María Fernanda Marín
Por casi una década, tuve a Juan Emar en mi lista de lecturas pendientes. Sabía que había sido un crítico de arte vanguardista y conocía algunos de sus dibujos. Si me hubiera enterado antes de que, además, escribía ficción y era poco conocido fuera de su natal Chile, le habría dado la prioridad necesaria. Pero pospuse su lectura hasta que me lo encontré en librerías el año pasado, en la edición de Debolsillo de sus dos noveletas Ayer/Un año. El prólogo de Alejandro Zambra me ofreció una hipótesis sobre la llegada tardía del autor, al parecer, a todas partes: Emar escribió para el futuro y quizá sus lectores ideales todavía no han nacido. A su parecer, ésta es una de las razones por las que está lejos de ocupar el lugar adecuado en el canon de la literatura hispanoamericana.
En una segunda introducción del libro, Juan Pablo Villalobos me hizo notar que, antes del comercio en línea, habría sido casi imposible llegar a Emar, un excéntrico, uno de sus “raros”, junto con Pablo Palacio o Manuel Puig. Y es que la autopublicación y, poco después, el ocultamiento de su escritura hasta su muerte, cancelaron la posibilidad de que su obra circulara por Latinoamérica. El escritor le apostó al rumor de boca en boca, a partir de quienes han rendido culto a sus páginas.
En 1923, Álvaro Yáñez Bianchi se dio a conocer en el diario La Nación como el crítico Jean Emar, del francés J’en ai marre, “estoy harto”. Doce años después, publicó Ayer en su editorial Zig-zag y sólo tiró diez ejemplares. En 113 páginas, la novela cuenta en pasado los paseos de un hombre y su esposa en la ciudad de San Agustín del Tango, que ocurrieron el día inmediatamente anterior.
La mañana del protagonista comienza con un asesinato público —habría sido en extremo aburrido llenar una novela de sucesos menos dignos— que suscitó un debate entre religiosos y juristas. El sentido del humor aparece pronto: el condenado mereció la amputación del miembro pecaminoso (la cabeza), por difundir sus pensamientos impúdicos sobre el coito matrimonial.
La aventura de entrada nos conduce a un viaje irracional, uno que no delira en la fantasía porque busca aterrizar en la divagación filosófica. Las situaciones están fuera de la realidad, como un coro de monos cinocéfalos que cantan mientras gravitan hacia el sol y luego descienden a los infiernos. O como el avestruz que engulle una leona y luego la defeca desollada. Para contrarrestar su inverosimilitud, el narrador nos envuelve con un discurso interno de atención obsesiva sobre lo que ha vivido y mucha especulación, casi siempre sobre el tiempo:
yo seguía formulando mis pensamientos y recuerdos con la velocidad habitual y lenta de los ciudadanos de San Agustín del Tango en el día de ayer, que era la misma habitual y lenta velocidad de anteayer, de hoy y de mañana, de todos los siglos sucediendo desde Adán y de todos los que quedan por suceder hasta que el último se consuma. En cambio, el espectáculo presenciado y evocador de mis recuerdos regíase por velocidades insólitas, no velocidad de humanos, sino de veloces leonas aceleradas (...)
Sin importar la inteligencia y veracidad en las palabras, siempre alcanzan el absurdo y el recorrido continúa por un escenario igual de descabellado. Por ejemplo, por el taller del pintor Rubén de la Loa, quien custodia toda clase de plantas y pantallas de distintos materiales para enverdecer el espacio. Ahí se dedica a pintar lienzos, de donde surgen todos los verdes —algunos invisibles— que equilibran todo el rojo caótico del universo.
A pesar de los disparates, los personajes comen, en dos ocasiones, un vasto menú de cuatro tiempos en el restorán de la Basílica. Porque no hay que olvidar que los acontecimientos ocurrieron en un día.
Arrollado de chancho.
Caldillo de congrio.
Cochayuyo con cebolla.
Picarones en chancaca.
Después de varias lecturas, caí en la cuenta de que el estilo de Ayer toma distancia de la poesía en español, en forma y referencias, una verdadera anomalía en una tradición tan imponente como la chilena. Emar acaso podría tener vasos comunicantes con el Vicente Huidobro más vanguardista, el del creacionismo y los pictogramas. Por supuesto, también con la poesía francesa, por eso el Conde de Lautréamont y Charles Baudelaire siempre salen a colación en los estudios académicos. Pero el verso y la musicalidad quedan fuera de una prosa pictórica, antisolemne e intelectualmente densa. El protagonista de la historia incluso lanza unos zarpazos a los malos poetas, a propósito de su intento por capturar la esencia de un señor barrigón:
Soy mal poeta: rondaré a su alrededor, cruzaremos otra palabra, atisbaré sus gestos en el café, en el tranvía, en la calle, cuando está solo o con amigos, con su mujer, con su chico, cuando pasa una muchachita roja (...) Y llamaré a mí, vagamente, vagamente, ahí en esa región intermedia entre la conciencia y la subconsciencia, a muchos vagos escritores de tiempos vagos.
La comicidad y el ingenio no habrían sostenido un proyecto tan ambicioso; siempre hace falta la sensibilidad humana en un relato. Temas como el amor y las relaciones Emar los trata con la lente del surrealismo. Su protagonista añora el “espíritu grande, trascendental y generalizador” de la esposa de su devoción, a quien sólo dedica palabras dulces. El matrimonio une la capacidad de abstracción silenciosa y vital de la mujer con la duda interminable y pesimista del narrador.
Una lectura feminista no daría un diagnóstico muy favorable; sin embargo, el estatismo de la dama no la deja sin cualidades intelectuales —y eso lo vuelve tolerable. Y, feminismo aparte, ¿hay algo más romántico que dos mentes unidas y complementarias? Los esposos trepan un olmo gigantesco, temblorosos, mientras los animales furiosos los acechan y juntos “esperan en ese instante todos los manvantaras de que aún constan [sus] ciclos, [sus] sistemas y lo que siga”.
En la médula del libro también está la teoría psicoanalítica. Una visita a la casona familiar del personaje principal sirve como pretexto para desarrollarla. El miedo que le desata a nuestro hombre una apuesta burlona entre los miembros de su clan lo conduce a una pregunta central: “¿y cabe concebir un hombre sin inconsciente y más allá de todo instinto?”. Al final de la escena hay un remate: el padre, con un sombrero de hongo salido de una pintura de René Magritte, se despide de su hijo, no sin dejarle claro que no debe hacerle preguntas de ningún tipo. Quizá esta parada sea la menos extravagante y más perturbadora —aunque divertida— de la trama.
¿En qué momento podemos decir que todo transcurrió ayer? El pasado del recuerdo, el presente de los hechos y las distracciones, los planes futuros: todo confluye, a veces en milésimas de segundo. La propuesta de Emar amalgama el arte visual con la narración para darle vueltas al tiempo y para comprimirlo y dilatarlo a su conveniencia. Cerca del desenlace, el personaje entra en crisis frente a un mingitorio duchampiano donde se para una mosca y debe tomar la decisión de rociarla con su orina o no. Va y viene sobre lo que pasó en su día hasta que no le queda más que volver a su casa y recostarse en su cama.
La novela podría resumirse en siete cuadros (o en más, pero Emar preferiría la síntesis), según los escenarios que transita la pareja en su día: la plaza de la guillotina, el zoológico, el taller de pintura, la sala de espera, el palacete familiar, el baño de la Taberna de los descalzos y la recámara. A lo largo de esas cinco estaciones, el narrador se queja de que no puede dibujar. Sabe que las imágenes concentran significados potentísimos, mientras que la prosa permite la minucia y la expansión desordenada y necesaria de las ideas. Sin arruinarle el final a nadie —aunque no creo en los spoilers— adelanto que dos trazos redondean la historia. No podía ser de otra manera: la escritura de Juan Emar se desbordaba en imágenes. El hombre vio en su bola de cristal la vitalidad de sus referencias en el arte posmoderno (o, nunca mejor dicho: posvanguardista) y otros porvenires que no me atrevo siquiera a elucubrar.
*María Fernanda Marín. Curadora, escritora y editora de arte. Ha colaborado en medios como la Revista de la Universidad de México y Nexos, además de coordinar exposiciones para el MUNAL, el Museo Franz Mayer y el Estudio Pedro Friedeberg.
@marifermargar
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