Cada año se publican numerosos reportes sobre la salud de la democracia. Todos ilustran cuán autoritarios (o no) se han vuelto los ciudadanos, qué tanta desafección tienen hacia la política y las instituciones, qué tipos de régimen han involucionado o qué tan enojados están los jóvenes imberbes que reclaman sus derechos.
Conclusión: las personas sensatas (todavía quedan) temen que llegó el apocalipsis.
Lo que sucede, sin embargo, es otra cosa: no alcanzamos la perfección simbolizada por la democracia inglesa ni nuestra democracia defectuosa fue el pasaporte con visa para todos los demás bienes: igualdad plena, felicidad, santidad y pureza. Ni hablar. La condición humana es imperfecta, le brotan sus pulsiones autoritarias, prefiere la ley del menor esfuerzo y señala flamígera a los responsables: jueces, partidos, legisladores, milicos, etc.
En realidad, ni México ni Latinoamérica serán lo que nunca han sido -una democracia de calidad y que funcione- y veremos una suerte de posdemocracia compuesta por un poco de todo: elecciones más o menos justas, autoritarismos de diversa índole, tecnologías e IA en lugar de discernimiento inteligente y políticos del tres al cuarto, entre otras cosas.
Los reportes revelan esas disonancias. El Informe de Desarrollo Humano del PNUD planteó el surgimiento de una “paradoja de la democracia” consistente en que, a pesar de que la población en pobreza nunca había sido tan baja y el desarrollo humano tan alto (sobre 193 países, 167 alcanzan niveles “medio” a “muy alto”), la desconfianza colectiva ha debilitado las normas esenciales, abriendo la puerta a autócratas convencidos, según recuerda Anne Appelbaum, de que “estaríamos mejor sin esas normas e instituciones”, como lo dijo sin pudor alguno Mussolini: “la verdad es que los hombres están cansados de la libertad”.
El problema, por consecuencia, es que tales informes no desentrañan dónde radica la contradicción en sus términos -democracia sí, pero también autoritarismo si hace falta- ni cómo resolverla para preservar sistemas abiertos y competitivos o para persuadir a la gente de que una cosa es votar libremente y otra muy distinta tener buen empleo, comida en la mesa y escuela de calidad para los hijos. Una cosa tal vez ayude a pavimentar el camino hacia las otras, pero nada las garantiza.
Eso, por un lado.
Por otro, la combinación de democracia y economía de mercado sugirió en el pasado que efectivamente podría haber una correlación. Samuel Huntington sostuvo que el futuro de la democracia dependería de dos factores -su adopción en culturas no occidentales y desarrollo económico- pero justo en el pliegue emergió la posibilidad de que entre ambos elementos no hubiera automáticamente una relación causa-efecto y había que preguntarse si el crecimiento produce democracia, si la democracia produce crecimiento o si tales componentes derivan de variables independientes. Este dilema es de la mayor importancia para entender lo que sucedió después.
Tras las distintas “olas” democráticas empezó a quedar claro que éstas ingresaban en fase de rendimientos decrecientes. Clases medias con expectativas y aspiraciones al alza pero insatisfechas; demandas sociales crecientes que generan una sobrecarga con baja capacidad de respuesta de los gobiernos; nuevos estilos de vida, entre otros sentimientos, que estaban desembocando en una democracia anómica, es decir un paréntesis en la regulación normativa habitual de la conducta social, donde en lugar de ser un proceso para construir propósitos comunes se convertía en campo de batalla irresoluble de intereses en conflicto.
Lo anticiparon bien Juan Linz y Alfred Stepan décadas atrás: cuanto más se crea que “alcanzar una política democrática hará que se obtengan todos los demás bienes, más grande será el desencanto final”.
Y allí estamos: atorados y confusos.
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