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HISTORIA: Heidegger y Dreyfus frente a la máquina que piensa

Ángel Jaramillo Torres

En 1965, Hubert Dreyfus escribió para la RAND Corporation un memorándum titulado Alchemy and Artificial Intelligence. Pocos le hicieron caso. Muchos creían que la mente era un sistema de símbolos y reglas. Bastaba con programarla para reproducirla en el mundo. Dreyfus sostuvo lo contrario, apoyándose en el filósofo alemán, Martin Heidegger. Para el autor de Ser y tiempo, comprender no consiste en manipular representaciones de un mundo, sino en estar inmerso en él con un saber práctico que nunca se agota en fórmulas. Un martillo no se contempla: se usa. Ese trasfondo de costumbres, destrezas y contextos es lo que una máquina de reglas no logra capturar.

Aunque algunos han criticado la ‘domesticación’ que ha realizado la Escuela de Berkeley del pensamiento de Heidegger, vale la pena considerar lo que sugiere Dreyfus sobre la relación entre el ser humano y la inteligencia artificial (IA). El filósofo estadounidense desarrolló su intuición en What Computers Can't Do (1972) y en su secuela de 1992. El maestro de ajedrez o el médico experimentado no siguen un algoritmo explícito, sino que responden con una destreza que se afina con la práctica y el cuerpo. Las redes neuronales, que aprenden de la experiencia en lugar de reglas escritas a mano, parecieron darle la razón. Pero Dreyfus no era ingenuo: habría sostenido que incluso estos sistemas carecen de un cuerpo que enfrente la resistencia del mundo y de una preocupación por aquello que le importa al ser humano histórico y encarnado en el mundo.

El debate actual sobre los modelos de lenguaje se suele dividir entre quienes anuncian una inteligencia general inminente y quienes los despachan como ‘loros estocásticos’. Heidegger y Dreyfus ofrecen una vía más incómoda: la pregunta relevante no es si la máquina imita al humano, sino qué clase de mundo produce y qué lugar nos asigna en él. Aquí aparece la otra gran aportación de Heidegger, en su escrito clásico, La pregunta por la técnica (1954). Para él, la técnica moderna no es sólo un conjunto de herramientas: es un modo de revelar el mundo, el Gestell o emplazamiento, que convierte ríos, bosques y personas en existencias disponibles para ser optimizadas. Los datos y la atención que alimentan la IA encajan demasiado bien en esa lógica del uso pragmático de la naturaleza.

Por eso conviene incorporar a ambos autores al debate de tres maneras. Primero, para exigir precisión sobre qué entendemos por comprender.  La fluidez verbal no es juicio. Segundo, para tomar en serio la dimensión práctica y corporal en los sistemas que actúan en el mundo, como vehículos autónomos o robots de asistencia. Tercero, para preguntar no solo qué puede hacer la IA, sino qué forma de vida organiza. En 1966, Heidegger declaró a Der Spiegel que sólo un dios podría salvarnos. No comparto ese pesimismo, pero sí creo que la respuesta a este problema debe ser filosófica antes que técnica.

*Ángel Jaramillo Torres. Escritor, internacionalista por el Colegio de México y doctor en Ciencia Política por la New School for Social Research. Es miembro del Consejo Consultivo de Letras Libres y miembro del Comexi. Su más reciente libro es Donald Trump y la Rebelión en la Granja (Penguin Random House, 2026).
@AngelJa66608581

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