La aspiración de la expresidenta de Chile Michelle Bachelet de ocupar la secretaría general de la ONU a partir de 2027 ilustra claramente que en política basta con cometer el primer error y todos los demás vienen como consecuencia. Repasemos las piezas.
De manera poco reflexiva, cinco semanas antes de terminar su mandato, muy debilitado políticamente y habiendo perdido las elecciones, el presidente Gabriel Boric presentó de manera oficial dicha candidatura sin haberla convenido (o al menos intentado) con su sucesor, José Antonio Kast, que para entonces ya era presidente electo. La lectura del nuevo gobierno fue que había sido una movida inoportuna, carente de tacto, y, peor aún, un auténtico albazo diplomático. Ese fue el primer error.
Ya en funciones, Kast lógicamente retiró el apoyo a Bachelet anticipando que la dispersión de propuestas latinoamericanas para esa misma posición y las diferencias en la política doméstica entre sus propios partidos la hacían “inviable” y fallida, como en efecto está sucediendo por ahora.
En esa deriva se cometió el segundo tropiezo: pretender introducir forzosamente la opción de Bachelet, ahora bajo el alero solitario de Brasil y México, las dos economías más grandes de la región pero que no tienen peso político real en el escenario global ni, mucho menos, en el laberíntico ecosistema de la ONU.
En el caso de México, además, era y es evidente no solo su actual debilidad internacional reflejada, entre otras cosas, en su penoso historial de huidas, fracasos y derrotas sufridas durante los gobiernos morenistas en las candidaturas presentadas tanto para el BID como para distintos cargos del sistema de Naciones Unidas (OMC, OPS, ONU Turismo y UNESCO) a las que ahora, de la mano del país mais ansioso do mundo, se sumará probablemente la de la ONU.
El tercer error fue de coherencia. Tan pronto surgió su nominación, los observadores especializados recordaron que Bachelet había declinado competir en 2022 para su reelección al frente de la oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU alegando "razones familiares y de edad" y su deseo de volver a Chile. Fue un mero pretexto. La cierto es que todo indicaba que habría salido derrotada. Medios como Foreign Policy, entre otros, enjuiciaron severamente la gestión de Bachelet argumentando que incumplió con su responsabilidad moral y política, especialmente en el caso de China, y que sus cuatro años de gestión estuvieron “marcados por una crisis de derechos humanos sin precedentes".
¿Con qué autoridad se le ocurrió presentarse ahora a la máxima posición en la ONU?
Finalmente, hubo ausencia de realismo y mal cálculo. Bachelet es uno de esos personajes cuya imagen ha sido muy sobrevaluada. Su biografía familiar la catapultó para su primera elección, pero su segundo gobierno resultó un fracaso total: bajo crecimiento, reformas políticas mal diseñadas y peor ejecutadas, y un discreto 39% de aprobación al final de su gestión. Fue un mandato, como apuntó José Joaquín Brunner, carente “de conducción política, de solidez técnica y de capacidad de gestión”. Y cometió, en suma, el grave error de darse un tiro en el pie y falsear el legado del Chile democrático al calificarlo como “30 años de abuso, oscurantismo y retroceso”.
Esa narrativa, conveniente a Bachelet, fue profundamente oportunista, falta a la verdad histórica y políticamente dañina para el progresismo chileno, para el gobierno de Boric y para la candidatura gobernante.
Si en efecto Bachelet resulta derrotada, será la terca confirmación de que en política frecuentemente el engaño es, más bien, autoengaño.
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