María Fernanda Marín
Para Lau, quien me regaló un libro y esta historia
Eran las once de la noche en la terraza de la casa de subastas cuando noté su sonrisa casi horizontal, antes de aspirar su cigarro. Su gesto encerraba una frustración contenida, pero se sentó conmigo a tomar el fresco, sin hacer conversación, antes de regresar a la oficina. Teníamos que revisar la última versión del catálogo para mandarlo a la imprenta. El hombre llevaba décadas tasando toda clase de obras de arte y antigüedades. Había visto pasar generaciones de catalogadores con poca sensibilidad para describir las piezas. Me he vuelto a encontrar con su tipo de sonrisa, de una paciencia forzada. Incluso he echado mano de la misma expresión cuando noto que a alguien le falta experiencia para analizar una obra y se da aires de grandeza.
Cuando terminé aquel primer catálogo de subastas, supe que tendría que leer y ver todo cuanto pudiera para entender qué tenía en mis manos. Y que necesitaría mucha paciencia. Porque no existe un solo método para determinar si la firma de Juan Cordero en una miniatura es auténtica. O si estás ante una copia de la mano de una pintora poco documentada, alumna en la Academia de San Carlos. Tampoco hay una única institución dedicada a estudiar la platería europea. Cada quien se forma como puede, en el sitio que la fortuna y la disciplina le concedan.
Para consagrarse como especialista, una opción es cursar un posgrado hiperespecífico. Pero ni siquiera esos estudios garantizan un contacto directo con los objetos de estudio, menos aún si éstos sobreviven desperdigados en colecciones privadas. Los conocedores de arte que encuentro más admirables no se han forjado únicamente con grados, sino con estudios autodidactas continuos y la discusión de sus hallazgos con otros colegas. Además, la mayoría ha tenido oportunidad de estar a un cuentahilos de distancia de obras que pocos han revisado así, a menudo por razones azarosas. Es misteriosa la forma en que se desarrolla un connoisseur. Se requiere de ganarle tiempo al mercado o a las instituciones, al igual que de conseguir recursos (tiempo, dinero, capital social) y construir credibilidad para expandir los estudios sobre una pieza.
No resulta extraño que, tras mi paso por las subastas, haya desarrollado una afición por las historias de conocedores de arte, en particular las de aficionados. No hay persona más empecinada en saberlo todo sobre un objeto que su devoto. El ladrón de arte de Michael Finkel me atrajo por su subtítulo, nada sutil para llamar la atención: Una historia real de obsesión y crímenes por amor a la belleza. Era el libro perfecto para saciar mi sed de drama. Sus páginas no me decepcionaron, por razones muy distintas a las que pude anticipar. Finkel es un periodista que ha cubierto temas tan variados como deportes, naturaleza, migración y conflictos bélicos para medios internacionales. Contra todo pronóstico, se obsesionó con un saqueador de museos europeos que acumuló más de 200 piezas a finales de los noventa, Stéphane Breitwieser. Entrevistó a los involucrados en su caso y revisó los expedientes judiciales.
Aunque el autor comprueba más de una vez la cleptomanía de su protagonista, también insiste en que el diagnóstico no es suficiente para explicar su condición. Breitwieser tiene más en común con la cándida —y menos costosa cuando no implica ediciones antiguas— bibliomanía. Tiene razón en presentar esta contradicción: ni los peritajes psicológicos han probado ser concluyentes. Todos juzgaron a Bretweiser como un hombre caprichoso, infantil incluso, pero de poco riesgo para la sociedad. Curiosamente, su codicia está emparentada con empresas históricas como la de Napoleón, quien abarrotó el Museo del Louvre con sus botines de guerra. Su hazaña carece de un impacto cultural similar o la sangre derramada, por supuesto.
Los robos de Breitwieser pudieron haber ocurrido en algún país latinoamericano, donde abundan los museos pauperizados, con montajes sencillos y un tanto deficientes, cámaras de vigilancia inservibles y pocos guardias con mínima preparación y mucha presión cuando incrementa el flujo de visitantes. Cuántos recintos en México resguardan joyas en condiciones lamentables. Lo mismo ocurre en todo el mundo: cuidar el patrimonio, sobre todo a los niveles local y regional, es un desafío. Breitwieser le tomó la medida a algunos museos e iglesias de Francia, Bélgica, Suiza, Alemania, Holanda, Austria y Dinamarca. Logró hacerse de un conjunto que incluyó: la Sibila de Cléveris de Lucas Cranach el Joven, la Alegoría del otoño de Jan Brueghel el Viejo, El pastor durmiente de François Boucher, Adán y eva de George Petel (la joya de la corona para el ladrón, una talla en marfil de la colección de Rubens), así como un excelso cáliz de plata, bañado en oro, con una concha de nautilus del siglo XVI (una de mis favoritas).
Breitwieser no hizo su colección para enriquecerse, sino por las características particulares de cada objeto, por el placer de poseer cada uno. Para llegar a ellos, consultaba catálogos (razonados, de subasta, de colecciones) y estudios monográficos. Conocía la procedencia de la mayoría como pocos. De todo llevó un registro minucioso y hasta logró impresionar a una curadora durante su juicio en Suiza, el país donde lo atraparon, al saber que una espada del siglo XVII del Cantón de Valais tenía una guarda posterior, del XIX. El trágico desenlace de este ladrón sui géneris no fue la cárcel. Tampoco su liberación después de cuatro años o su posterior captura por reincidencia. En su trama dos mujeres fueron clave en su declive psicológico, su pareja, Ann-Catherine Kleinklaus y, una persona más ominosa y perjudicial para la sociedad, su madre Mireille. También tuvo que ver una tendencia de Breitwieser al autosabotaje. No diré más, para evitar estropear el final a los lectores interesados.
En nuestros días, el caso está prácticamente olvidado. Resulta impresionante por los daños y pérdidas irreparables de pinturas de la colección, a causa de manos ajenas a su guardián. La madre, por salvar a su hijo en problemas —y por hacerle daño—, destruyó algunas piezas (aquí una laguna del libro: no sabemos cuáles).
El arte más sobresaliente de distintas épocas gozó de mayor atención y cuidado en el ático de la casa materna de Bretweiser, donde él vivía porque le costaba trabajo sostener un empleo. Sin embargo, pecó de exceso de confianza en sí mismo, como le sucede tantas veces a quienes se dedican a autentificar obras, y robó en un lugar donde ya lo habían descubierto.
A principios del siglo XIX fueron los connoisseurs como Karl Friedrich von Rumohr o Giovanni Morelli quienes determinaron, con una metodología casi empírica, la autoría de ciertas obras maestras, principalmente del Renacimiento. Ellos le disputaron a los teóricos hegelianos que las artes eran, sobre todo, forma y técnica, no sólo una expresión del espíritu universal o la idea absoluta. Así tendieron un puente con el formalismo del siglo XX. A pesar de la labor fundamental de los connoiseurs, su corriente devino en esoterismo hacia el final. Ahí está el ejemplo de Bernard Berenson en los días de su Villa I Tatti, en la cumbre de su carrera y asociado en secreto con marchantes. Quizá el impacto sociocultural de su labor termina por rebasar a los especialistas. Su personalidad se infla y salen a relucir sus aspectos más negativos. Acumular conocimiento sobre algo, a un alto nivel de sofisticación, conlleva ese riesgo.
Me he topado con montones de conocedores más bien charlatanes y a unos cuantos altamente preparados y con la brújula ética bien puesta. También me he encontrado con quienes se inclinan por usar sus dotes para favorecer al mercado o a sí mismos. No había tropezado con una figura tan limpiamente egoísta como el ladrón que presenta Finkel. Stéphane (su apellido lo olvidaremos) admiraba su cajita de tabaco decorada por Jean-Baptiste Isabey en su guarida secreta, alejado de la fama, el prestigio y el dinero. Se arriesgaba a tomar la belleza para sí cuando sentía un flechazo. Un coup de coeur, como lo llamaba él.
*María Fernanda Marín. Curadora, escritora y editora de arte. Colabora en medios como la Revista de la Universidad de México y Nexos, además de coordinar exposiciones para instituciones y galerías.
@marifermargar
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