La calumnia como estrategia del César
Cuando el César en turno se siente amenazado por las acciones de la Iglesia, responde con una escalada de calumnias, mentiras, descalificaciones e intimidaciones que suelen convertirse en persecuciones de baja intensidad hasta alcanzar la violencia. Los césares han mostrado poca originalidad a lo largo de la historia. Es oportuno recordarlo ahora que observamos los, cada vez más, virulentos ataques del trumpismo contra León XIV.
Traigamos a la memoria lo sucedido con el papa Pío XII. Sus advertencias contra Hitler, su apoyo a quienes desde la Iglesia denunciaron sus atrocidades, sus acciones a favor de cientos de miles de judíos durante la Segunda Guerra Mundial y su posterior activismo para la sembrar las semillas de la Unión Europea -junto con Adenauer, Gasperi, Shuman, los tres católicos- están muy bien documentadas por historiadores como Ana Foa, David Dalin (ambos judíos) y Joseph Bottum, entre otros. Sin embargo, persisten en el imaginario una serie de calumnias sin sustento, entre otras, que apoyó a la dictadura de Hitler, que guardó silencio y se mostró omiso ante las atrocidades cometidas contra los hebreos. El objetivo de tanta mentira no es Pío XII solamente, sino descalificar a la Iglesia como una voz con derecho a participar y proponer con autoridad moral en el mundo.
La reconstrucción de las redes intelectuales que esparcieron voluntaria o vicariamente mentiras y descalificaciones contra el papa Pacelli, permitió seguir el hilo hasta su origen en las campañas de propaganda de la Unión Soviética, repetidas por historiadores, literatos e intelectuales de todos los colores, con la colaboración de algunos católicos “bienpensantes”. Durante el pontificado de Juan Pablo II, la especie se hizo más virulenta, usando a Pío XII como arma arrojadiza contra el papa por su decidido apoyo al movimiento antisoviético en su natal Polonia -pieza clave en la caída del muro de Berlín; por sus acciones a favor de la vida como uno de los ejes relevantes de su magisterio; por su oposición a la confusión entre marxismo y cristianismo; por su denuncia a cualquier tipo de régimen autoritario sin importar su filiación; todo, acompañado de un liderazgo firme dentro y fuera de la Iglesia. Estas acciones generaron una alianza improbable, y en mucho involuntaria, entre intelectuales de la izquierda marxista, liberales y algunos católicos y protestantes cuyas voces eran repetidas y amplificadas por buenos aparatos de propaganda. Así, las calumnias contra Pío XII se convirtieron en uno de los instrumentos de ataque contra Juan Pablo II. Al final, era otro papa intolerante y sin autoridad moral de la impresentable Iglesia católica. El complejo antirromano tan bien diseccionado por Hans Urs von Balthasar.
Hoy asistimos a una operación similar apoyada por el poderoso aparato de propaganda de la administración Trump, quien ha echado mano incluso de sus propios intelectuales católicos para acusar a León XIV de mentiroso, omiso, ingenuo, mal teólogo y colaborador del mal, hasta el exceso de ser tachado como el “papa del islam”. La historia no se repite, pero a veces rima, aunque el intento de bardo sea un vulgar bravucón.
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