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Continúa el nearshoring a la inversa en México: Toyota se va de Tijuana a EU

Sigue el repliegue de armadoras bajo la presión de los aranceles, dejando a México con empleos en riesgo, competitividad erosionada y un T-MEC cada vez más débil

El anuncio de Toyota de trasladar la producción de la camioneta Tacoma desde su planta de Tijuana hacia San Antonio, Texas, con una inversión de 3,600 millones de dólares, confirma que el llamado nearshoring a la inversa avanza en México, bajo la presión de la política arancelaria de Donald Trump.

En Estados Unidos, el mandatario celebró la decisión como un triunfo de su estrategia de imponer un 25% de impuestos a los vehículos importados y a componentes no estadounidenses, incluso si cumplen con el T-MEC, lo que en los hechos convierte a México en un destino menos competitivo para la manufactura automotriz.

La salida de la Tacoma representa un golpe simbólico para la frontera norte y para la narrativa oficial que había colocado al país como plataforma exportadora privilegiada, mientras que en Estados Unidos se exhibe como prueba de que las empresas prefieren producir en territorio nacional.

Aunque Toyota mantendrá operaciones en Guanajuato con la fabricación de las SUV Sequoia y Tundra, el traslado de la Tacoma marca un precedente que amenaza con replicarse en otras armadoras, debilitando la posición de México en la cadena regional de valor. El caso expone las grietas del T-MEC y la vulnerabilidad de la industria mexicana frente a medidas unilaterales, al tiempo que refuerza el discurso electoral de Trump y su narrativa de “America First”.

Datos de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz (AMIA) señalan que la industria aporta alrededor de 4% del PIB nacional y 20.5% del PIB manufacturero, lo que refleja su peso estratégico en la economía. En el primer trimestre de 2026, pese a los aranceles de Estados Unidos, México exportó 795,631 vehículos ligeros, con un crecimiento interanual de 2.45%, y produjo 969,294 unidades, consolidando su papel como proveedor clave del mercado estadounidense, que absorbe más del 75% de las exportaciones mexicanas.

Sigue el éxodo de producción automotriz

El repliegue de Toyota no es un caso aislado. Honda anunció el traslado de la producción de su SUV HR-V, que se ensamblaba en Celaya, Guanajuato, hacia plantas estadounidenses, buscando blindarse frente a los aranceles del 25% y asegurar acceso directo al mercado norteamericano. Este movimiento golpea a una de las regiones automotrices más dinámicas del Bajío y refleja la vulnerabilidad de México ante decisiones unilaterales de Washington.

En paralelo, Stellantis, conglomerado que agrupa marcas como Jeep, Ram, Dodge y Chrysler, confirmó el desplazamiento de parte de su producción de pickups desde suelo mexicano hacia fábricas en Estados Unidos. La decisión responde a la presión de costos y a la necesidad de cumplir con reglas de origen más estrictas, debilitando la posición de México como exportador de vehículos de alto valor agregado.

La tendencia también alcanzó a General Motors (GM), que en 2025 anunció el traslado de la fabricación de la Chevrolet Blazer y la Equinox de gasolina hacia sus plantas en Tennessee y Kansas a partir de 2027. El movimiento, motivado por los aranceles y el encarecimiento laboral en México, prende focos rojos en estados como Coahuila, donde la industria automotriz es motor de empleo y exportaciones.

Incluso Nissan se ha visto obligada a ajustar su estrategia. Tras cerrar su planta de CIVAC en Morelos, la firma japonesa trabaja en reducir costos y reubicar parte de su producción en Estados Unidos, reconociendo que los aranceles hacen difícil vender ciertos modelos ensamblados en México. Este repliegue confirma que la política proteccionista estadounidense está reconfigurando el mapa industrial de Norteamérica.

La salida de Toyota, Honda, Stellantis, GM y Nissan hacia Estados Unidos dibuja un panorama de desindustrialización relativa en México, donde el nearshoring que antes atraía inversión ahora se revierte. El discurso de Trump se fortalece con cada traslado, mientras México enfrenta la pérdida de empleos, divisas y competitividad. El fenómeno del nearshoring a la inversa se consolida como una tendencia estructural que amenaza con redefinir la relación económica bilateral y exhibe las grietas del T-MEC.

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