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De tanto mirar la muerte: sobre Ciudad de muertos

Lo terrorífico no es que la muerte nos aceche, sino que hemos aprendido a convivir con ella y la hemos dejado de mirar

Carla Garduño

El cine de terror suele revelar mucho sobre su época. Abuelas malvadas, seres de otros mundos, seductores chupasangre, casas embrujadas, monstruos antropomorfos que ansían su humanidad, la muerte. El terror es un lenguaje que por medio de metáforas habla sobre los miedos compartidos por quienes brincan en las butacas. En su ensayo sobre lo siniestro, Freud explica que aquello que nos aterroriza es el trastocamiento de lo conocido y la revelación de lo oculto. Lo terrorífico se funda en el temor de que aquello que nos es familiar se transforme en algo extraño, imprevisible y potencialmente dañino: las abuelas pueden ser brujas, los seres de otro mundo pueden alterar el nuestro, el amor nos puede consumir, el hogar se puede volver amenazante, los humanos pueden ser monstruos y la vida puede terminar en cualquier momento. Si lo anterior es cierto, ¿qué tipo de terror se puede producir actualmente en un país como México, donde la muerte es honrada, a veces celebrada y siempre visible?, ¿se puede perturbar más esta realidad en la que lo normal es ver cadáveres en los puestos de periódicos? Ciudad de Muertos (2026) de José Manuel Cravioto ofrece una respuesta.

​El filme está inspirado en la vida y obra del fotógrafo de nota roja Enrique Metinides, quien formó parte de la producción antes de su muerte en 2022. La trama es sencilla: el protagonista homónimo —interpretado por Jero Medina, quien tiene un gran parecido con el Metinides— se ve enredado en una serie de intrigas alrededor de personas que aparecen en las fotografías que ha tomado. La mezcla de lo sobrenatural con lo policiaco —género favorito de Metinides— remite al universo narrativo del escritor Bernardo Esquinca, quien participó en la escritura del guion. Realidad y ficción se entremezclan para hablar sobre la muerte y su representación: ¿fotografiar un cadáver impide el eterno descanso de la persona o le da nueva vida al inmortalizarlo?, ¿qué ocurre con las familias de los fallecidos que son expuestas a la reproducción en serie de la muerte de sus seres queridos? Estas preguntas atraviesan la obra de Metinides y él mismo reflexiona sobre ellas en el documental El hombre que lo vio todo (2015). 

​La fotografía, a cargo de Diego Tenorio, es por sí misma un homenaje a la obra de Enrique Metinides. La cámara captura las imágenes desde esquinas y reflejos, como si fuera un observador que acecha y da vida a las postales famosas: un joven sobre un charco de sangre es rodeado por una multitud de curiosos, una niña tiene la mano atrapada en un molino de carne, un padre carga el cuerpo de su hija en una combi, una mujer está prensada entre un auto y un poste de luz, un cadáver flota en un lago, una mujer llora junto a su novio asesinado en Chapultepec. En ocasiones, la sobriedad del blanco y negro se rompe con el rojo del cuarto de revelado. Los efectos de sonido son austeros. La tensión se construye con dos contrabajos.

¿Qué es lo que hace que una película de terror realmente lo sea? La respuesta natural a esta pregunta es que logre alterar a sus espectadores. Monstruos antropomorfos, criaturas gigantes, gritos desgarradores, jumpscares, chorros de sangre, prótesis de utilería, ánimas colgadas con hilo transparente, chamanes, sacrificios y demás artilugios son elementos comunes que, usados con prudencia, pueden ocasionar uno que otro brinco en las butacas. Cravioto prescinde de estos lugares comunes partiendo de la premisa de que lo natural ya ha sido trastocado por la muerte. Los espectros están presentes y no es necesaria la parafernalia para anunciarlos: una mirada, un gesto, un silencio, una cámara y dos contrabajos son suficientes. Ciudad de muertos no necesita más que unas pocas imágenes para mostrar que lo terrorífico no es que la muerte nos aceche, sino que hemos aprendido a convivir con ella y la hemos dejado de mirar.

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