Nadie te advierte. Eso es lo que más me molesta. Tienes veinte años, tienes treinta, y todo el mundo te habla del futuro: del trabajo, del amor, de lo que vas a ser. Nadie se sienta contigo y te dice: "Oye, a los cuarenta tu cuerpo va a empezar a mandarte notificaciones que no puedes silenciar". Nada. Llegas solo. Sin manual. Sin garantía. Como si te entregaran un coche usado y la cajuela ya viniera llena de problemas que el dueño anterior nunca reportó.
El primero que llega es el ruido. No música, no tinnitus: crujidos. Te levantas de la cama y suenas. Suenas como cuando pisas el piso de madera de una casa vieja a las tres de la mañana. Rodillas, cadera, espalda baja. A veces el cuello. Una vez, sin exageración, me tronó algo al agacharme a recoger una servilleta. Una servilleta. Y lo más humillante no es el sonido: es que ya no te sorprende. Ya lo asimilaste. Ya es parte del ritual de la mañana, entre el café y revisar el celular.
Luego está el sueño, que dejó de ser descanso y se convirtió en una negociación mal llevada. Antes caías en la cama y desaparecías ocho horas. Ahora te despiertas a las cuatro de la madrugada sin razón aparente, perfectamente lúcido, con energía suficiente para resolver problemas que no existen todavía. El cerebro a los cuarenta no duerme: administra. Hace inventario. Recuerda la cosa incómoda que dijiste en 2014. Calcula si alcanza para fin de mes. Y cuando por fin vuelves a dormirte, son las seis, y el despertador suena a las siete, y arrancas el día con la sensación de haber peleado toda la noche sin ganar nada.
El cuerpo también empieza a tener opiniones sobre la comida. Opiniones fuertes. Antes comías lo que querías, cuando querías, en la cantidad que querías, y no pasaba nada. Ahora hay alimentos que te cobran al día siguiente. El queso a las once de la noche: mal negocio. El picante en ayunas: peor. El café en exceso: pleito garantizado con tu estómago a media tarde. Y lo que más duele no es la gastritis ni el reflujo: es que ya no puedes fingir que no sabes. Ya sabes. Comes la quesadilla de madrugada sabiendo perfectamente lo que viene. Y la comes de todos modos. Porque a los cuarenta uno ya entiende que la dignidad tiene límites, y uno de esos límites tiene forma de tortilla.
Y está la recuperación, que es la parte que nadie menciona en serio. Antes jugabas fut, te caías, te levantabas y seguías. Ahora te caes —o te tuerces, o cargas algo mal, o duermes en mala posición— y eso tiene consecuencias que duran días. Días completos. Yo una vez me lastimé la espalda estornudando. No cargando algo pesado, no haciendo ejercicio: estornudando. Y estuve tres días moviéndome como si pidiera permiso a cada músculo. Tres días recordándome que el cuerpo ya no es el aliado incondicional de antes: ahora tiene sindicato. Negocia. Pone condiciones.
Pero aquí viene la parte que no te esperabas en un texto así: uno aprende a escucharlo. No por disciplina ni por conciencia corporal ni por ninguna de esas frases que venden en retiros de bienestar. Sino porque no queda de otra. Porque cuando el cuerpo habla a los cuarenta, habla fuerte. Y el que no escucha, paga. En médicos, en días perdidos, en ese dolor sordo que aparece a media reunión importante y te recuerda que eres humano en el peor momento posible.
Así que no, nadie te advierte. Pero yo sí te lo digo: a los cuarenta el cuerpo deja de ser tuyo del todo. Se vuelve una sociedad. Tú pones las decisiones; él pone los límites. Y si aprendes a negociar bien, la cosa funciona. Si no, cruje. Literalmente.
