Jorge Mejía Rivero
En alguna entrevista, declaró Sabina Orozco que comenzó a hacer poesía antes de introducirse a las narraciones, una experiencia común entre quienes se dedican a escribir. Sin embargo, la trayectoria de Orozco sugiere una vocación más cercana a la narrativa, incluso con su visible voluntad heterogénea. Cosas que no contaré a mis padres (Malabar, 2023), su primer libro de poemas, se encuentra en medio de su colección de cuentos La lengua de los osos polares (Osa menor, 2021) y su novela Malas decisiones (Tusquets, 2025). Aun cuando haya quienes pretendan separar narradores de poetas y viceversa, no creo que esto represente una escisión lateral de la labor de Orozco, como si establecieran dos identidades escritoras, la narrativa y la poética, antes bien, permite vislumbrar, más que una voz o un estilo, el proceso de escritura que media entre ellos. Es decir, no aquello que las unifica: lo que las comunica.
Desde un principio, el título sugiere una relación de complicidad con su lector ubicada en el fino espacio del secreto, sin la sombra moralista o aleccionadora de la confesión. Este tono personal, de voluntaria comunicación, se sostiene durante cada uno de los poemas. Desarrollados alrededor de la experiencia desamorosa y el duelo, los poemas orbitan un amor que, si no imposible, se demuestra quebradizo, incapaz de sostenerse, acaso estéril. La expresión de estos poemas, sin embargo, no se funda en el despecho, sino en una tristeza reflexiva (no melancolía) que busca desprenderse del pasado: la familia, los desamores, las ideas que confundimos con nosotros. Por ello, insisto, no es el despecho lo que mueve estos poemas, pues no pretenden conjurar la ausencia, en su lugar proponen, con las dificultades que comporta, realizar un exorcismo en la memoria, esa casa de fantasmas: “Hay algo en mí que no soy yo”. Por supuesto, el proceso del desprendimiento conlleva ciertos grados de dolor, la dificultad de este abandono consiste en que no salimos de aquello que nos hunde porque lo confundimos con un hogar:
Me cuesta trabajo sacar de este pantano
lo que en verdad quiero decir,
ahogarme con mi propia saliva,
gritar que te odio
y desaparezcas
cuando en realidad tu nombre
es de los pocos sonidos
que alcanzo a pronunciar
desde el lodo que soy.
A lo largo de Cosas que no contaré a mis padres, los poemas se cuentan desde un yo que construye una ventana hacia la intimidad. Hacen una invitación a asomarse por la ventana, a asumir un rol de voyerista, cómplice de la experiencia. Admito que asumir este papel como lector no es lo que más disfrute y que me genera cierto grado de incomodidad, pero creo también que ése es uno de los logros del texto: desviar el desapego formal de la lectura. Esto no llega al grado del involucramiento: sí al de la implicación. Para Orozco, esta forma oblicua de la comunicación, cuyo único filtro es la distancia, no es desconocida. En otros momentos ha explorado con narrativas alrededor de un yo que parece confundirse con la propia Sabina Orozco, lo que lleva a la experiencia de lectura a este territorio de expectación y asomo hacia la (supuesta) personalidad.
Dentro de este espacio íntimo, los poemas exploran la sensación de suciedad y asco que acompaña, tan viva como nosotros, los procesos de autoexploración y autoconsciencia. “He permitido al desorden/ acurrucarse en las esquinas,/ dar vueltas sobre empaques de galletas…”. A pesar de esto, afortunadamente no caen en la autoindulgencia, aunque tampoco alcanzan un estado autocompasivo. Es decir, Cosas que no contaré a mis padres se encuentra más interesado en el proceso que en el principio o el fin de esta depuración de una identidad impuesta. Se gesta desde un yo que busca, como hace la tarántula al mudar de esqueleto, desprenderse de la máscara que nos impone aquello que confundimos con nosotros y que avanza, acaso con la intención de hallar un rostro auténtico, “con la intención de despedirme/ de la que antes era yo”. El trabajo interior, sin embargo, se nombra en el exterior. No son pocos los poemas alrededor de las realidades domésticas, en torno a la cotidianidad de un sillón, sábanas, fotografías, algún electrodoméstico, libros de otros. De algún modo muestra que el trabajo de la limpieza es sucio: “El desorden me lame los tobillos,/ recorre mis piernas/ celoso de que pueda seducirme/ la vida que una vez existió afuera.”.
Por momentos, es posible hallar poemas que evocan un ligero erotismo, levísimo, apenas perceptible, como si la propia voz poética deseara desconocerlo. Destaco esto porque me da la impresión de que se concentra alrededor de una zona particular del cuerpo: la espalda, ese espacio “que cercan los omóplatos,/ parque abierto/ a la tibieza/ de sus juegos”. Si Cosas que no contaré a mis padres se construye alrededor de un yo que, precisamente, le quiere dar la espalda al pasado, a aquello que ata la experiencia a una repetición irredimible (“formas de decirte/ que intento poner en otros”), tiene sentido que ese mismo pasado, para no extinguirse, se manifieste con dulzura en la espalda, donde uno mismo no se puede ver ni acariciar, y la voz de otro puede producir escalofríos. Por mayor flexibilidad que tenga un hombro, siempre hay un punto que se escapa y es ahí, de no tener a alguien presente, donde el pasado se aferra como el percebe en el caparazón de la tortuga hasta parasitarla por completo.
Aun cuando el libro se divide en cinco partes, los poemas logran comunicarse de manera efectiva y constante. Esta comunicación no consiste en la repetición de algún leitmotiv, sino en la aparición de ciertos elementos que se unen desde su temática (familia, desamor, tristeza) pero que no son la temática exacta del poema. Creo que si algo unifica en realidad estos poemas es la sensación de la incomodidad, la incapacidad para conectar con un mundo enfermo, incluso cuando la enfermedad igualmente nos doblegue:
Debería venderse una pastilla
que elimine a las familias…
La pastilla lograría silenciar los ladridos
de los perros abandonados
por la vecina cuando va a la iglesia.
Poncharía las voces de los niños
que juegan en la calle.
Aplacaría el deseo de pedir otros cuerpos
en lugar de comida a domicilio…
La pastilla me desobligaría
de atender mi soledad,
sábanas matrimoniales
ondeando en la azotea
desgastadas por el uso,
menos blancas.
Esta incapacidad de conectar (aunque sería mejor con-vivir) con el mundo tiene asimismo como consecuencia hallar puntos de encuentro donde no los hay, a veces resignadamente. Relaciones que se mantienen a flote sólo por la ambigüedad (“Lo nuestro/ si es que tenemos algo más”) y cualquier noción de intimidad se pone en duda: “Me pregunto si hay un secreto por revelar/ en la anécdota que contaste por teléfono,/ si haber llorado/ después de ver esa película/ nos une de alguna forma”. Los versos, en este sentido, se vuelven esa ventana a la intimidad que la voz poética desea. Más que brindar el poema como experiencia, el poema comparte una de sus formas específicas que, a su modo, su lector ya ha podido experimentar: la soledad. Sin embargo, cabe aclarar que la soledad es en sí misma incomunicable, lo que comparte es la conclusión después del fracaso de cualquier relación. A pesar de esto, los poemas mantienen un tono más sugerente que sugestivo, no buscan el efecto súbito de la inmediatez, sino envolver de manera pausada la experiencia de lectura.
Esta capacidad de sugestión, sin embargo, se tambalea en ocasiones. No es que se vuelva extremadamente directa y quiera exudar sinceridad, sino que los versos dan la impresión de estar demasiado calculados, como si se estuvieran construyendo alrededor de un solo verso o de la idea final, aun si no son frases categóricas: “Lograste que flotara,/ tengo talento imitando/ animales sin vida”. Aunque los buenos poemas son posibles también con este recurso (y hay autores enteros bajo esta lógica), se debe recordar que se trata de una trampa. Cierto, escribir nos vuelve la primera víctima de nuestros recursos. El peligro de ello consiste en volver evidente el entramado del poema y confundirlo con el procedimiento o, algo peor, en transformar el poema en publicidad, impedir la relectura, confundir la conclusión del poema con su clausura. Yo, con sinceridad, espero que Sabina Orozco se alivie de estas cláusulas, que no clausure su poesía.
*Jorge Mejía Rivero. Poeta y traductor. Apareció en la antología etc. Poesía joven en la Ciudad de México (Fe de ratas, 2024).
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