...

Información para decidir con libertad

Ayotzinapa en Berlín

Berlín es una ciudad llena de cicatrices. Algunas están en sus edificios, otras atraviesan sus calles y muchas permanecen en la memoria. Es una ciudad que aprendió, quizá como pocas, que recordar no es quedarse atrapado en el pasado, sino impedir que el olvido termine de consumar una injusticia.

Rosenthaler Straße es uno de esos lugares donde distintas memorias parecen encontrarse. En el número 39 funcionó, durante la Segunda Guerra Mundial, la fábrica de cepillos de Otto Weidt, quien empleó principalmente a personas judías ciegas y sordas y ayudó a varias de ellas a evitar la deportación, consiguiendo alimentos, documentos falsos y escondites.

Hoy, ese mismo patio es también un espacio de arte urbano.

A la derecha se despliega un mural de amarillos, naranjas, azules y morados. Rostros sencillos, trazados con la urgencia de quien teme olvidar una cara. Leo nombres. Benjamín Ascencio Bautista. Rosendo Radilla. Edmundo Reyes. Nombres que, conforme los leo, empiezan a resultarme familiares.

Continúo observando. Una mujer lleva una fotografía sobre el pecho. Es su hijo. Es una madre buscando a su hijo. No necesito saber más para reconocer la escena; dolorosamente, se ha vuelto demasiado familiar en México.

En el mural hay preguntas, retratos, cuerpos y nombres. Las preguntas están escritas en varios idiomas, como si el dolor necesitara traducirse para ser escuchado. "¿Dónde están?". "Lebend wurden sie uns genommen". "You took them alive. We want them back alive". Y, más abajo, "¿Quién dio la orden?".

Es una obra dedicada a personas desaparecidas. 

Aparece un autobús amarillo.

Entonces leo: “Nos faltan 43”.

Y arriba, una palabra: Ayotzinapa.

Entre las distintas historias de desaparición que reúne el mural, doce años después, Ayotzinapa sobresale inevitablemente. Es una imagen sobre la espera, la búsqueda y la resistencia a aceptar que una persona pueda simplemente desaparecer.

En Berlín, ciudad marcada por uno de los episodios más atroces de la historia, que conoce como pocas el silencio que dejan los ausentes, sobresale otra herida, más cercana en el tiempo y ocurrida a miles de kilómetros; la herida de nuestro México.

Un turista europeo, con la certeza de quien sigue los asuntos internacionales, sobre el caso mexicano dijo: “Hay algunos que dicen que fue el Estado; otros, que fue el narcotráfico”.

Quizá en esa duda esté una de las claves para entender no sólo Ayotzinapa, sino buena parte de la violencia que México arrastra desde hace años. No porque el Estado y el crimen organizado sean lo mismo, sino porque, en ciertos territorios y momentos, la frontera entre ambos se ha desdibujado.  Se infiltran, colaboran, se encubren, se sirven mutuamente. Donde uno termina empieza el otro, y a veces ya nadie distingue la línea.

Pero quizá lo más inquietante es que, después de doce años, podamos mirar Ayotzinapa y perder de vista la enormidad de lo que significa; 43 jóvenes que una noche dejaron de estar. 43 familias esperando. 43 lugares vacíos.

Y ni siquiera son sólo 43.

México tiene registradas más de cien mil personas desaparecidas y no localizadas. Detrás de cada cifra hay madres que buscan, hijos que esperan, familias que recorren hospitales, fiscalías, cárceles y, muchas veces, la tierra con sus propias manos.

Por eso resulta tan poderoso encontrar Ayotzinapa en Berlín. No porque las historias sean comparables, sino porque una ciudad que ha hecho de la memoria una forma de enfrentar sus propias cicatrices nos obliga también a mirar las nuestras.

Ayotzinapa, lejos de México, obliga a volver a mirar aquello que quizá, por cercano y repetido, hemos empezado a normalizar.

Tal vez porque hay heridas que no pueden convertirse en pasado mientras haya madres buscando, familias esperando y un país que todavía no puede responder dónde están.

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp