Luis Mendoza Vega
Sin planearlo, leí sobre la muerte en esta temporada de Muertos. Cliché del destino, tal vez. Mar de piedra, segunda novela de Aura García-Junco, publicada en 2022 por Seix Barral, propone una Ciudad de México donde aparecen misteriosas estatuas sobre la avenida Madero, una de las calles más emblemáticas del Centro Histórico. Su origen parece vinculado con el suicidio, pero también con las desapariciones: metáfora de una crisis que pesa sobre el país.
El fenómeno propicia, además, una lógica inquietante: cuando alguien desaparece y su figura surge hecha piedra, las autoridades cierran toda investigación. Lejos de ofrecer certezas a los deudos, la efigie se convierte en pretexto para suspender la búsqueda y el acceso a la justicia. Una pregunta atraviesa así las más de 250 páginas: ¿qué Medusa mexicana petrifica a los desaparecidos?
Hasta donde se puede ver, las estatuas ocupan toda la avenida, cubren el pavimento, originalmente destinado a los automóviles. Su presencia tiñe de gris el espacio. Gris: el ánimo que se respira, como de cementerio, como de naufragio, como de escombros.
México fue el primer país en presenciar la aparición de estas estatuas a principios del siglo. De manera paralela, se extiende una religión relacionada con la cultura polinesia. Sus seguidores utilizan mattangs, mapas elaborados con ramas y conchas que supuestamente revelan el destino. Frente a ellos están los escépticos, conocidos como antipo. Entre éstos se encuentran Sofía y Ana.
La novela transcurre en 2025. Sofía es profesora universitaria especializada en Oceanía. Mantiene una relación con Ulani, una de sus alumnas, mientras arrastra el duelo por Eloísa, amiga petrificada en 2011. Ana, estudiante de 18 años, vive en un entorno familiar marcado por resentimientos y abusos. Huye de casa y se refugia en el edificio donde vive su jefa, precisamente en el departamento que ocupó Eloísa. Luciano, de 35, cree en la nueva religión. Tras una ruptura amorosa, cae en el alcoholismo. Cuando conoce a Ana intenta conquistarla, pero sus rechazos desencadenan conductas violentas. De este modo, el relato explora distintas manifestaciones de la pérdida y la culpa.
La piedra, esa excusa conveniente para dejar de buscar a quienes no importan, o a quienes importaron, pero dejan de hacerlo por su traición suicida.
Mientras Ana y Luciano se conocen, Sofía investiga a Kaula Aranda, un artista vinculado tanto con la nueva religión como con la muerte de su amiga. Así descubre que Luciano reconoce la estatua de Eloísa desde niño, antes de su supuesta desaparición: indicio de que detrás podría haber un crimen. El final abierto impide confirmarlo. Como los moáis de la Isla de Pascua, colosos cuya presencia visible sugiere algo más enterrado, la trama exhibe apenas una porción de los secretos que determinan el destino de los personajes.
El universo distópico concebido por García-Junco encuentra su mayor fuerza en la dimensión simbólica de las estatuas. En sus agradecimientos señala que comenzó a escribir la novela a finales de 2016, gracias a una beca de la Fundación para las Letras Mexicanas (mismo año del estreno de Moana, la película de Disney ambientada en la cultura polinesia. La coincidencia resulta llamativa, casi como un detonador cultural).
La premisa adquiere resonancia frente a la crisis de desapariciones en México. Sin embargo, ésta funciona, en buena medida, como telón de fondo, porque el relato concentra su atención en el trauma. No es que estas experiencias carezcan de una dimensión política; por el contrario, constituyen algunas de sus consecuencias más profundas. El problema reside en que las estructuras institucionales y sociales que permiten su normalización permanecen relativamente desdibujadas. El Estado aparece sobre todo a través de sus disposiciones legales, mientras que las víctimas y sus allegados cargan con el peso de la emergencia.
Por supuesto, no se trata de exigirle a la ficción una denuncia explícita, sino de preguntarse qué sucede cuando un problema tan grave sostiene un universo narrativo sin un desarrollo pleno en él. García-Junco plantea un orden social alterado por un acontecimiento extraordinario, aunque no ofrece los elementos necesarios para comprender sus repercusiones culturales. La literatura no está obligada a reproducir las condiciones del mundo, pero sí a establecer una lógica que vuelva convincentes sus transformaciones.
La novela combina un estilo indirecto libre, diferencias tipográficas entre pensamientos y acciones, así como reproducciones de entradas de libros, revistas y chats. No obstante, esta diversidad de discursos no siempre se traduce en una diferenciación efectiva: los personajes comparten voces algo similares. A estas dificultades narrativas se suman descuidos de la primera edición, entre ellos erratas y fallas de continuidad: alguien olvida su teléfono y, poco después, revisa fotografías en él.
La construcción moral del narrador genera más dudas. ¿Por qué recrimina en algunos personajes una conducta que parece tolerarse en otros? En lugar de permitir que sus contradicciones se manifiesten mediante las acciones y sus consecuencias, la narración parece anticipar el juicio que corresponde emitir sobre ellos.
La propuesta de Mar de piedra, imaginar una forma visible para el dolor y la ruindad de este siglo, no deja de ser llamativa. El libro propone una respuesta a una violencia para la que las palabras parecen insuficientes: hasta las piedras en este país gritan.
*Luis Mendoza Vega. Poeta y crítico literario. Miembro y colaborador de Criticismo y secretario de Péndola. Redes y Revistas. Autor de la plaquette Pájaro de sal (2026, Crisálida Ediciones).
@eromenopatroclo
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