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ENSAYO: El umbral y la gracia

Oswaldo Gallo Serratos

Simone Weil fue, según quienes la padecieron y quisieron, una alumna insoportable de tan brillante. Estudió con Alain y fue compañera de generación de otra Simone, de Beauvoir; aprobó la agregación de filosofía, se dedicó un tiempo a la docencia y, en vez de resignarse al prestigio que prometía su carrera como académica, se fue a trabajar de obrera a una fábrica de Renault, convencida de que no se puede escribir sobre el sufrimiento ajeno desde la cátedra. Luego marchó a España cuando la Guerra Civil, donde una olla de aceite hirviendo le arruinó un pie y le ahorró, por torpe, la gloria del fusil. Murió en 1943, en un sanatorio inglés, a los 34 años, por negarse a comer más de lo que recibían sus compatriotas bajo la ocupación de Francia. Habrá quien  llame anorexia a eso y habrá quien lo llame santidad; ella hablaba de coherencia.

Cuento esto porque su pensamiento no se entiende sin su vida. Weil es una maestra cuando se trata de desarmar la moral de la beneficencia. Su pensamiento exige, en términos sociales, un desalojo previo, que el yo deje de ser el sujeto de la caridad y se vuelva apenas su vía de paso: “No hay que socorrer al prójimo por Cristo sino con Cristo”, sentencia en La gravedad y la gracia. La distinción funciona como bomba de tiempo bajo el ego del benefactor, incluso del más piadoso, porque la devoción nunca está a salvo de la vanidad. Frente al filántropo de gala y a la señora de las colectas, frente a la gente que ayuda con el yo por delante y, a veces, con la fe por delante, como estandarte, Weil pide lo contrario: desaparecer; ser apenas “un intermediario entre la tierra inculta y el campo labrado, entre la página en blanco y el poema”. La caridad en su versión más alta se parece más al oficio del vidrio que al protagonismo de los circunceliones: dejar pasar la luz sin quedarse con ella.

Esa desaparición tiene un nombre en su obra. Weil dedica no pocas páginas a hablar de la atención, que se cultiva en una práctica paradigmática: “En la oración no hay que tener presente ninguna cosa particular. Nuestro papel consiste en estar de cara a lo universal”. Quien haya intentado rezar —o no vayamos tan lejos: mirar un paisaje sin más estímulo que él mismo— sabe que la dificultad no está tanto en pedir sino en callarse. El creyente de a pie reza como quien presenta un pliego petitorio, pero Weil propone algo más radical y menos negociable, que es plantarse de cara, sin pedir nada, como se pone uno frente al mar. Una oración sin lista de compras y, por lo mismo, tremendamente más difícil.

Y es que el cristianismo, dice, no busca “un remedio sobrenatural contra el sufrimiento, sino un uso sobrenatural del sufrimiento”. Aquella superstición del ‘todo pasa por algo’ con que el catolicismo de sobremesa ha consolado y ofendido a generaciones choca de frente con esta idea, por tratarse de un analgésico disfrazado de teología. Promete que el dolor tiene un guión secreto, que alguien lo escribió con buenas intenciones y que basta esperar el desenlace para entender la jugada. Weil, que conocía la fábrica y la enfermedad y a los vencidos de todas las guerras, desconfiaba de esa contabilidad piadosa. Llamaba “desgracia” a ese dolor que aplasta, que no enseña nada y que degrada a quien lo padece hasta volverlo ajeno a sí mismo, y se negaba a ponerle moraleja. Su cristianismo no consuela porque no miente: ni retira el sufrimiento ni lo disculpa, y mucho menos pide a nadie que lo agradezca. Afirma, más bien, que el dolor, real, brutal y a menudo inmerecido puede convertirse en un lugar de encuentro, el sitio imposible donde la persona y Dios coinciden en la misma ausencia. 

Weil sospechaba del yo con una desconfianza casi policiaca. Aspiraba a lo que llamó, con un término de rigor casi quirúrgico, “decreación”: deshacer en uno mismo lo que el orgullo se empeña en afirmar. En una época como la nuestra, obsesionada con la marca personal y el relato de sí, donde hasta la contrición se publica con filtro y el duelo busca audiencia, esa sospecha resulta tan incómoda como necesaria. Nunca se bautizó, por cierto, y no por tibieza. Se quedó en el umbral de la Iglesia por solidaridad con los que estaban afuera, los incrédulos, los desheredados, los que nunca serían invitados a pasar. Quizá en ese umbral esté el secreto de su vigencia: quien se queda en la puerta tiene algo que decir a quienes entran y a quienes salen, y por eso su voz encuentra hogar entre creyentes y escépticos.

*Oswaldo Gallo Serratos. Filósofo y académico interesado en la intersección entre la epistemología de la religión y la crítica de la cultura. Jardinero, lector y católico de ortodoxia queer.

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