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CINE: Moro num país canibal: sobre: "Macunaíma: el héroe sin carácter"

Carla Garduño 

                                                                            Subió a la construcción como si fuese máquina,
                                                                            Alzó en el balcón cuatro paredes sólidas,
                                                                            Ladrillo con ladrillo en un diseño mágico,
                                                                            Sus ojos embotados de cemento y lágrimas.

                                                                       Chico Buarque, “Construcción”

 

Durante los primeros segundos, Macunaíma: el héroe sin carácter revela las contradicciones que atraviesan la construcción de la identidad brasileña. Mientras aparecen los créditos, una marcha de tono militar proclama la gloria de los hombres que enaltecen la nación. Entonces, el silencio que rodea el murmullo del río Uraricoera se interrumpe por el grito de una mujer que da a luz al héroe de Brasil. Sin embargo, el ambiente está lejos de ser solemne: el maquillaje es caricaturesco, la escenografía es burda y el recién nacido es un hombre adulto que finge llorar con gestos exagerados. Desde su primera escena, la adaptación de la novela homónima, dirigida en 1969 por Joaquim Pedro de Andrade, deja claro que pretende ser incómoda, provocadora y absurda. ¿De qué otra forma se podría hacer una película que, en plena dictadura militar, cuestionaba la identidad nacional?

El héroe se llama Macunaíma, a pesar de que los nombres que empiezan con la sílaba “ma”, según las supersticiones, son de mal augurio. Su carácter, que dista de ser el ideal, se condensa en su frase recurrente “¡Ay, qué flojera!”. Sin embargo, guiado por su designio heroico y con la ambición como norte, inicia un viaje rumbo a la ciudad de São Paulo. Antes de emprender la aventura, el protagonista sufre una metamorfosis. Al tocar una fuente de agua, se convierte en un hombre blanco. Lo que para Macunaíma ocurre como un acto absurdo y casi accidental revela una realidad concreta del Brasil que se moderniza: el color de piel condiciona la manera en que los individuos pueden desenvolverse en la sociedad. Macunaíma no cambia de carácter, pero sí se transforma la manera en que el mundo lo recibe.

El filme de Pedro de Andrade surgió en una etapa turbulenta para el país. Cinco años antes de su estreno se había instaurado la dictadura militar y, al mismo tiempo que se intensificaban las políticas represivas y la violencia de Estado, el milagro brasileño estaba en marcha. El crecimiento económico impulsado por el modelo de industrialización de sustitución de importaciones se concentró en los centros urbanos como São Paulo y la recién creada Brasilia. Sin embargo, la bonanza se distribuyó de forma desigual entre los sectores de la población según la raza, la ubicación geográfica y el nivel socioeconómico. 

En ese entorno represivo y de ebullición social y política surgieron corrientes artísticas que se preguntaban por el rumbo del país, así como por su origen. En la música, el movimiento Tropicália, encabezado por Caetano Veloso, Gilberto Gil y Gal Costa, buscaba construir un sonido brasileño a partir de ritmos extranjeros como el rock y el pop. Asimismo, el Cinema Novo incorporó elementos del neorrealismo italiano y la nouvelle vague para retratar la realidad social del país. Estas manifestaciones artísticas comparten una genealogía ideológica que se remonta a los años veinte del siglo pasado y que se sintetiza en un concepto: la antropofagia. En 1928, el mismo año en que se publicó Macunaíma, Oswald de Andrade presentó el Manifiesto antropófago, base del modernismo brasileño que, a grandes rasgos, proponía devorar la cultura extranjera, asimilarla y transformarla para producir una expresión brasileña propia. 

Siguiendo los preceptos del modernismo, la novela se nutre con mitos sobre la creación del mundo y otras figuras provenientes de las mitologías indígenas, que mezcla en sus jugos gástricos con la tradición literaria europea. Por su parte, en la adaptación al cine, Pedro de Andrade engulle el libro para hacerlo dialogar con la realidad de su tiempo. En la forma, el lenguaje literario, plagado de enumeraciones que se aglutinan como mosquitos, palabras propias del portugués brasileño y cientos de referencias a la flora y fauna amazónicas son tragadas por el director y transformadas en colores estridentes, actuaciones exageradas y escenografías extravagantes. 

Asimismo, el filme hace constantes referencias al canibalismo. Tal vez las dos más relevantes aparecen durante los últimos minutos. El enemigo del héroe, Venceslau Pietro Pietra —magnate capitalista y encarnación del mítico gigante devorador de hombres Piamá— es comido por otros burgueses. Macunaíma lo empuja a la feijoada humana que el propio villano prepara. Más adelante, el protagonista regresa a la Amazonia, pero vuelve a holgazanear como al principio. Finalmente, a la orilla del río, Uiara, la sirena devoradora de hombres, lo seduce y lo reduce a alimento.

Macunaíma es, en toda su extensión, una metáfora de la antropofagia. En una época en que Brasil se devoraba a sí mismo en aras del progreso, Joaquim Pedro de Andrade deglutió y reinventó un clásico de la literatura para hacer una crítica de su tiempo: construir un país también implica la destrucción de aquello sobre lo que se levanta.

 

*Carla Garduño. Internacionalista por El Colegio de México e hispanista en formación por la UNAM. A partir de lo que ve, piensa las formas de narrar.
@la_carlaverita

 

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