Un recorrido por la politización del fútbol, desde su uso como símbolo nacional hasta su captura por intereses de poder, propaganda y negocio.
Un recorrido por la politización del fútbol, desde su uso como símbolo nacional hasta su captura por intereses de poder, propaganda y negocio.
Mientras Herodoro de Mégara iniciaba su dominio de 40 años como campeón olímpico en la disciplina de toque de trompeta, Aristóteles escribió en el libro I de su Política que el hombre era un animal político, es decir, que su esencia era la participación en la vida pública. 1,500 años más tarde, el Barón Pierre de Coubertain se encargó de revivir el ideal olímpico griego a través de la organización de un evento deportivo donde las naciones pudieran estar representadas por sus atletas como un símbolo de unidad entre ellas para dirimir sus diferencias en la arena deportiva.
El fútbol como disciplina olímpica hizo su debut en la segunda edición de los Juegos en París, evento que tuvo como primer ganador del oro a la selección de Gran Bretaña. Para 1924, el fútbol era ya uno de los deportes más destacados dentro del programa olímpico, lo que provocó que muchas naciones vieran en él la posibilidad de destacar internacionalmente a través de este deporte. Para muestra, el campeonato de Uruguay en aquella edición, así como el refrendo de este triunfo en los siguientes juegos celebrados en Ámsterdam, tuvo gran eco internacional.
Un coronel de las Fuerzas Armadas de México llamado Tirso Hernández, que había sido comisionado para observar la organización del deporte en países extranjeros con el objetivo de replicar esos modelos en México, vio en el triunfo del país sudamericano “un triunfo de toda América Latina” y un “ejemplo de visibilidad internacional para un país”, por lo que juzgó que ése era el camino que debía seguir México para convertirse en un referente latinoamericano como lo eran los uruguayos gracias a su triunfo.
Al ver la relevancia del fútbol en el programa olímpico, el presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), el francés Jules Rimet, consideró de vital importancia organizar un evento internacional exclusivamente de este deporte que se posicionará como el evento futbolístico más importante del mundo. En 1929, logró un acuerdo con el Comité Olímpico Internacional para que el fútbol no formara parte de su programa en los juegos de Los Ángeles a celebrarse en 1932. Deseaba dar a su evento la oportunidad de surgir con todos sus fueros.
Ese mismo año, Rimet buscó un país que pudiera fungir como sede de la justa y sus dos medallas áureas en los Olímpicos fueron el respaldo deportivo que tuvo Uruguay para proponerse como organizador de la primera Copa del Mundo en 1930. Para Rimet, el triunfo deportivo era razón suficiente para otorgarle la sede; sin embargo, los países europeos consideraron que el viaje a tierras australes significaba un gasto faraónico y muchos de ellos declinaron participar en el evento que sólo tuvo la participación de Francia, Bélgica, Yugoslavia y Rumania como representantes del viejo continente.
En esa primera celebración ecuménica del fútbol, la escuadra local se quedó con el título venciendo en la final a sus vecinos del otro lado del Río de la Plata, Argentina, por 4 goles a 2. De ese encuentro hay muchas historias curiosas, como haberse jugado con dos balones distintos, uno argentino y otro uruguayo. Pero destaca la historia de Luisito Monti, extraordinario jugador argentino quien años después aseguró que recibió amenazas de muerte por parte de los hinchas uruguayos si su equipo se alzaba con el triunfo. Eso —aseguró— condicionó su actuación en el encuentro. Monti defendería a Italia en el siguiente mundial como uno de los oriundi.
El mundial del Duce
Para la copa de 1934, la FIFA necesitaba un país europeo que organizase la segunda edición de la Copa Mundial de fútbol con un detalle significativo: que fuera un país dispuesto a absorber las deudas de su planificación. Italia, en el apogeo del gobierno fascista de Benito Mussolini, aceptó el reto. Para muchos periodistas, Mussolini tenía interés esencial por la promoción de los valores y principios fascistas a través de estas competiciones; sin embargo, estudios recientes consideran que Il Duce no tenía especial afecto a las competiciones deportivas. Sí lo tenía, en cambio, por las competencias olímpicas que, de acuerdo con él, representaban la armonía plena de los cuerpos y la superioridad que daba el trabajo físico a los atletas (su impulso a la preparación de los atletas italianos para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1932, donde la delegación italiana obtuvo el segundo lugar general, sólo por detrás de los Estados Unidos, fue un claro ejemplo de ello).
Otra idea muy repetida de esta Copa del Mundo es que Mussolini, personalmente, se hizo cargo de cooptar, amenazar y convencer a los diversos actores —en especial a los árbitros— para que la selección italiana pudiese ganar la competición. El historiador italiano Marco Impiglia está convencido de que hubo dos factores esenciales para sostener que el líder del Partido Nacional Fascista no tuvo injerencia directa en estos acontecimientos. La primera razón es la política internacional del momento; la segunda, la automatización de los subalternos de Mussolini ante los posibles deseos del líder fascista.
En 1934, Italia se consideraba como un elemento muy importante en la política europea, ya que en ese momento se veía como un elemento de contención a la creciente relevancia que había tomado el gobierno de Adolf Hitler en Alemania. Países del centro de Europa, que veían ya al Führer como una amenaza, creyeron que Italia podía frenar los intereses expansionistas alemanes y, por ello, era muy importante mantener relaciones armoniosas con su gobierno.
Según Impiglia, en documentos del Ministerio de Relaciones Exteriores italiano consta una cercanía importante entre los gobiernos austriaco e italiano desde 1933 por ciertas afinidades en sus políticas, como el autoritarismo y el anticomunismo, así como una solicitud formal de protección ante la posible invasión alemana. Mussolini aceptó ayudar con la condición de fortalecer la presencia fascista en Viena, lo que llevó a la firma del tratado entre Austria e Italia a inicios del año mundialista. Un día antes de la semifinal entre el Wunderteam austriaco y los locales, los centroeuropeos recibieron un telegrama por parte del consulado de su país en Roma para “no hacer el máximo esfuerzo contra los italianos porque son potencialmente aliados políticos del país”.
Además de los aspectos políticos, en la cancha el arbitraje fue el eslabón perfecto para que los locales pudieran avanzar sin contratiempos hasta la final; sin embargo, no fue Mussolini el que arregló todo este proceso. El causante fue Giovanni Mauro, un experto arbitral de la Federación Italiana, quien se encargó de las designaciones arbitrales y no sólo eso: también puso en cartera a tres silbantes (el sueco Eklind, el suizo Mercet y el belga Baert) agasajándolos con viajes por las playas italianas y posiblemente con otro tipo de prebendas. De acuerdo con la documentación de la Federación Italiana, el presidente de la entidad, Giorgio Vaccaro, estaba consciente de la importancia que tenía una buena organización y el triunfo para una buena impresión del fascismo (Jonathan Wilson, The power and the glory. A new history of the World Cup). Por ello, Impiglia asegura que en realidad las acciones para “asegurar” el triunfo italiano vinieron de la federación y no directamente del Duce; los directivos, defiende el historiador, “ya sabían los deseos de Mussolini y sólo actuaron para que estos se cristalizaran”.
Queda así una cuestión en el aire: ¿cuál fue el papel de la FIFA en todo esto? Gournay daría con la respuesta: laissez faire et laissez passer (dejar pasar, dejar hacer). La FIFA concedió carta blanca para actuar a los organizadores y aún algunos de sus miembros incurrieron en corrupción, como el sueco Johanson quien designó como representante arbitral a Eklind cuando no tenía experiencia. Sea por perseguir el mismo interés de Rimet y de la FIFA por mantener vivo el certamen, sea porque necesitaba de un respaldo sólido para alcanzar notoriedad mundial, sobre todo, por encima del torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos.
Infantino y el fútbol al mejor postor
En medio de la efervescencia por el triunfo de Estados Unidos sobre Bosnia y Herzegovina, el teléfono celular de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, sonó una sola vez. El interlocutor era el mismo de siempre, Donald Trump, la solicitud era lo distinto: “quiero que se revise la expulsión de Balogun, es injusto que se le suspenda por una jugada que no fue falta”. Palabras más, palabras menos, ésta fue la solicitud de Trump a Infantino. El presidente de la FIFA explicó que se seguía un proceso independiente, pero que se revisaría la jugada. Al día siguiente, se notificó que el delantero estadounidense podría participar en el duelo de octavos de final de su selección.
En 1966, el mediocampista argentino Antonio Rattin fue convencido a abandonar el terreno de juego durante el partido entre su selección y su homóloga inglesa, por una supuesta agresión verbal. El sudamericano dijo no comprender la lengua del árbitro alemán Kreitlen, y solicitó un intérprete; después de diez minutos y no sin antes arrugar un banderín de la Unión Jack, Rattín se fue de la cancha. La acción anterior provocó que Ken Aston, árbitro inglés, inventara las tarjetas amarilla y roja en el fútbol para que hubiera una comprensión universal de las decisiones arbitrales. Desde ese momento, en las copas del mundo, jamás había sido revertida o siquiera reconsiderada la sanción de una expulsión hasta este episodio de la llamada de Trump.
Si bien lo anterior es una injerencia sin precedentes, no es extraño que haya sucedido si vemos el comportamiento de Infantino con respecto al poder. El suizo llegó a la presidencia de la FIFA en 2016 gracias al FIFAgate, escándalo en el que la administración de Joseph Blatter se vio claramente involucrada en escándalos de corrupción, sobre todo, en la elección de las sedes mundialistas de Rusia y Catar. Infantino se comprometió a devolver el fútbol a la FIFA y la FIFA al fútbol; sin embargo, no consideró prudente hacer un cambio en las sedes “corruptas”. No sólo eso: se le observó de la mano del líder ruso Vladímir Putin previo al mundial y se dijo “un catarí más” cuando inauguraba el mundial de 2022, en medio de diversas acusaciones de violaciones a los derechos humanos hechas por el gobierno de ese país.
En 2017, se designó sede del Mundial de 2026 a Estados Unidos, Canadá y México, siendo los primeros los que claramente llevaron la batuta en la organización. Desde ese momento y hasta el día de hoy, Infantino ha sido un fiel escudero del presidente Trump, participando en mítines del movimiento MAGA; también siendo invitado de honor a la toma de protesta del segundo mandato del presidente estadounidense. Así, no debe extrañarnos la presencia de la política dentro y fuera de la cancha.
Aristóteles dijo que el poder político debe propiciar la vida feliz del individuo que se desenvuelve en lo social. Sin duda alguna, el fútbol es una de las actividades que más felicidad generan en las personas alrededor del globo; sin embargo, el poder político de las organizaciones deportivas y los gobiernos han encontrado en el deporte un vehículo perfecto para lograr objetivos económicos para unos cuantos; esto, a pesar de que lo anterior pueda poner en entredicho la propia integridad del juego.
Juan José Sánchez Bracamontes. Filósofo e historiador. Sus líneas de investigación son la historia de los deportes en México, el deporte como fenómeno social y la filosofía mexicana del siglo XX.
@JJSanchezB
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