sino bosques incultivados, salvajes!

Pero es en Los Quinientos Millones de la Begum (1879), la novela más sombría del escritor francés al tiempo que perturbadora premonición del nazismo, con su presentación explícita de la idea de supremacía aria, donde aparece un científico que pretende abiertamente apoderarse del mundo o morir en el intento (con todo y la vida en el planeta). Se trata del químico Schultze, quien crea en el estado de Oregon una ciudad-fábrica llamada Stahlfield (un híbrido germano-inglés que significa ‘campo de acero’). Se trata de una urbe perfecta, pero de pesadilla: el sueño totalitario. Círculos concéntricos de murallas alojan talleres y fábricas, con barracas para los obreros, que no pueden visitar ningún otro sector más que aquél donde viven y trabajan. Las medidas de seguridad son paranoicas y las infracciones se castigan con la muerte. En el centro hay un sanctasanctórum, la torre con jardín donde vive Schultze y donde está el laboratorio. Stahlfield hace armamentos, los más avanzados del mundo. 

Este hombre es ya el prototipo del científico por completo amoral, que encontró un alma gemela un par de décadas después en La Isla del Dr. Moreau (1896), de H. G. Wells. El protagonista epónimo es un científico interesado únicamente en hacer avanzar su conocimiento, sin ningún interés o compasión por los efectos de aplicarlos en seres vivos y sufrientes, ni su dignidad o bienestar. Es una anticipación, muy temprana, de las posibilidades catastróficas de la manipulación genética. En el fondo yacen dos preguntas: ¿cómo se relacionan la constitución física de un ser y sus derechos individuales?, ¿cuál es el límite ético de la experimentación?

Estos personajes literarios no eran simples invenciones absurdas, como el siglo XX se encargó de demostrar. Obviando a los científicos que colaboraron activamente con los nazis, soviéticos o proyectos como el Manhattan, Benjamín Labatut nos recuerda en su escalofriante obra MANIAC (2023) que entre los científicos, no menos que entre los artistas (que son los que se llevan toda la fama), también abundan los desequilibrados o de plano los dementes. Ninguno al nivel de John von Neumann (1903-1957),  quizás el hombre más inteligente de su época. Fue autor de innumerables y muy trascendentes avances científicos, algunos de ellos muy benéficos, pero todos realizados por puro ego y por una compulsión abrumadora. Alguna vez le dijo a Richard Feynman: “¿Sabes que no tienes que ser responsable del mundo en el que estás?”.

Neumann, naturalmente, era un tipo extraño, que parecía avergonzarse de su inteligencia. Lo que es más: era extraño de un modo extraño A diferencia de casi todos sus colegas, bebía mucho, bailaba y se iba de parranda; su primera esposa fue una millonaria frívola y viciosa. Era un bufón bobo, que contaba chistes que nadie entendía y se desternillaba de risa él solo. Seducido por el poder y el dinero, se fue a Los Alamos, Nuevo México, al Proyecto Manhattan. Cada tanto tiempo, los equipos de trabajo ponían en el pizarrón su problema más difícil. Neumann llegaba y los iba resolviendo uno por uno, en pocos minutos. Él maximizó el daño de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. En Estados Unidos se volvió un monstruo. Con Óscar Morgenstern desarrolló la Teoría de Juegos; con Feynman, la computadora MANIAC; con Nils Barricelli, (otro demente), las máquinas con capacidades de aprendizaje; con Sidney Brenner, el ARN mensajero; con Türing, fue precursor de la IA. Decía: “los hombres de las cavernas inventaron a los dioses… No veo nada que nos impida hacer lo mismo”.

A este primer modelo, el del científico maldito, se suma otra posibilidad, la del invento científico que parte de buenas intenciones, pero que escapa del control de sus creadores, empezando desde luego con el del Dr. Frankenstein y siguiendo, por sólo dar un par de ejemplos, con La Guerra de los Tritones (1936), del checo Karel Capek, o con el famoso HAL 9000 de Odisea al espacio 2001. 

Pues bien, al parecer el desarrollo de la inteligencia artificial ha provenido de ambos tipos de científico, el egomaníaco supremacista blanco imaginado por Verne, que esconde una pulsión por destruir a la especie humana, encarnado en Elon Musk entre otros, y el que tal vez quiera algo bueno para la humanidad pero ya se asustó de su creación, como Dario Amodei, de Anthropic (Claude). Como se sabe, este último encabeza los muy recientes llamados a hacer una pausa en el desarrollo de la rebelde tecnología, que ahora se brinca salvaguardas, conspira contra sus operadores, ataca otras redes, y acomete demás travesuras poltergeistianas que podrían exterminarnos. 

Curiosamente, a nadie (tal vez a una o dos voces aisladas) se le ha ocurrido la solución más simple: desconectar el enchufe. ¡Horror! ¿Qué sería entonces de las cuantiosas inversiones ya realizadas, de los pobres accionistas, de los millones de personas que ya no pueden tomar decisiones sin ChatGPT y similares? Como sin el celular y las redes sociales, la vida ya no sólo no es posible, sino que ni siquiera es imaginable sin la IA. ¿Cómo llegamos aquí?

Las humanidades en la era hipertecnológica

Cuando yo era niño, y luego adolescente, era objeto de burlas en mi pueblo por querer estudiar filosofía y por leer literatura. “No desperdicies tu inteligencia, estudia algo que te permita luego irte a trabajar a la NASA”, decían tíos y amigos de la familia. De lo contrario, en vez de un futuro brillante con gordos cheques, iba a terminar dando clases en una secundaria. Al final, no hice ninguna de las dos cosas, pero desde entonces me intrigó el enorme desprestigio de las humanidades. Los más cultos me decían que estaba muy bien tener esas aficiones, pero que debían quedarse en eso, en hobbies que enriquecen la vida, pero jamás deberían ser considerados como opción profesional. Eran adornos. 

En efecto, a lo largo de todas estas décadas la vocación científica —mejor aún, la tecnológica— ha otorgado prestigio a quienes la tienen, sobre todo si rehúyen de la vida académica de tiempo completo y ganan mucho dinero con un puestazo en una empresa global. Los padres de familia suelen presumir a sus hijos que estudian mecatrónica y justificar como pueden al inútil que optó por letras clásicas. El argumento, en todos estos casos, es muy simple: las humanidades no sirven para nada. Y las únicas actividades encomiables son las que sirven para algo. Jugar golf, nos repiten los gurús del éxito, es bueno para hacer networking; las actividades de puro recreo están bien, pero es una pérdida de tiempo leer el libro cuando ya lo hicieron serie de TV. 

Y así, el desarrollo tecnológico ha venido dejando de lado a las humanidades como estorbo, como fuente de sermones éticos y analogías perturbadoras, pero improcedentes. Incluso, disciplinas como la lingüística han sido puestas al servicio del desarrollo de lenguajes de computación que han propiciado la aparición de estos gremlins tecnológicos a los que sus propios creadores hoy temen.

Peor todavía, la matrícula en los departamentos y facultades de humanidades de todo el mundo ha ido cayendo de manera estrepitosa, incluso frente a la evidencia de que los empleos más expuestos al reemplazo por la inteligencia artificial (IA) son, además de las tareas mecánicas y rutinarias, los relacionados con la programación, las ciencias informáticas y similares. Según Gemini, la IA de Google, los cinco tipos de carrera más expuestos al reemplazo son: ingenieros y programadores de software, servicio al cliente, traductores y escritores de contenido comercial o industrial, procesadores de información repetitiva (por ejemplo, historiales médicos), y analistas financieros y de mercados. 

Tal parece entonces que las humanidades sí sirven para algo, por lo menos para permanecer empleados y, sobre todo, para seguir siendo humanos. Quizá si el desarrollo tecnológico hubiera sido llevado de la mano de humanistas, no estaríamos ahora todos tronándonos los dedos ante la inminente extinción. 

Ahora bien, y por último: las teorías posthumanistas enarboladas por varios próceres de la IA sostienen que ha llegado la hora de suprimir al ser humano, un ente esencialmente malvado que se ha empeñado a lo largo de milenios en destruir a sus congéneres y su medio ambiente, y en reemplazarlo por inteligencias superiores, carentes de pasiones malsanas. Peor aún, para ellos, el cuerpo humano es un hardware en extremo ineficiente, caduco, sujeto a todo tipo de enfermedades, accidentes y malformaciones, demencias, esquizofrenias y depresiones, que sale carísimo en cuanto a mantenimiento. Mucho mejor diseñar seres etéreos, que sólo viven en el hiperespacio y carecen de enfermedades. 

Pues bien, ni lo uno ni lo otro parecen ser ciertos: las recientes andanzas de los agentes autónomos de la IA no hacen pensar que sean inherentemente más buenos que los humanos y, como todos sabemos, son víctimas frecuentes de virus y otros padecimientos, entre los cuales no debemos descartar la posibilidad de la locura homicida. Así que la próxima vez que uno de sus vástagos le anuncie que va a dedicar su vida a investigar los orígenes del budismo zen, a ahondar en el misterio de la lengua protoindoeuropea, a aprender macramé artesanal, o a estudiar laudería para superar en calidad a los violines Stradivarius, dese de santos, apague el celular y la tele, y abra un libro o salga a caminar en vivo.

*Guillermo Maynez Gil. Escribe novela, cuento, poesía y ensayo. Ha publicado el ensayo Ulises en la Tierra Baldía (edición de autor, 2022), así como las novelas Los Poetas del Fin del Mundo (edición de autor, 2019) y El Chino Bruckenmeyer, por la que recibió en 2020 el Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza de la Universidad Autónoma de Sinaloa y publicada en una nueva versión titulada La enigmática Vvda del Chino Bruckenmeyer (Trillas, 2025).

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